El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO III. El mercado de Posada
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CAPÍTULO III. El mercado de Posada

CAPÍTULO III. El mercado de Posada

Pelayo fue aquel domingo, como cada dos, a vender un cordero que le sobraba y a comprar una reja nueva para el arado, y llevó consigo, sin buscarlo, la insolencia del viernes convertida ya en comidilla.

No hizo falta que él la contara: Martín se había encargado de repetirla, en su propio beneficio, ante otros comenderos y ante algún vecino afín al señorío episcopal, como advertencia de lo que le esperaba a quien se atreviera a hablarle así.

Pero las advertencias, cuando se cuentan en un mercado, no siempre producen el efecto que quien las cuenta pretende.

—Así que fuiste tú el que le paró los pies al comendero en Lugo —le dijo un hombre mayor, de manos nudosas y mirada cansada, mientras le ayudaba a bajar el cordero del carro.

—No le paré los pies, Xuan. Le dije lo que pensaba.

—Es lo mismo, para un hombre como Martín, que no está acostumbrado a que le digan nada que no sea «sí, comendero» o «cuanto antes, comendero» —respondió Xuan, con una media sonrisa que no llegaba del todo a los ojos—. ¿Sabes ya lo de Pero, en Ferroñes?

—Lo sé.

—¿Y sabes que no es el primero, ni el segundo, ni el tercero al que le pasa algo parecido en los últimos dos años?

—Xuan bajó la voz, aunque en el bullicio del mercado nadie más los oía—.

A Bermudo de Cayés le retrasaron la absolución de una deuda ya pagada, hasta que tuvo que pagarla dos veces para que le dejaran en paz.

A la viuda de Arlós le cobraron renta por una tierra que su marido había dejado de trabajar por enfermo, como si la tierra pariera sola la renta.

Y ahora Pero, sin ganado, con el invierno recién pasado y la primavera por delante sin animal de tiro.

Pelayo sintió que se le tensaba el mismo nudo en el pecho que había sentido el viernes, viendo alejarse a Martín por el camino.

—¿Y qué hace el concejo? —preguntó.

—El concejo, de momento, calla y paga —dijo Xuan—. Cada uno en su parroquia, cada uno con su agravio, sin juntarlos. Y mientras cada agravio esté solo, el comendero puede tratarlo como un caso aislado, un vecino difícil, una mala cosecha.

Pelayo miró alrededor, al bullicio ordinario del mercado, los puestos de sal y de hierro, los vecinos de once parroquias regateando y saludándose como si nada de aquello les concerniera a todos por igual, y por primera vez le pareció ver, bajo la normalidad de la escena, la fragilidad de un concejo que se dejaba desangrar despacio, agravio a agravio, precisamente porque nadie se atrevía a sumarlos en voz alta.

—¿Y si alguien los juntara? —preguntó, casi sin darse cuenta de que la pregunta le había salido en voz más alta de la que pretendía.

Xuan lo miró entonces con una atención distinta, como si aquella pregunta, dicha por un labrador joven al que apenas conocía de nombre, mereciera de pronto un peso que no había tenido un instante antes.

—El día que los agravios se junten...

No terminó la frase. No hacía falta.

—¿Y tú qué opinas que habría que hacer? —preguntó Pelayo, con un respeto que no solía dedicarle a nadie tan deprisa.

Xuan lo miró un momento largo, evaluándolo, antes de responder.

—Opino que un concejo que no habla con una sola voz no tiene ninguna voz que valga la pena escuchar.

Y opino que, si algún día hace falta hablar con una sola voz, hará falta también gente joven dispuesta a sostenerla, no solo viejos como yo, que ya hemos gastado el genio en otras batallas.

—Le puso una mano en el hombro, breve, casi paternal—.

Guárdate esa rabia del viernes, Pelayo de Lugo.

Puede que la necesites entera, y pronto.

Se separaron poco después, cada uno a sus asuntos del mercado, pero Pelayo pasó el resto de la mañana con la conversación rondándole la cabeza.

Antes de volver a Lugo, se cruzó con Elvira, que había bajado a Posada aquel domingo a comprar sal y a vender un queso curado de la taberna, y le contó, casi de un tirón, todo lo que Xuan le había dicho.

—¿Y qué piensas hacer con lo que te ha dicho? —le preguntó ella, sin dejar de sopesar el queso en la mano, calculando ya, por costumbre, si el precio que le habían ofrecido era justo.

—No lo sé. Pensar en ello, de momento.

—Pensar está bien. Pero no pienses solo, Pelayo.

Un hombre que rumia una injusticia a solas acaba o callándose para siempre, o estallando solo el día menos pensado, y ninguna de las dos cosas sirve de mucho a nadie más que a él mismo.

Habla con Xuan otra vez. Habla con otros.

Si de verdad la copa está tan llena como dices, mejor que se entere de ello todo el concejo a la vez, no solo tú y Xuan en un rincón del mercado.

Cuando por la tarde Pelayo se cruzó con un grupo de vecinos de Bonielles que hablaban, también en voz baja, de otra renta cobrada de más, entendió lo que Xuan había querido decirle sin decírselo del todo, y entendió también, con la misma claridad, que Elvira tenía razón: que el concejo de Llanera llevaba ya tiempo siendo una copa que se llenaba gota a gota, agravio a agravio, parroquia a parroquia, y que nadie sabía todavía quién ni cuándo iba a derramarla, pero que todos, de una manera o de otra, sentían ya que estaba cerca de rebosar.

Aquella noche, de vuelta en Lugo, Pelayo le contó a su madre lo que había oído en el mercado. Tarasia, que llevaba viuda dos inviernos y que había aprendido, en ese tiempo, a medir mejor que nadie el peso de cada palabra, lo escuchó en silencio y, cuando su hijo terminó, se limitó a decir:

—Tu padre decía que un concejo aguanta hasta que deja de aguantar, y que nadie sabe nunca cuál va a ser la última gota. Ten cuidado, hijo. No de hablar. De hablar solo.

«El día que los agravios se junten...»