El silencio de la escritora Capítulo 71
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Capítulo 71

Hakim

Tres horas antes…

L aura sospecha algo, estoy seguro. No me gusta cómo me ha mirado.

Cuando Candela me pidió que fuera su sombra, quise negarme.

Yo había ayudado a Laura por pura humanidad y permanecí a su lado en el hospital por lo mismo.

Pero Candela, en cuanto se enteró de que Laura seguía viva, me esperó un día a la salida del hospital y me hizo una proposición que no podía rechazar.

—Quiero que cuides de ella y, a poder ser, que te mudes a su casa. Necesito ese bebé y tú eres mi llave para conseguirlo.

—No puedo hacer eso. Es más, no voy a seguir trabajando para usted, señora.

—Recuerda que me debes mucho, y que puedo hacer que la vida de tu hijo se apague en un santiamén si corto el grifo de dinero.

—Creo que está pagado y más que pagado. Usted misma me lo dijo.

—Puede ser… De todos modos, ahora tengo una propuesta mucho más beneficiosa para ti y los tuyos.

Quiero decirle que no, que me deje en paz, que necesito que me libere de su influjo. Que, por su culpa, me odio a mí mismo. Sin embargo, mis labios preguntan:

—¿De qué se trata?

—Chico listo, sabía que no te podrías resistir a una de mis propuestas. Sabes que siempre te ha ido bien, ¿cierto?

—Dígalo ya…

—Está bien, está bien. Si haces lo que te pido, te daré un millón de euros. Con eso podrás pagar holgadamente el tratamiento de tu hijo y, además, comenzar una nueva vida con tu familia, lejos de aquí.

¡Un millón de euros! Es mucho dinero, pero estábamos hablando de Estados Unidos. Y el dinero se acaba. Solo con comprar una casa y el costoso tratamiento, creo que ya se acabaría. Además, lo que me pedía era un trabajo de meses.

—Dos…

—Vamos, no te aproveches. Uno y medio. Es mi última oferta.

—Uno setecientos. No aceptaré menos.

—Está bien. Un millón setecientos mil euros.

Desde ese momento, hice lo posible para que Laura me necesitara y conseguí vivir en su casa con la condición de compartir gastos.

Laura no tiene ni idea de que no soy más que un topo y que, en cuanto ese niño nazca, tendremos que eliminarla. No quiero ni pensar en ello, pues he llegado a cogerle mucho cariño a la pobre. Es una buena persona, algo ingenua en ocasiones, claro.

Estoy tumbado en mi cama, en casa de Laura. He enviado el mensaje que hará que Candela ponga la maquinaria en marcha para terminar con esto. Cada día me siento más culpable, así que no sé cómo voy a afrontarlo.

Son al menos las tres de la mañana, y estoy en mi cama escuchando música con mis enormes auriculares. Candela no ha respondido al wasap, ni siquiera están las dos uves azules. Así que no puedo hacer nada más que esperar órdenes.

La música clásica que escucho es suave, pretendo dormirme y casi lo estoy consiguiendo. Aunque no llego a dejarme abrazar por Morfeo. De súbito, un alarido, que rompe la cancelación de sonido de mis cascos, me hace dar un respingo en la cama.

Corro hacia la habitación de Laura. Estoy muy nervioso. Espero que Candela no le haya hecho daño.

Me pregunto por unos momentos por la ambigüedad de mi persona, si a Laura le ocurriera algo malo sería por mi culpa. Yo mismo he puesto en marcha la maquinaria de su muerte.

La puerta de la habitación está abierta y no puedo creer lo que veo.

Candela está de pie y ha clavado un cuchillo en un corcho enorme que tiene Laura en su habitación.

Cuando me acerco más, veo con claridad que una fotografía; donde aparecen dos niñas, una más mayor y la otra más pequeña; vestidas de forma parecida y con peinados un poco extraños, ha sido profanada por la hoja afilada del cuchillo de mi controvertida jefa.

Una de las niñas es Laura, la otra debe de ser su hermana, dado el increíble parecido.

—¿Se puede saber qué haces ahí mirándome como un pasmarote? Ayúdame, está tan gorda que no podré con ella yo sola.

Un sentimiento, que me niego a dejar aflorar, rasga mi coraza. Aun así, obedezco a Candela como si fuera un perrito faldero. Así que tomo a Laura en brazos y compruebo que está inconsciente. Por un momento, una llamita de esperanza se instala en mi pecho, aunque no dura mucho.

—Vamos a mi casa. Alégrate por mí, por fin habrá un niño en mi hogar, un niño lleno de vida, un hermanito para mi pobre pequeño.

Un escalofrío recorre mi cuerpo. He limpiado la habitación del hijo momificado de Candela en infinidad de ocasiones. En muchas, ella ha entrado y, sin cortarse un pelo, me ha pedido que bese la frente de mi hijo… Mi hijo.

Un día intenté decírselo, que ese bebé necesitaba descansar en paz, que lo que estaba haciendo era enfermizo. Confieso que exploté. Me soltó que me callara la boca y que, si decía algo, mi hijo enfermo moriría.

Es una arpía, la persona más mala que he conocido jamás. Muchas veces me he preguntado los motivos que la llevan a ser así. No los he encontrado y no creo que lo haga jamás. Aunque yo no soy diferente, soy su fiel escudero, su cómplice, si ella cae, yo caigo.

Conduzco a casa de Candela en el coche que he conducido a diario hasta hace unos meses. Laura está en el maletero, inconsciente, amordazada y atada de pies y manos.

He de hacerlo, no puedo echarme atrás ahora. Solo esta noche y la vida entera con mi familia. Mi conciencia quedará cargada de oscuridad, pero ya hay tanta que no creo que se note.