CAPÍTULO VII. El silencio de las campanas
CAPÍTULO VII. El silencio de las campanas
La noticia llegó a Oviedo antes de que la carta del concejo llegara siquiera a manos del obispo: Martín, humillado, cubierto de barro, llevó él mismo su queja a la sede episcopal con más rapidez de la que había mostrado nunca para atender ninguna otra queja del concejo.
No hubo negociación, ni advertencia previa, ni plazo de gracia.
En cuestión de días, el obispo dictó sentencia: excomunión para los vecinos que se hubieran alzado contra su comendero, y entredicho sobre el concejo entero de Llanera, sin distinguir entre parroquias que hubieran participado en el apresamiento y parroquias que apenas se habían enterado de él por el rumor.
Era, en la lógica del castigo colectivo tan propia de la época, un mensaje deliberado: que ningún rincón del concejo pudiera sentirse a salvo, que la responsabilidad de unos pocos recayera sobre todos, para que fueran todos, y no solo unos pocos, quienes presionaran después a los culpables a someterse.
La noticia llegó a Llanera un martes, por boca de un fraile enviado desde Oviedo con instrucciones precisas para cada uno de los curas del concejo.
A don Rodrigo, en Lugo, le llegó a media mañana, mientras preparaba los objetos para la misa del día siguiente.
Leyó la carta episcopal dos veces, despacio, como si una segunda lectura pudiera cambiar lo que decía la primera, y después se sentó en el primer banco de su propia iglesia, solo, durante largo rato, sin que nadie se atreviera a molestarlo.
Aquella tarde, a la hora acostumbrada de las vísperas, las campanas de San Julián no sonaron.
Pelayo lo notó antes de que nadie se lo dijera, trabajando todavía en el prado donde meses atrás había hablado con Martín por primera vez: notó el silencio como quien nota, de pronto, la ausencia de un dolor de muelas que llevaba tanto tiempo que ya había dejado de sentirlo como dolor.
Miró hacia la torre de la iglesia, extrañado, y fue entonces cuando vio a don Rodrigo salir por la puerta principal y, con manos que le temblaban visiblemente incluso a esa distancia, cerrar el gran portón de madera con la tranca por dentro.
Corrió hacia allí, y llegó justo a tiempo de oír, a través de la puerta cerrada, la voz quebrada del cura anunciando a los pocos vecinos ya congregados lo que la carta episcopal ordenaba: que ninguna misa se celebraría en Llanera hasta nueva orden, que ningún sacramento se administraría, que ningún cuerpo recibiría sepultura en tierra sagrada, que el concejo entero de Llanera quedaba, desde ese mismo día, apartado de la comunión de la Iglesia.
—¿Y los que no hicimos nada? —preguntó una voz de mujer entre la pequeña multitud, con más miedo que rabia—. ¿Los que ni siquiera estábamos en Villardeveyo?
Era la voz de Marina, la mujer de Bermudo, que había hecho el camino hasta Lugo esa misma tarde a pedir consejo sobre la salud de su marido, ajena por completo a lo ocurrido días atrás en la humillación de Martín, y que ahora se encontraba, sin comprender del todo por qué, condenada al mismo castigo que quienes sí habían participado.
Don Rodrigo, desde el otro lado de la puerta cerrada, tardó en responder, y cuando lo hizo, su voz sonó más a disculpa que a explicación.
—El obispo no distingue, hija. El castigo es para el concejo entero. Para todos.
Marina no respondió nada más. Se quedó allí, delante de la puerta cerrada, con las manos cruzadas sobre el vientre en un gesto que no era de oración sino de puro desamparo, pensando en Bermudo, que llevaba días con fiebre y que ahora, si el mal se lo llevaba, ni siquiera podría recibir los santos óleos que el propio don Rodrigo le había administrado apenas una semana antes, en aquella misma parroquia, cuando la Iglesia todavía hablaba con la gente de Llanera.
Alguien —nunca se supo quién, y tal vez fue mejor así, para que el gesto quedara sin nombre propio y perteneciera a todo el concejo por igual— se acercó a ella y le puso una mano en el hombro, sin decir nada, y ese gesto silencioso fue, aquella tarde, la primera de las mil pequeñas formas en que Llanera aprendería, a lo largo de los cuatro años siguientes, a sostenerse sin necesitar que nadie se lo ordenara desde un púlpito.
Elvira, que había cabalgado desde San Cucao en cuanto oyó la noticia, encontró a Pelayo de pie frente a la iglesia cerrada, con el mismo gesto que había tenido días atrás junto al camino de Villardeveyo: la furia y el miedo mezclados en un mismo rostro, sin saber cuál de los dos pesaba más.
—Cuatro años dijeron que podía durar la vez pasada que algo así ocurrió en otra tierra —dijo alguien cerca de ellos, sin que Pelayo ni Elvira supieran quién—. Cuatro años sin campanas, sin misa, sin poder enterrar a los nuestros como Dios manda.
Pelayo miró a Elvira, buscando en ella, como siempre, la calma que a él le faltaba. Pero esta vez ni siquiera Elvira, con todo su cálculo, con toda su cabeza fría, tenía una respuesta lista.
—No lo sé, Pelayo —dijo, respondiendo a la pregunta que él no había llegado a formular—. No sé cuánto va a durar esto. Solo sé que empieza hoy, y que, dure lo que dure, vamos a tener que aprender a vivir dentro de este silencio sin dejar que nos calle a nosotros también.
Aquella noche, en las once parroquias del concejo de Llanera, ninguna campana tocó la hora.
El silencio, denso y nuevo, se extendió sobre los prados y los caseríos como una niebla que no iba a levantarse con el sol de la mañana siguiente, ni con el de la mañana después, ni —aunque nadie en Llanera podía saberlo todavía aquel martes de 1408— con ninguna mañana de los cuatro años que tenían por delante.
«El silencio, denso y nuevo, se extendió sobre los prados y los caseríos como una niebla que no iba a levantarse»