Capítulo 70
Laura
U n silencio escalofriante se cierne sobre las dos. Solo lo rompe abruptamente un dolor indescriptible que me hace soltar un quejido.
Estoy de parto, y mi hija pide paso. No puede ser. Si dejo a la naturaleza seguir su curso, mi hija caerá en manos de una depredadora, de una desquiciada que transformará su vida en un infierno. Mi pobre Bella no puede caer en las manos de semejante bestia.
No puedo hacer nada más que suplicar, que apelar a un atisbo de humanidad de alguno de estos dos.
—Por favor, os lo ruego, soltadme y me iré al hospital. Jamás diré nada. No volveréis a saber de mí, os lo juro.
—¿Ahora suplicas? En fin, creo que te va a hacer falta un pequeño estímulo, algo que te haga… distraerte en tus últimos momentos.
Candela se aleja unos pasos y abre un maletín que está sobre una destartalada mesa. Poco después vuelve a mi lado y me pone unos auriculares gigantes.
No tardo en escuchar un tema de metal extremo con una voz que parece salir de ultratumba. Por Dios, está tan fuerte que no consigo concentrarme en nada más que mi dolor y todo el ruido que se cuela en mis oídos.
Otro dolor, y tengo ganas de pujar. Necesito hacerlo. Si no hago nada, mi bebé morirá. ¿Pero no es peor que acabe en manos de Candela? Madre mía. Creo que esta es la decisión más difícil de toda mi vida.
Candela me mira con furia y lo siguiente que hace es encañonarme con una pistola. Me quita un momento los auriculares con la otra mano y suelta:
—Haz el favor de pujar, zorra, o te saco el bebé con mis propias uñas. Tú decides.
Dios mío. Lo de esta tía es demencial. Yo que pensé que solo era un parásito, una vividora… Resulta que es la arpía más retorcida y mala que ha parido madre.
—Está bien, está bien… Pero no me pongas la música otra vez, por favor.
—Por favor, por favor —dice en tono burlón.
—Basta ya, Candela —espeta Hakim.
—Que te he dicho que me llames señora y punto.
—Basta, o te quedas sola en esto.
—Tu hijo morirá, ¿es eso lo que quieres?
—Quizá lo prefiero a seguir con esta tortura a un ser humano.
—¿Ahora te salen los escrúpulos? Yo que pensé que nada te perturbaba. Por eso te contraté como mayordomo. Necesitaba a alguien con la sangre fría. Me acabas de demostrar que no la tienes.
—No quiero que sufra, eso es todo.
—Ay, madre, que se ha enamorado el morito.
Hakim tensa la mandíbula.
—No me llames así…
—Es lo que eres, ¿no? Un moro.
—Oye, acabemos con este asunto y págame de una vez.
—Sí, claro. Sabes que soy una persona cumplidora en ese asunto.
En serio, pensaba que Hakim me ayudaría, que haría algo por sacarme de este aprieto, por salvarme como lo hizo hace ya varios meses. Sin embargo, su expresión fría me indica que no lo hará. Que nada lo va a desviar de su objetivo: salvar a su hijo enfermo.
¿Me pregunto qué haría yo si estuviera en su lugar? Probablemente lo mismo. No… Yo nunca le haría daño a nadie que no se lo mereciera.
—Ahora, Laurita, puja; puja hasta que revientes, pero haz nacer a mi hijo de una maldita vez.
Me resigno, no puedo hacer otra cosa. He de dejar que mi bebé nazca.
Sé que luego me van a matar y, probablemente, jamás encuentren mi cadáver.
Candela se quedará con mi teléfono y hará ver que me he ido a Japón, Egipto o cualquier otro destino bien lejano, detrás de un hombre que recién he conocido, tal y como hizo con mi antecesora.
Los engañará a todos diciéndoles que ella no sabe nada o endilgándole mi desaparición al primero que se le ponga a tiro. La creerán…
Lo siento, Bella, no he podido salvarte de las garras del mal. Espero que me perdones algún día.