El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO V. La asamblea de Posada
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CAPÍTULO V. La asamblea de Posada

CAPÍTULO V. La asamblea de Posada

El domingo de la asamblea amaneció despejado, cosa rara para esas fechas, como si el propio cielo hubiera decidido no añadir lluvia a lo que ya se avecinaba.

Acudieron más vecinos de los que Xuan Fernández había esperado convocar: de las once parroquias del concejo llegaron hombres buenos, hidalgos de poca hacienda y foreros por igual, algunos a pie desde el amanecer, otros a caballo o en carro, todos con el mismo gesto contenido de quien acude a algo que sabe importante sin saber todavía qué forma va a tomar esa importancia.

Se congregaron en el prado abierto junto a la iglesia de Posada, porque ningún edificio del concejo tenía cabida para tantos, y esperaron, de pie, a que Xuan Fernández tomara la palabra.

Pelayo llegó con Elvira, que había cerrado la taberna por primera vez en meses un domingo de mercado, alegando que aquello era, para el concejo entero, más importante que cualquier cuartillo de sidra que pudiera vender.

Se colocaron cerca del frente, entre los vecinos de Lugo y de San Cucao, y Pelayo notó, mientras esperaban, que su madre, Tarasia, y su hermana Osenda también habían acudido, mezcladas entre las mujeres de otras parroquias, todas con el mismo silencio expectante.

Don Rodrigo, el cura de Lugo, estaba también entre la multitud, algo apartado, con las manos escondidas en las mangas del hábito y la mirada baja.

No era su parroquia la que había sufrido el último agravio, pero había sido un cura —no él, el de Cayés— quien había tenido que presenciar en silencio cómo se llevaban la vaca de Bermudo delante de los santos óleos, y aquella imagen, contada y recontada por todo el concejo en la última semana, pesaba sobre todos los curas presentes como una acusación que ninguno había cometido y que, sin embargo, todos sentían un poco propia.

A su alrededor, Pelayo reconoció rostros de casi todas las parroquias del concejo: los de Ables, con sus toscas capas de invierno todavía puestas pese al sol; los de Villardeveyo, encabezados por el propio Xuan; un grupo nutrido de Ferroñes, entre los que Pelayo distinguió al propio Pero, todavía sin ganado de tiro, apoyado en un vecino para sostenerse tras la caminata; y, algo apartados, los de Cayés, con Bermudo demasiado débil para asistir pero representado por su cuñado, que llevaba consigo, según se corrió la voz, un relato escrito a mano de lo ocurrido con la vaca, por si hacía falta leerlo en voz alta.

Era, pensó Pelayo mientras esperaba a que Xuan tomara la palabra, la primera vez en su vida que veía junto, en un mismo lugar, a todo el concejo que hasta entonces solo había conocido a trozos: la Llanera de los mercados, la de las misas dominicales, la de los rumores que llegaban por bocas de arrieros, convertida de golpe en una sola masa de gente con un mismo agravio y, por primera vez, con la posibilidad remota de una misma respuesta.

Xuan Fernández subió a un promontorio de piedra junto a la iglesia, desde donde se le podía ver y oír, y esperó a que el murmullo de la multitud se apagara por sí solo antes de hablar.

—Vecinos de Llanera —empezó, sin alzar demasiado la voz, obligando con ello a que todos hicieran silencio para escucharlo—.

No os he convocado por la vaca de Bermudo.

Os he convocado porque la vaca de Bermudo es la última de una lista que lleva dos años creciendo, parroquia a parroquia, agravio a agravio, y porque ha llegado el momento de que dejemos de contarlos por separado y empecemos a contarlos juntos.

Un murmullo de asentimiento recorrió la multitud. Xuan dejó que corriera antes de continuar.

—El comendero Martín cobra en nombre del obispo de Oviedo, nuestro señor jurisdiccional, y nadie aquí niega que al obispo se le deba lo que se le debe, conforme al fuero de cada uno.

Pero una cosa es la renta justa, pactada, cobrada a su tiempo, y otra muy distinta es lo que llevamos sufriendo: rentas exigidas antes de la cosecha, deudas cobradas dos veces, ganado embargado a viudas y a enfermos sin que se les dé tiempo ni piedad.

Eso no es señorío, vecinos. Eso es abuso, y contra el abuso, un concejo tiene derecho a alzar la voz.

—¡Con una condición! —gritó alguien desde el fondo, y varios se giraron a ver quién era.

Era un hidalgo de Rondiella, de barba blanca, apoyado en un bastón—.

Que sea la voz del concejo entero, no la de cuatro cabezas calientes.

Que hablemos con el obispo, no que le levantemos la mano a su comendero.

—Eso mismo pienso yo —respondió Xuan, sin titubear—.

Propongo que el concejo redacte una queja formal, firmada por los hombres buenos de cada parroquia, y que se envíe al obispo Guillén de Monteverde exigiendo que ponga fin a los abusos de su comendero, bajo amenaza de que el concejo entero se niegue a pagar renta alguna hasta que se corrija.

El prado se llenó de voces, unas a favor, otras dudosas de que una carta pudiera contra un poder tan grande como el de la sede de Oviedo. Fue entonces cuando Pelayo, sin haberlo planeado del todo, sintió que Elvira le apretaba el brazo y le decía, en voz baja, solo para él:

—Ahora. Habla ahora, y habla como te dije.

Pelayo se abrió paso hasta quedar a la vista de Xuan y de buena parte de la asamblea, y, con el corazón más acelerado de lo que hubiera querido reconocer, alzó la voz.

—Xuan tiene razón en pedir que hablemos con una sola voz —dijo—.

Pero quiero que todos sepáis lo que a mí me dijo Martín, cara a cara, hace dos meses, cuando le respondí que mi renta se pagaría con la cosecha y no antes: me dijo que el obispo no espera a que el tiempo se acomode a la voluntad de sus foreros.

Esas fueron sus palabras. No las mías. Las suyas.

Y si eso piensa el comendero de nosotros, no sé si una carta, por bien escrita que esté, va a cambiarle el pensamiento a quien ya nos tiene tan poca consideración.

—¿Y qué propones tú, mozo? —preguntó el mismo hidalgo de Rondiella, no sin cierto desdén en el «mozo»—. ¿Que le levantemos la mano al comendero y veamos qué hace el obispo entonces?

—Propongo que la carta se envíe, sí —respondió Pelayo, midiendo cada palabra como Elvira le había enseñado a medirlas—, pero que se envíe junto con algo más que palabras: que el concejo entero, aquí reunido, jure no pagar renta ninguna que no sea la justa y pactada por fuero, hasta que el obispo responda.

Que Martín sepa, antes de que la carta llegue siquiera a Oviedo, que el concejo ya no está dispuesto a tragar en silencio.

Un silencio distinto siguió a esas palabras, no el silencio de la duda, sino el silencio de quien reconoce, aunque le cueste admitirlo, que alguien acaba de decir en voz alta lo que muchos llevaban meses pensando en privado. Fue Xuan Fernández quien lo rompió.

—Que se vote, entonces —dijo—. Quien esté conforme con enviar la queja al obispo y con que el concejo se niegue, desde hoy, a pagar renta que no sea justa y pactada, que lo diga alzando la mano.

El prado entero de Posada se llenó de manos alzadas, una tras otra, parroquia por parroquia, hasta que quedó claro, sin necesidad de contarlas una a una, que el concejo de Llanera había tomado, aquel domingo, una decisión de la que ya no habría fácil vuelta atrás [12] .

Don Rodrigo, desde su rincón apartado, fue uno de los pocos que no alzó la mano ni tampoco la bajó del todo; se quedó con ella a medio camino, como su propia conciencia, dividida entre la obediencia debida a su obispo y la comunidad a la que llevaba quince años sirviendo, y que en ese instante le pareció, más que nunca, la única a la que de verdad le debía algo.

«El concejo de Llanera había tomado, aquel domingo, una decisión de la que ya no habría fácil vuelta atrás»