El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO I. La tierra de Lugo
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El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera

El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera

Por Cristobal Ramon Gomez

© inepub.com

CAPÍTULO I. La tierra de Lugo

CAPÍTULO I. La tierra de Lugo

Antes de que saliera el sol, ya se oía a Pelayo maldecir al buey.

—Anda, condenado —dijo entre dientes, sin verdadero enfado, y tiró de la cuerda hasta que el buey cedió.

Trabajó sin pensar en nada durante la primera hora, que era como a él le gustaba: el cuerpo ocupado, la cabeza en blanco, solo el ritmo del paso y el crujido de la tierra al abrirse. Fue subiendo el sol, disolviendo la niebla sobre los prados, cuando empezó a pensar en Elvira.

Habían quedado en verse el domingo, después de misa, en el cruce donde el camino de Lugo se juntaba con el que bajaba hacia San Cucao.

No era la primera vez ni sería la última; llevaban así, viéndose los domingos y alguna otra tarde robada al trabajo, desde hacía más de dos años, desde que Pelayo, recién vuelto de sus andanzas y todavía con el paso raro de quien ha dormido demasiadas noches en camino, había entrado una tarde en la taberna de San Cucao a beber sidra y se había encontrado con una mujer que le sostenía la mirada sin bajarla, cosa que a él, acostumbrado a las posadas y a las mozas de otros caminos, le pareció, más que nada, extraordinaria.

Se había fijado primero en las manos: manos de trabajar, no de esperar a que otros trabajaran por ella, con los nudillos algo agrietados por el frío del invierno anterior, y sin embargo tan seguras al escanciar la sidra como las de cualquier tabernero curtido en el oficio desde niño.

Después se había fijado en que aquella mujer, mientras servía, escuchaba todo lo que se decía en la sala sin perder el hilo de una sola conversación, y que cuando alguien le preguntaba algo, respondía siempre después de pensarlo, nunca antes.

—¿Y vos de dónde volvéis, forastero, con esas botas tan gastadas? —le había preguntado ella aquella primera tarde, sin curiosidad excesiva, la misma pregunta que sin duda hacía a todo viajero desconocido que cruzaba su puerta.

—Del Camino, y de antes del Camino, de servir de escudero a un hidalgo de Grado que ya no recuerda mi nombre ni yo el suyo con demasiado cariño —había respondido Pelayo, medio en broma, esperando la risa fácil que aquella respuesta solía sacarle a cualquier moza de taberna.

Elvira no había reído. Lo había mirado un instante más de lo esperado, como quien pesa a un hombre antes de servirle la segunda jarra, y había dicho solamente:

—Entonces habréis visto mundo. Contadme algo de él mientras bebéis, que aquí el mundo nos llega siempre de segunda mano, por boca de arrieros que exageran la mitad de lo que cuentan.

Pelayo, que llevaba meses sin que nadie le pidiera de verdad que hablara, en vez de que simplemente le sirvieran o le cobraran, había hablado aquella tarde más de lo que había hablado en todo el último año de camino, y había vuelto, sin planearlo, la tarde siguiente, y la siguiente a esa, hasta que volver a la taberna de San Cucao dejó de ser una excusa para la sidra y pasó a ser, sencillamente, la razón.

Se querían, y los dos lo sabían, y de un tiempo a esta parte habían empezado a hablar —despacio, sin prisa, como se habla de las cosas que de verdad importan— de casarse cuando las cosechas se lo permitieran a él y la taberna se lo permitiera a ella.

No había prisa. O eso creían, aquella mañana de marzo, mientras Pelayo abría surcos en la tierra de su padre sin saber todavía que el año que empezaba iba a llevarse por delante toda la prisa y toda la calma que él y Elvira hubieran podido planear juntos.

Pensó, mientras el arado seguía abriendo surco tras surco, en su padre, que había trabajado aquella misma tierra durante treinta años sin quejarse nunca en voz alta de una renta ni de un comendero, y que había muerto convencido de que un hombre prudente no se mete en pleitos con quien tiene más poder que él.

Pelayo no estaba seguro, aquella mañana, de seguir pensando lo mismo que su padre; llevaba un tiempo notando, sin saber ponerle nombre todavía, que algo en él se resistía cada vez más a aceptar sin más lo que antes se había aceptado sin pensar.

No sabía si aquello era una virtud nueva o un defecto que su padre, más sabio, habría sabido contener.

Lo sabría, sin buscarlo, antes de que acabara aquella misma mañana.

A media mañana, cuando el sol ya calentaba lo suficiente para que Pelayo se quitara el gabán, vio acercarse por el camino a un jinete que no era de la parroquia.

Reconoció el paso del caballo antes que la cara del hombre: era un paso lento, sin prisa, el paso de quien tiene autoridad para no tener prisa.

Cuando el jinete estuvo más cerca, Pelayo reconoció también el rostro, y la mandíbula se le tensó sin que él se diera cuenta.

Era Martín, el comendero [6] .

—Buen día te dé Dios, Pelayo de Lugo —dijo Martín, deteniendo el caballo al borde del surco, sin desmontar, mirando la tierra recién abierta con el aire de quien calcula una renta antes de calcular un saludo.

—Y a vos, comendero —respondió Pelayo, apoyándose en el arado, sin acercarse más de lo necesario.

—Buena tierra la de tu padre. Que en gloria esté —añadió Martín, y la frase, dicha así, sonó menos a condolencia que a inventario—. El obispo, mi señor, tiene noticia de que este año las rentas del concejo andan cortas. Espero que la tuya no ande entre las cortas.

—Mi renta se paga cuando se paga siempre, comendero. Con la cosecha, no antes.

—Con la cosecha —repitió Martín, como si la frase le hiciera gracia—.

Dile eso a tus vecinos de Ferroñes, que este invierno han tenido que vender ganado para pagar lo que debían, cosecha o no cosecha [7] .

El señor obispo no espera a que el tiempo se acomode a la voluntad de sus foreros, Pelayo. Espera lo que se le debe.

Pelayo apretó las manos sobre el mango del arado.

Había visto, el invierno anterior, cómo dos hombres armados por orden del comendero se llevaban las últimas vacas de un vecino de Ferroñes que no había podido reunir la renta a tiempo, dejando a la familia sin leche para los críos y sin animal de tiro para la próxima siembra.

No lo había olvidado, y por la mirada que le sostuvo a Martín, este supo que no lo había olvidado.

—Mi renta se pagará, comendero. Como siempre se ha pagado. Y espero que el señor obispo, o quien hable en su nombre, recuerde también que sus foreros no son ganado que se lleva cuando aprieta la necesidad.

Martín lo miró un momento largo, sin decir nada, con esa media sonrisa de quien archiva una insolencia para más tarde en vez de responder a ella en el momento.

Después, sin más despedida que un leve tirón de las riendas, hizo girar el caballo y se alejó por el camino hacia Posada, dejando a Pelayo de pie junto al arado, con el sol ya alto y la niebla del todo deshecha, y una inquietud en el pecho que no tenía nada que ver con el frío de la mañana.

Lugo de Llanera, aquella primavera, no sabía todavía que aquella conversación —una entre tantas, una insolencia entre tantas otras que los comenderos del obispo habían tenido que tragar de sus foreros a lo largo de los años— sería una de las últimas gotas de una copa que llevaba mucho tiempo llenándose.

Pero las campanas de San Julián, esa tarde, tocaron vísperas como todas las tardes, y nadie en el concejo, ni siquiera Pelayo, imaginó todavía cuánto iba a echar de menos, muy pronto, ese sonido tan simple.

«Las campanas de San Julián, esa tarde, tocaron vísperas como todas las tardes»