CAPÍTULO IV. La gota que faltaba
CAPÍTULO IV. La gota que faltaba
Pasaron dos meses antes de que la copa, como decía Tarasia, encontrara por fin su última gota, y no fue en Lugo ni en San Cucao donde cayó, sino en Cayés, en la casa de Bermudo, el mismo vecino al que Xuan Fernández había mencionado en el mercado.
Elvira lo supo antes que Pelayo, como solía saberlo casi todo: se lo contó un arriero que venía de camino hacia Oviedo, con la voz todavía temblorosa por lo que había visto.
Bermudo, forero de Cayés, llevaba semanas enfermo de un mal de pecho que no acababa de curar.
Su mujer había ido a buscar al cura de la parroquia para que le administrara los santos óleos, temiendo que no pasara de esa semana, y el cura había ido, en efecto, a cumplir con su oficio.
Lo que nadie esperaba era que, al salir de la casa, se cruzara con dos hombres de Martín que llegaban a cobrar, con dos semanas de retraso sobre lo pactado, una renta que Bermudo, por su enfermedad, no había podido reunir a tiempo.
No hubo violencia, no hubo sangre; solo hubo la orden fría de llevarse, en prenda de la deuda [11] , la única vaca lechera que quedaba en el establo de Bermudo, con la que Marina, su mujer, pensaba alimentar a los cuatro hijos si el mal de pecho se lo llevaba, como todo hacía temer que ocurriera.
Se la llevaron delante de ella, delante de los niños, delante del propio cura, que no dijo palabra —¿qué palabra podía decir un cura contra la autoridad temporal del propio obispo al que servía?
— y que se marchó con los santos óleos todavía en la mano, sin saber muy bien, él mismo, dónde terminaba su oficio de consuelo y dónde empezaba su complicidad con el silencio.
Bermudo, desde el lecho, apenas tuvo fuerzas para incorporarse al oír los mugidos alejándose por el camino; los vecinos que lo velaron esa noche contarían después que no lloró por sí mismo, sino por no poder ya darles a sus hijos ni la leche que hasta entonces les había dado.
Marina se quedó esa noche sentada junto al lecho de su marido, con los cuatro niños dormidos —o fingiendo dormir, que a esa edad no siempre se distingue lo uno de lo otro— apretados en el jergón del rincón, y no encontró fuerzas ni siquiera para llorar delante de Bermudo, por no añadirle a la fiebre el peso de verla desecha.
Fue más tarde, ya de madrugada, cuando salió al corral vacío, al sitio donde hasta esa misma mañana había estado la vaca, y allí, sola, delante del establo desierto, dejó que el llanto le saliera entero, sin freno, hasta quedarse sin voz.
Ninguno de los vecinos que la ayudarían en los días siguientes —y fueron muchos, porque en Cayés, como en el resto del concejo, la desgracia de uno se convertía deprisa en tarea de todos— llegó a saber nunca de aquel llanto a solas junto al establo vacío; ella misma, años después, solo se lo contaría a Elvira, una tarde de costura compartida, cuando ya el episodio pertenecía a un pasado del que se podía hablar sin que la voz se quebrara del todo.
La noticia corrió por el concejo más deprisa que ninguna otra en años.
No era, en sí misma, distinta de las otras —Pero en Ferroñes, la viuda de Arlós, tantos nombres que ya se habían ido acumulando desde hacía dos inviernos—, pero llegó en el momento en que llegó, con el detalle preciso que llegó, y algo, en algo tan difícil de señalar como el ánimo de todo un concejo, se quebró.
Pelayo se enteró esa misma tarde, trabajando todavía la tierra, por un vecino que pasaba camino de Posada con la noticia de boca en boca. Soltó el arado a medio surco —cosa que no había hecho nunca, ni siquiera el día que Martín le habló de rentas— y fue derecho a buscar a Xuan Fernández.
Lo encontró en Villardeveyo, sentado a la puerta de su casa, con la misma calma de siempre, aunque a Pelayo le pareció que aquella calma, esta vez, escondía algo distinto: no resignación, sino cálculo, el mismo tipo de cálculo que él conocía bien de Elvira.
—Ya lo sé —dijo Xuan, antes de que Pelayo pudiera contarle nada—. Y no soy el único que lo sabe. Antes de que anochezca, todo el concejo lo sabrá.
—¿Y ahora qué, Xuan? ¿Sigue callando el concejo?
Xuan lo miró largo rato, con esa mirada suya que parecía sopesar no solo lo que Pelayo decía, sino lo que era capaz de sostener.
—Ahora no —dijo por fin—. Ahora convoco asamblea.
Aquí no se trata ya de una renta cobrada de más, ni de un ganado embargado con más o menos derecho.
Se trata de que a un hombre que se está muriendo le quitan el sustento de sus hijos delante del propio cura que le da la extremaunción.
Eso no es cobrar una renta, Pelayo. Eso es no dejarle a un hombre morir con la dignidad que hasta el peor pecador tiene derecho a llevarse a la tumba.
—¿Y qué puede hacer una asamblea contra el obispo de Oviedo?
—Puede hablar con una sola voz —respondió Xuan, repitiendo, casi palabra por palabra, lo que le había dicho en el mercado—. Y una sola voz, Pelayo, cuando la sostienen once parroquias enteras, se oye más lejos de lo que tú y yo imaginamos ahora mismo, sentados aquí.
Convocó la asamblea para el domingo siguiente, en Posada, después de la misa mayor, y mandó recado por todo el concejo —de Ables a Villardeveyo, de Lugo a Santa Cruz, de Cayés a San Cucao— para que acudiera todo hombre bueno, hidalgo o forero, que tuviera algo que decir sobre el gobierno del comendero.
Elvira lo supo el mismo domingo por la mañana, cuando un vecino entró en la taberna pidiendo sidra para el camino y de paso contando la convocatoria.
No le sorprendió; llevaba, desde lo de Bermudo, esperando que algo así ocurriera, y llevaba, también, pensando en lo que Pelayo haría cuando ocurriera.
Lo encontró esa misma tarde, antes de que él saliera hacia Posada, y le habló con la firmeza de quien ha decidido de antemano lo que va a decir.
—Ve a la asamblea. Y cuando te toque hablar, si te toca, habla como si Xuan Fernández estuviera escuchando cada palabra antes de que salga de tu boca, no como si estuviera Martín delante de ti.
—¿Qué diferencia hay?
—Que a Martín le hablas para desahogarte. A Xuan hay que hablarle para convencerlo. Y a través de Xuan, al concejo entero.
Pelayo sonrió, a su pesar, con esa sonrisa medio rendida que le salía siempre que Elvira tenía razón antes de que él hubiera terminado de formular la pregunta.
—Algún día —dijo, repitiendo la broma de meses atrás— vas a tener que dejarme equivocarme solo.
—Algún día —respondió ella—, cuando lo que esté en juego sea solo tuyo. Esto ya no lo es.
«Eso no es cobrar una renta, Pelayo. Eso es no dejarle a un hombre morir con la dignidad que hasta el peor pecador tiene derecho a llevarse a la tumba»