Capítulo 69
Laura
A l abrir los ojos, siento la boca seca. No sé dónde demonios estoy. En mi apartamento no, eso seguro.
Escucho el goteo insistente de un grifo, o vete a saber qué. Cada gota deja una estela de eco al impactar con las demás.
Trato de incorporarme, pero no puedo. Estoy atada. Mierda.
Siento de pronto un dolor enorme, como si fuera a partirme en dos.
El pánico se apodera de mí cuando logro identificar lo que hay cerca de la cabecera de la cama. Es un gotero.
Ato cabos de inmediato, muchas películas de sobremesa avalan mis suposiciones. Estoy segura de que la sustancia del gotero es oxitocina y ese dolor indica que estoy de parto.
Oh, no. Solo estoy de treinta y seis semanas. A mi bebé le falta todavía tiempo de maduración en mi vientre.
No quiero que me lo quite, esta mujer es una psicópata, le destrozaría la vida a mi hijo. Pero no puedo hacer nada, estoy atada de pies y manos en una cama de un sótano.
Creo que ya sé dónde me ha llevado Candela, a su casa.
Me muerdo el labio inferior. ¿Dónde está Hakim? ¿Acaso él era su cómplice y dejó que ella me raptara? Me cuesta asimilar que el hombre que tanto ha cuidado de mí me haya traicionado. Su mirada era sincera, por Dios.
¿Qué le habrá prometido Candela?
Necesito ayuda…
Intento mover el brazo donde tengo la vía. Mi intención es hacer que la aguja salga de mi piel. Imposible.
Muevo la cabeza a ambos lados, no sé qué demonios busco. No creo que pueda zafarme de mis ataduras, haga lo que haga. Me encuentro totalmente indefensa.
Una nueva oleada de dolor me hace apretar las mandíbulas. De pronto, un torrente de líquido caliente humedece la cama en la zona de mi entrepierna y los muslos.
Estupendo, he roto aguas.
Escucho pasos que descienden unos peldaños. De inmediato, le siguen más pasos de zapatos menos ruidosos.
Son ellos…
—Hola, querida. Parece que mi hijo ya está a puntito de nacer y no sabes lo emocionada que estoy.
—No es tu hijo —mascullo.
Mis peores temores se confirman cuando veo a un serio Hakim junto a Candela.
—Mira el feliz padre… ¿No es maravilloso? —se burla ella.
Hakim agacha la cabeza.
—¿Cómo has podido? Llegué a quererte muchísimo, a venerarte por haber sido mi salvador. ¿Cómo ahora te conviertes en verdugo?
—Oh, mira que eres patética. Para todo tienes una frase como salida de un libro. No es necesario que te pases la vida restregándole a la gente por las narices que eres escritora. Bueno, si a lo que tú haces se le puede llamar escribir…
—Vale ya, Candela. Acabemos con esto de una vez —espeta Hakim.
Nuestras miradas se cruzan, y las lágrimas se apoderan de mí. Su expresión vacía me da escalofríos.
—No seas aguafiestas. Además, ¿desde cuándo me tuteas? Para ti soy «señora», nada más.
—Lo siento, señora. No volverá a ocurrir.
—Por la cuenta que te trae… No me gustaría que tu hijo muriera por tener que suspender el tratamiento. Además, ¿qué haría la pobre…? ¿Cómo era? ¿Aisha?, ¿Fátima?... Bueno, da igual. ¿Qué haría sola en Estados Unidos? ¿Dónde viviría? Piensa que el tratamiento todavía no ha terminado.
Veo a Hakim morderse el labio inferior hasta hacerse sangre.
—Así que es eso —suelto—, tienes un hijo enfermo…
Hakim no responde.
—Bueno, deja de decir gilipolleces. Ahora vayamos a lo que nos ha traído hasta aquí. El nacimiento de Édgar Rojo. ¿No es increíble?
Sonrío. Candela no tiene ni idea.
—Es una niña. No puede llamarse Édgar —digo con sorna.
Ella me mira con sus ojos inexpresivos y esboza una leve sonrisa.
—Qué más da. El sexo es algo subjetivo. Si trato a mi bebé como un niño desde su nacimiento, crecerá como un niño.
—Estás como una regadera…
—Sí, pero yo estoy en el lado ganador de esta historia. Tú solo eres la pobre víctima indefensa.
»La que va a morir.