El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO VIII. Vivir sin campanas
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CAPÍTULO VIII. Vivir sin campanas

CAPÍTULO VIII. Vivir sin campanas

El tiempo dejó de tener nombre. Las primeras semanas fueron las más extrañas, porque el concejo entero tuvo que aprender, de golpe, a medir las horas sin la única regla que había conocido siempre.

Sin campanas que marcaran las horas canónicas, los labradores empezaron a guiarse por el sol y por la costumbre del cuerpo, que recordaba, aunque el bronce ya no lo dijera, cuándo tocaba levantarse y cuándo tocaba recogerse.

Sin misa dominical, el domingo dejó de distinguirse con claridad de cualquier otro día, y más de un vecino confesó, avergonzado, haber perdido la cuenta de qué día de la semana era, cosa que jamás le había ocurrido antes.

Sin la fiesta de guardar que marcaba cada quincena con su feria, su descanso, su reunión, el calendario entero del concejo pareció desdibujarse, como un mapa al que le hubieran borrado los caminos y dejado solo la tierra desnuda.

Pelayo y Elvira siguieron viéndose los domingos, aunque ya no hubiera misa que marcara la mañana; se veían, ahora, sencillamente porque el sol llegaba a cierta altura, en el mismo cruce de siempre, con la misma constancia con que antes obedecían al repique.

Fue Elvira quien, la tercera semana del entredicho, propuso algo que a Pelayo, al principio, le pareció casi una herejía.

—Vamos a rezar nosotros —le dijo, sentados bajo el roble viejo—. No una misa, no lo que hace un cura. Pero una oración, en voz alta, los domingos, aquí, para que el concejo no olvide del todo el ritmo que llevaba.

—¿Sin cura? ¿Sin iglesia?

—Dios no vive solo dentro de una iglesia, Pelayo. Vive donde hay quien lo busca de corazón. Eso me lo enseñó mi padre, que no era hombre de mucha misa pero sí de mucha fe.

Así empezó, sin que nadie lo planeara del todo, una costumbre que se extendió pronto por otras parroquias del concejo: pequeños grupos de vecinos que se reunían los domingos, a la hora en que antes tocaban las campanas, en un prado, en un cruce, junto a un roble o una fuente, para rezar juntos lo que sabían de memoria —un padrenuestro, un avemaría, algún salmo que alguien recordaba de haberlo oído cien veces en misa— sin sacerdote que los oficiara, sin sacramento que los legitimara ante la Iglesia, pero con la misma necesidad humana de reunirse que había sostenido siempre, aunque nadie lo hubiera dicho nunca en voz alta, a la propia religión.

El primer domingo de aquella costumbre, bajo el roble viejo, no acudieron más de seis o siete personas: Pelayo y Elvira, Osenda, dos vecinas de San Cucao y un labrador viudo de Ables que llevaba semanas sin hablar con nadie más que con sus propias vacas.

Nadie sabía bien cómo empezar. Fue Osenda, para sorpresa de su hermano, quien rompió el silencio incómodo con la única oración que recordaba entera de memoria, aprendida de niña de labios de su propia madre, y su voz, insegura al principio, fue ganando firmeza a medida que los demás se sumaban, primero a media voz y después sin recato, hasta que el padrenuestro entero resonó bajo las ramas desnudas del roble con una solemnidad que ninguno de los presentes había esperado encontrar en un prado, sin altar, sin incienso, sin más ornamento que la escarcha de la mañana sobre la hierba.

—Se parece a la misa y no se le parece en nada —comentó después el labrador viudo, mientras se despedían—. No sé explicarlo mejor. Pero he sentido algo que no sentía desde antes del entredicho, y eso ya es más de lo que esperaba sentir hoy.

La noticia corrió de boca en boca, como corren siempre estas cosas en un concejo pequeño, y para el tercer domingo el grupo bajo el roble había crecido a más de veinte personas, con niños incluidos, que jugaban entre las oraciones y a los que las madres mandaban callar con el mismo gesto brusco de cualquier domingo de misa.

Elvira, que llevaba la cuenta de quién acudía y quién faltaba con la misma atención meticulosa con que llevaba las cuentas de su taberna, empezó a anotar también, sin decírselo a nadie, los nombres de los ausentes: no por afán de vigilancia, sino porque una ausencia repetida, pensaba, era a veces la primera señal de un vecino que empezaba a flaquear, y prefería saberlo pronto.

Don Rodrigo, cuando llegó a saberlo, sintió una punzada de vergüenza y otra, casi al mismo tiempo, de un alivio que no supo nombrar: sus feligreses no habían dejado de creer, solo habían dejado de tener quien les administrara la fe según las formas debidas.

Fue con esa idea, dándole vueltas noche tras noche, con la que empezó a preguntarse si su obediencia al obispo de Oviedo y su fidelidad a su gente eran, de verdad, la misma cosa que él siempre había dado por supuesta.

Otros vecinos encontraron, cada cual a su manera, formas propias de sostener el ritmo perdido.

En Villardeveyo, un viejo campanero que llevaba treinta años tocando las horas en la espadaña de su parroquia, incapaz de resignarse del todo al silencio, empezó a marcar mentalmente, cada tarde, la hora exacta en que antes habría tocado a vísperas, y a pronunciar en voz baja, para sí mismo, las palabras que solía murmurar mientras tiraba de la cuerda, como quien mantiene viva una destreza que teme perder por falta de uso.

En Bonielles, dos hermanas que habían aprendido de su abuela algunos remedios y algunas oraciones antiguas, de las que ya casi nadie recordaba el origen exacto, empezaron a ser solicitadas por vecinos de varias parroquias que buscaban, en aquellas fórmulas a medio camino entre la devoción y la superstición, un consuelo que ya no podían encontrar en el sacramento negado.

Don Rodrigo, al enterarse, dudó si debía intervenir, y decidió, tras mucho pensarlo, no hacerlo: no le parecía que aquello fuera herejía, sino, simplemente, la misma fe de siempre buscándose nuevos cauces para no secarse del todo.

«Dios no vive solo dentro de una iglesia, Pelayo. Vive donde hay quien lo busca de corazón»