CAPÍTULO VI. El apresamiento
CAPÍTULO VI. El apresamiento
El juramento del concejo llegó a oídos de Martín antes de que la carta llegara a Oviedo, como era de esperar en una tierra donde las noticias corrían más deprisa que ningún correo formal.
Y Martín, lejos de amedrentarse, respondió como respondían los hombres de su oficio ante cualquier desafío a su autoridad: con más dureza, no con menos.
A los diez días de la asamblea, mandó a sus hombres a Villardeveyo, a casa del propio Xuan Fernández, con la orden de embargarle una parte de su hacienda «en concepto de renta atrasada» —una renta que, según todos los que conocían las cuentas de Xuan, no estaba atrasada en absoluto—.
Era, cualquiera lo entendió enseguida, un castigo dirigido no a la deuda sino a la voz: Martín sabía perfectamente quién había hablado en el prado de Posada, y quería que el concejo entero viera lo que le costaba a quien se atrevía a organizarlo.
Pelayo se enteró esa misma tarde y no esperó, esta vez, a consultarlo con nadie.
Reunió a un grupo de vecinos de Lugo —media docena de hombres jóvenes, hidalgos de poca hacienda como él, todos con algún agravio propio o de algún pariente cercano— y se dirigió a Villardeveyo con la única intención, decía, de «acompañar a Xuan en su desgracia».
Elvira, cuando lo supo, mandó recado con un mozo pidiéndole que esperara, que no actuara solo, que reuniera antes a más parroquias; el recado llegó tarde, o Pelayo decidió no esperarlo, y para cuando Elvira llegó ella misma a Villardeveyo, a lomos del mulo de su madre, ya no había nada que esperar.
Los hombres de Martín, al ver llegar no ya a media docena sino, para entonces, a más de cuarenta vecinos venidos de Lugo, de Villardeveyo y de Cayés, alertados unos a otros por el mismo rumor que corría siempre más deprisa que cualquier mensajero, se replegaron sin oponer resistencia, dejando el embargo a medio hacer.
Pero no se replegaron solos: entre ellos estaba Martín en persona, que había querido presenciar el castigo con sus propios ojos y que, en la confusión de la retirada, quedó rodeado antes de que su caballo pudiera abrirse paso entre la multitud.
Lo que ocurrió después, ni las fuentes que más tarde recogerían el episodio ni la memoria de quienes lo vivieron lo contarían jamás con precisión de detalle [13] : hubo empujones, hubo gritos, hubo manos que lo bajaron del caballo sin miramiento; hubo, según contaron algunos, quien le arrancó la capa y quien le manchó de barro el sayo bueno que llevaba puesto; hubo, sin duda, humillación pública, deliberada, la misma humillación que él llevaba dos años infligiendo a viudas y a enfermos, devuelta de golpe, sin orden ni concierto, por cuarenta hombres que ya no estaban dispuestos a seguir tragando en silencio.
Pelayo, en medio de aquel tumulto, sintió al mismo tiempo una furia satisfecha —la misma furia que llevaba dos meses conteniendo— y un miedo frío que le subía por la espalda, el miedo de quien ve que algo ha dejado de estar bajo control de nadie.
Fue en ese instante, en medio del gentío y del ruido, cuando Pelayo distinguió entre la multitud a un hombre que no debía estar allí: Bras de Villardeveyo, todavía soltero entonces, sujetando por los hombros a un vecino más joven que amenazaba con ir demasiado lejos, repitiéndole al oído algo que Pelayo no alcanzó a oír, pero cuyo efecto sí vio: el joven bajó los puños, y Bras, sin decir palabra a nadie más, se retiró un paso, como si su única misión hubiera sido esa y ninguna otra.
Buscó a Xuan Fernández con la mirada y lo encontró, a pocos pasos, con el rostro pálido, intentando abrirse paso entre sus propios vecinos para llegar hasta Martín y detener lo que ya no admitía fácil marcha atrás.
—¡Basta! —gritó Xuan, con una voz que Pelayo no le había oído nunca, y algo en aquella voz, más que en las palabras mismas, hizo que la multitud empezara, poco a poco, a aflojar el cerco—.
¡Basta, he dicho! No somos nosotros los que castigamos.
Somos nosotros los que pedimos justicia.
No lo convirtamos en lo mismo que él nos ha hecho a nosotros.
Martín, cubierto de barro, con la capa desgarrada y la dignidad más deshecha aún que la ropa, fue liberado y montado de nuevo, a duras penas, en su caballo.
No dijo palabra a nadie —ni una amenaza, ni un reproche— y eso, para quienes lo conocían, fue peor señal que cualquier grito: Martín no era hombre de callar cuando podía hablar, y su silencio, mientras se alejaba hacia Oviedo con el paso lento de siempre, sonó a todos los presentes como una promesa de que aquello no iba a quedar así.
Elvira llegó, por fin, cuando ya casi todo había terminado, y encontró a Pelayo sentado en una piedra, con las manos aún temblando, mirando el camino por donde Martín se había ido.
—¿Qué habéis hecho? —preguntó ella, sin reproche todavía, solo con la urgencia de quien necesita entender antes de poder ayudar.
—No lo sé —respondió Pelayo, con una sinceridad que a él mismo le sorprendió—. Fuimos a acompañar a Xuan. Y de pronto era otra cosa. No lo planeé, Elvira. Nadie lo planeó.
Elvira se sentó junto a él, en silencio, y por primera vez desde que se conocían no tuvo un cálculo listo, ni una corrección a tiempo, ni una frase que ordenara lo ocurrido en algo manejable. Solo le cogió la mano, con más fuerza que otras veces, y miró, como él, el mismo camino vacío.
—Xuan Fernández ha sido el único que ha sabido pararlo a tiempo —dijo Pelayo al cabo de un rato, más para sí mismo que para ella—.
Yo estaba dentro de aquello, Elvira, y no lo veía.
Solo veía a Martín en el suelo y sentía que por fin alguien le devolvía algo de lo que nos había quitado.
Hizo falta su voz, no la mía, para que yo mismo me diera cuenta de en qué nos estábamos convirtiendo.
—Entonces has aprendido hoy algo que a mí me costó menos, porque nunca estuve dentro del tumulto para dejar de verlo con claridad —respondió Elvira, sin dureza, solo con la franqueza que empezaba a ser costumbre entre ellos—.
La rabia tiene su sitio, Pelayo. Pero el día que deje de tener límite, dejaremos de ser mejores que Martín, solo seremos más numerosos que él.
Y eso no es lo mismo, aunque lo parezca cuando se está en medio del gentío.
—Sea lo que sea lo que hemos hecho —dijo por fin—, ya no hay vuelta atrás. Eso al menos lo sé.
«Su silencio sonó a todos los presentes como una promesa de que aquello no iba a quedar así»