El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO X. El primer alejamiento
19%

CAPÍTULO X. El primer alejamiento

CAPÍTULO X. El primer alejamiento

El entierro de Tarasia, lejos de apaciguar los ánimos, encendió algo en Pelayo que ya no se dejó apagar con facilidad.

No era una preocupación nueva, aunque el entierro de Tarasia le hubiera dado un filo distinto. Xuan Fernández, que veía en Pelayo el mismo fuego que él mismo había tenido de joven y que los años le habían enseñado a administrar mejor, procuraba templarlo sin apagarlo del todo.

—Un concejo necesita hombres como tú, Pelayo, que digan en voz alta lo que otros solo piensan —le dijo una tarde, de vuelta de una de sus rondas—.

Pero también necesita que esos hombres sigan vivos y libres el día en que haga falta decir algo todavía más importante.

No malgastes en cada mercado la rabia que quizá necesites entera el día de mañana.

Pelayo escuchaba estos consejos con el mismo respeto con que escuchaba los de Elvira, aunque no siempre con la misma disposición a seguirlos al pie de la letra; había, en su carácter, una necesidad de que la injusticia se nombrara en el momento en que ocurría, no después, con calma, cuando ya había perdido parte de su urgencia.

Fue precisamente esa diferencia de temperamento, entre la paciencia calculadora de Xuan y de Elvira y la urgencia de Pelayo, la que empezó a definir, sin que nadie lo planeara, los distintos papeles que cada uno acabaría representando en los años de resistencia que quedaban por delante.

—Te están señalando —le dijo una tarde de invierno, en la taberna de San Cucao, con la puerta ya cerrada y solo ellos dos junto al fuego—. Un vecino de Bonielles me contó que los hombres de Martín preguntaron por ti dos veces esta semana. No por el concejo. Por ti, por tu nombre.

—Que pregunten. No tengo nada que esconder.

—No se trata de si tienes algo que esconder, Pelayo. Se trata de que un hombre señalado es un hombre fácil de usar. Si algún día quieren dar un escarmiento que sirva de ejemplo a todo el concejo, no van a elegir al primero que pillen. Van a elegir al que más se ha significado.

Pelayo la miró con una mezcla de cariño y de fastidio que ya empezaba a serle familiar en aquellas conversaciones.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que calle? ¿Que deje de acompañar a Xuan?

—Quiero que pienses, por una vez, en lo que le costaría al concejo entero que te ocurriera algo a ti. No solo lo que te costaría a ti.

Fue esa noche, o poco después, cuando Elvira tomó una decisión que a Pelayo le costó meses entender del todo: empezó a distanciarse de él, no de golpe, sino poco a poco, dejando pasar algún domingo sin acudir al cruce de caminos, respondiendo con evasivas cuando él le preguntaba por qué, negándose a que se les viera juntos en el mercado de Posada con la misma frecuencia de antes.

—¿Ya no quieres verme? —le preguntó él, finalmente, un domingo que sí acudió, con más dolor que reproche en la voz.

—Quiero verte más que nada en este mundo —respondió Elvira, y por primera vez en mucho tiempo Pelayo la vio dudar, buscar las palabras con un esfuerzo que no era propio de ella—.

Pero si los hombres de Martín llegan a pensar que la manera de doblegarte a ti es amenazar a la mujer que amas, te habré puesto en un peligro peor que cualquiera que corras tú solo.

Prefiero que piensen que ya no significo nada para ti. Prefiero eso a ser tu debilidad.

—Eso no lo decides tú sola.

—Esto sí —dijo ella, con una firmeza que no dejaba lugar a réplica—.

Esto lo decido yo, porque es mi vida la que pongo en juego al decidirlo, no la tuya.

Y no te pido que dejes de quererme, Pelayo, ni voy a dejar yo de quererte a ti.

Te pido tiempo. Que el concejo se acostumbre a no verme a tu lado, para que nadie piense en usarme contra ti.

Pelayo quiso discutir, quiso convencerla de que se equivocaba, pero algo en la mirada de Elvira, algo que ya conocía bien de dos años viéndola calcular cada decisión importante de su vida, le dijo que aquello no era un capricho ni un miedo pasajero, sino la misma cabeza fría que le había salvado, más de una vez, de sus propios arrebatos.

Se separaron aquella tarde sin promesa de un próximo domingo, y durante las semanas que siguieron, y después los meses, Pelayo aprendió lo que era la ausencia de Elvira de una manera nueva: no como la echaba de menos entre visita y visita, sino como una parte de sí mismo que, por primera vez en dos años, tenía que aprender a sostenerse sola.

Fue Xuan Fernández, curiosamente, quien mejor entendió lo que Elvira había hecho, y quien se lo explicó a Pelayo una tarde en que lo encontró más callado de lo habitual, apoyado en la cerca de su propia casería sin hacer nada en concreto.

—No te ha dejado, Pelayo, aunque a ti te lo parezca —le dijo, sentándose a su lado sobre la misma cerca—.

Te ha protegido de la única manera que sabía hacerlo, que era la más dura para ella misma.

Conozco a pocas personas capaces de anteponer así la seguridad de otro a su propio consuelo.

No la juzgues por eso. Aprende de ella, si puedes.

—Es fácil decirlo cuando no es a ti a quien le falta —respondió Pelayo, sin acritud, solo con el cansancio de quien lleva semanas sin dormir bien.

—Puede ser —concedió Xuan—. Pero yo también sé lo que es echar de menos a alguien por una causa que merece la pena, Pelayo.

Llevo veinte años casado con Aldara, y no hay mercado, ni ronda, ni asamblea que me lleve lejos de casa en la que no la eche de menos cada noche que no duermo bajo mi propio techo.

La diferencia es que a mí, con los años, se me ha hecho más llevadero.

A ti, con el tiempo, también se te hará.

«Te pido tiempo. Que el concejo se acostumbre a no verme a tu lado, para que nadie piense en usarme contra ti»