El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Que esos hechos los vivieran, en concreto, un labrador llamado Pelayo y una tabernera llamada Elvira; que se quisieran, se alejaran y volvieran a encontrarse; que una madre muriera sin sacramentos y una hermana cosiera sacos de penitencia; que un cura viejo se debatiera entre la obediencia y la conciencia: nada de eso figura en ningún archivo.

Es lo que esta novela ha imaginado para que una fecha y un puñado de párrafos jurídicos —«agravios e sinrazones», «omes bonos fillosdalgo e foreros»— recuperen, siquiera por las páginas de un libro, el rostro de la gente corriente que los vivió y que la historia, casi siempre, no se molesta en nombrar.

Llanera sigue celebrando esta historia cada verano, con otro nombre, otra fiesta y otra memoria, más luminosa que la que aquí se ha contado.

Esta novela no pretende sustituir esa memoria festiva, sino acompañarla con una versión más lenta y más callada: la de cuatro años en los que, sencillamente, no sonaron las campanas.

Gracias por haber escuchado, hasta el final, ese silencio.