El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO IX. El entierro de Tarasia
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CAPÍTULO IX. El entierro de Tarasia

CAPÍTULO IX. El entierro de Tarasia

La muerte no esperó a que el entredicho terminara, porque la muerte nunca ha esperado a nada.

Fue Tarasia, la madre de Pelayo, quien la primera del concejo tuvo que enfrentarse en carne propia a lo que significaba morir sin Iglesia.

Llevaba, desde el invierno, un dolor en el costado que ella misma restaba importancia, más preocupada por la cosecha y por la inquietud de su hijo que por su propia salud, hasta que una mañana de otoño, apenas seis meses después de que las campanas callaran, no se levantó de la cama.

—Rézale tú —le dijo Osenda a su hermano, entre lágrimas, la noche misma de la muerte—. Rézale tú lo que sepas, Pelayo. Que no se vaya sin que alguien le rece.

Pelayo, que no se consideraba hombre de mucha oración, rezó junto al cuerpo de su madre lo poco que sabía de memoria, con la voz quebrada y las manos temblando igual que le habían temblado a don Rodrigo el día del anuncio del entredicho, y sintió, mientras lo hacía, una rabia nueva, distinta de todas las que había sentido hasta entonces: no contra Martín, ni siquiera contra el obispo, sino contra la propia forma que el castigo había tomado, un castigo que no golpeaba a quienes habían levantado la mano contra el comendero, sino a una mujer que jamás había hecho otra cosa que trabajar su tierra y criar a sus hijos.

El problema mayor llegó al día siguiente: ¿dónde enterrar a Tarasia, si el camposanto de San Julián estaba, como la propia iglesia, cerrado por orden episcopal?

Fue Xuan Fernández quien, avisado por un vecino, acudió a Lugo esa misma mañana con una propuesta que ya había discutido con otros hombres buenos del concejo, previendo que el caso de Tarasia no sería el último.

—No podemos enterrarla en tierra sagrada, Pelayo, mientras dure el entredicho.

Eso está fuera de nuestro alcance. Pero podemos enterrarla con toda la dignidad que nosotros mismos podamos darle, en un lugar del concejo que el concejo decida honrar, hasta que llegue el día en que se pueda trasladar su cuerpo a tierra bendita, si Dios quiere que ese día llegue.

Eligieron un prado junto al roble viejo donde Pelayo y Elvira se veían cada domingo —fue Elvira quien lo propuso, sin que a nadie le pareciera casualidad ni frivolidad, sino la elección más natural del mundo—, y allí, con las manos de una veintena de vecinos de Lugo y de San Cucao, cavaron la fosa y bajaron el cuerpo de Tarasia envuelto en su mejor manto, sin ataúd de iglesia, sin cura, sin campana que doblara por ella, pero con todo el concejo reunido alrededor, cada uno con una vela o una rama verde en la mano, y con Elvira, que se había ofrecido a decir las palabras porque nadie más se atrevía y porque, dijo ella, «alguien tiene que hacerlo, y más vale que sea alguien que la quería».

—Tarasia de Lugo fue mujer de fuero, madre de dos hijos, viuda que sostuvo su casa sola durante dos inviernos sin doblar la espalda —dijo Elvira, con la voz firme aunque los ojos llenos—.

Que el concejo entero dé fe de que muere en la fe de sus padres, aunque la Iglesia de Oviedo, hoy, no pueda decirlo por ella.

Que descanse aquí, entre los suyos, hasta que llegue el día de descansar donde le corresponde.

Pelayo, de pie junto a la fosa, con Osenda cogida de una mano y la otra vacía porque Elvira estaba ocupada hablando por su madre, entendió aquel día, con más claridad que en ningún discurso de asamblea, lo que de verdad estaba en juego en aquel silencio de cuatro años: no era una cuestión de rentas, ni de orgullo, ni siquiera de justicia abstracta.

Era esto. Era no poder enterrar a tu madre como Dios manda.

«Que descanse aquí, entre los suyos, hasta que llegue el día de descansar donde le corresponde»