CAPÍTULO II. La taberna de San Cucao
CAPÍTULO II. La taberna de San Cucao
En San Cucao, la mañana del domingo olía a pan recién horneado y a leña húmeda.
Elvira llevaba despierta desde antes que su madre, como casi siempre.
Había avivado el fuego, había puesto a hervir el caldo del mediodía y había revisado, una a una, las cuentas de la semana anteriores en una tablilla encerada que guardaba bajo la tabla del mostrador: lo que debía el arriero de Avilés por las tres noches de posada, lo que le debía ella al molinero por la última carga de harina, lo que aún no había cobrado del vecino de Ables que se había llevado dos odres de sidra fiado hacía un mes y que, de un tiempo a esta parte, torcía el camino cuando la veía venir.
Nada de aquello le quitaba el sueño; simplemente lo apuntaba, lo sumaba y lo restaba, y sabía exactamente qué día del mes tendría que recordarle al de Ables, sin acritud pero sin dejarlo pasar, que una taberna no se sostiene de la buena voluntad de los vecinos.
—Vas a gastar la tablilla de tanto mirarla —le dijo su madre desde el fogón, sin volverse.
—Y tú vas a gastar el caldo de tanto removerlo —respondió Elvira, sin levantar la vista, y las dos sonrieron a la vez, cada una a su tarea.
La taberna de San Cucao no era gran cosa: una sala baja de piedra y madera ennegrecida por el humo, dos mesas largas, un mostrador de tabla gruesa y, detrás, la despensa con los odres de sidra, los quesos curándose sobre una rejilla y los sacos de harina que su padre había ido acumulando, año tras año, hasta que una fiebre de invierno se lo llevó dos años atrás sin darle tiempo a enseñarle a Elvira todo lo que sabía del oficio.
Ella había aprendido el resto sola, a fuerza de equivocarse una vez y no volver a equivocarse dos.
Estaba en un cruce de caminos, la taberna, y eso lo cambiaba todo: por San Cucao pasaban los arrieros que bajaban de Oviedo hacia Avilés y Gijón cargados de paño y de hierro, los mercaderes de sidra que subían en sentido contrario, algún peregrino que se había desviado del Camino principal buscando posada más barata, y los propios vecinos del concejo, que se acercaban los domingos después de misa a beber un cuartillo y a cambiar noticias.
Elvira escuchaba más de lo que hablaba, y lo que escuchaba lo guardaba con el mismo cuidado con que guardaba las cuentas.
Aquel domingo, después de la misa mayor en la parroquia de San Cucufate [8] , la taberna se fue llenando despacio del rumor de siempre: el tiempo, la sementera, algún nacimiento, alguna muerte.
Pero había, esa mañana, una nota distinta bajo la conversación de siempre, un nombre que se repetía en voz más baja de lo normal, como si decirlo fuerte pudiera atraer al propio nombrado: Martín, el comendero.
—Dicen que anduvo por Lugo esta semana —comentó un arriero viejo, apoyado en el mostrador—. Preguntando por rentas antes de tiempo.
—Siempre anda preguntando antes de tiempo —dijo Elvira, sirviéndole la sidra sin que le temblara el pulso ni la voz—. Es su oficio.
—Su oficio es sangrar al concejo despacio, para que no se note —murmuró el arriero, y bajó todavía más la voz, aunque en la taberna, a esa hora, no había nadie que no fuera de fiar—. En Ferroñes le quitaron el ganado a Pero el de la Portiella. Todo, hasta la última vaca.
Elvira no dijo nada. Guardó la noticia donde guardaba todo lo importante, en el mismo lugar de la cabeza donde llevaba las cuentas, y siguió sirviendo sidra con la misma mano firme, aunque por dentro ya había empezado a pensar en Pelayo, y en si aquella semana el comendero habría pasado también por su tierra.
No tuvo que esperar mucho para saberlo.
Se vieron, como todos los domingos, en el cruce donde el camino de Lugo bajaba a juntarse con el de San Cucao, un poco después del mediodía, cuando el sol ya había deshecho del todo la niebla y el aire olía a tierra removida y a hierba mojada.
Elvira lo vio venir de lejos y supo, por el paso, que algo lo había alterado; Pelayo caminaba siempre a buen ritmo, pero aquel día caminaba con una fuerza distinta, como quien lleva algo que quiere soltar cuanto antes.
—Estuvo en mi tierra —dijo él, sin más saludo que ese, en cuanto la tuvo cerca—. El comendero. El viernes.
—Lo sé —respondió Elvira—. Le quitaron el ganado a Pero el de la Portiella, en Ferroñes.
Pelayo se detuvo un momento, sorprendido de que ella ya lo supiera, y después soltó una risa corta, sin alegría.
—Claro que lo sabes. Tú lo sabes todo antes que nadie.
—No todo. Lo que llega a la taberna —dijo ella, y echaron a andar juntos por la senda que bordeaba el prado, sin necesidad de decidirlo, como quien repite un camino tantas veces andado que ya no hace falta mirar dónde se pisa—. ¿Qué te dijo a ti?
Pelayo se lo contó, palabra por palabra, tal y como lo recordaba: la renta, la amenaza velada, la respuesta que él le había dado.
Elvira lo escuchó sin interrumpir, con esa atención suya que a Pelayo, al principio de conocerla, le había parecido casi incómoda —nadie lo escuchaba así, con tanta calma, sin adelantarse a terminarle las frases— y que ahora, dos años después, era una de las cosas que más echaba en falta cuando pasaban más de una semana sin verse.
—Le contestaste bien —dijo Elvira cuando terminó—. Pero le contestaste delante de él, a la cara, sin nadie más que lo oyera.
—¿Y qué debía hacer? ¿Callar?
—Debías haberlo dicho después, en el mercado de Posada, delante de otros diez vecinos que pensaran lo mismo que tú y no se atrevieran a decirlo.
Una insolencia que solo oye el comendero es una insolencia que el comendero puede castigar sin que nadie más se entere.
La misma insolencia, dicha delante de todo el concejo, ya no es tuya sola: es de todos, y contra todos es más difícil que se atreva.
Pelayo la miró de reojo, con esa mezcla de fastidio y de admiración que Elvira le provocaba siempre que hacía exactamente eso: coger algo que a él le había salido del pecho, sin pensar, y mostrarle, sin acritud, cómo podría haber servido para algo más que para desahogarse.
—Algún día —dijo él— vas a tener que dejarme equivocarme sin corregirme antes de que termine de hablar.
—Algún día —respondió ella, y le cogió la mano, algo que hacía pocas veces y siempre a propósito—, cuando dejes de equivocarte de la misma manera, dejaré de corregirte.
De momento, sigues siendo el mismo que entró en mi taberna hace dos años y le dijo al primer arriero que se cruzó que la sidra de San Cucao era mejor que la de cualquier otra parroquia del concejo, sin haber probado ninguna otra.
—Era verdad.
—Era una temeridad. Lo uno no quita lo otro.
Caminaron un rato en silencio, el silencio cómodo de quien no necesita llenar cada hueco con palabras, hasta que llegaron al roble viejo que marcaba, desde siempre, el final de su paseo de los domingos: allí se sentaban, allí hablaban de lo que fuera —de la boda que un día tendrían, de la tierra que Pelayo quería sanear antes de casarse, de la taberna que Elvira quería ampliar con una segunda sala para cuando el paso de arrieros creciera— y allí, cada domingo, se despedían con la misma promesa tácita de volver a verse.
—Tengo miedo, Elvira —dijo él de pronto, mirando hacia el valle, sin mirarla a ella—. No de Martín. De lo que Martín es capaz de hacer si alguna vez el concejo entero le dice que no.
—Entonces no dejes que sea el concejo entero el que se lo diga sin haberlo pensado antes con calma —respondió ella—. Si un día ha de decirse que no, que se diga bien dicho, con todos de acuerdo, no con cada uno soltando su rabia por separado, como hiciste tú el viernes.
Pelayo no respondió enseguida. Miraba el valle, los prados verdes que bajaban hacia el río, la torre de la iglesia de San Cucufate recortada contra el cielo ya despejado, y pensaba que Elvira tenía razón, como casi siempre la tenía, y que aquella razón, tarde o temprano, iba a costarle a los dos mucho más de lo que ninguno de los dos imaginaba todavía aquel domingo de marzo.
Se quedaron un rato más bajo el roble, sin prisa por levantarse, viendo cómo el sol de marzo, todavía tibio, iba secando la escarcha que había quedado a la sombra del tronco.
Pelayo arrancó una brizna de hierba y se la pasó entre los dedos, pensativo, y Elvira, que lo conocía ya lo bastante bien como para saber que aquel gesto suyo significaba que todavía tenía algo más que decir y no encontraba cómo, esperó sin apremiarlo.
—Mi padre —dijo él, por fin— nunca se metió en líos con el comendero anterior. Pagaba lo que le pedían, aunque le pareciera injusto, y decía que un hombre con tierra que trabajar no tiene tiempo para pleitos con quien tiene más poder que él.
—¿Y tú qué piensas?
—Que mi padre tenía razón durante todos los años en que la tuvo, y que ahora, con Martín, ya no la tiene. No sé exactamente cuándo cambió eso. Solo sé que cambió.
Elvira no respondió enseguida tampoco. Miraba las manos de Pelayo, ásperas ya de arado a pesar de sus pocos años, y pensaba en su propio padre, que había pasado la vida entera detrás de aquel mismo mostrador sin levantar nunca la voz contra nadie, ni siquiera cuando debía haberla levantado, y en si aquella prudencia suya, que tanto había admirado de niña, no habría sido, en el fondo, la misma clase de miedo que ahora empezaba a asomar, distinto pero del mismo linaje, en las palabras de Pelayo sobre su padre.
—Puede que no cambiara nada —dijo ella al fin—. Puede que simplemente se le acabara la paciencia a todo el concejo a la vez, poco a poco, sin que nadie se diera cuenta hasta que ya no quedaba nada de ella que gastar.
—Eso suena peor todavía.
—O mejor —dijo Elvira, y sonrió, aunque sin la ligereza de antes—. Un hombre solo, sin paciencia, es un hombre imprudente. Un concejo entero, sin paciencia, es otra cosa. Todavía no sé qué cosa es, pero es otra cosa.
«Si un día ha de decirse que no, que se diga bien dicho, con todos de acuerdo»