Capítulo 68
Laura
N o puedo dormir. No me he tomado la infusión que Hakim me ha preparado. He esperado a que se enfriara y he regado un cactus con ella.
Algo va mal. No me quito de la cabeza las palabras de Gonzalo y no dejo de atar cabos en mi mente. ¿Estaré en peligro? ¿O será pura paranoia?
No me gustaría meter la pata y que Hakim, que tanto me ha ayudado, se sintiera ofendido. Estoy segura de que se marcharía de mi apartamento de inmediato, y yo volvería a tener dificultades para hacer frente a los gastos.
Además, mi embarazo está muy avanzado y dudo mucho que alguien me contratara para trabajar.
Sin ser muy consciente, acabo por dormirme por puro cansancio. Pero no pasa mucho tiempo hasta que noto como la puerta de mi habitación se abre.
Mi corazón late desbocado y siento una especie de dolor desagradable en el cuerpo. Me pasa siempre que el miedo me apresa.
—Hakim, ¿eres tú? —pregunto, pero no recibo respuesta.
Hay alguien en mi habitación, y no sé qué voy a hacer para salir de aquí.
—Tengo un arma y no dudaré en utilizarla —miento y ni yo me lo creo.
Escucho el chasquido de un hueso del intruso.
Trato de localizar el interruptor para encender la luz, pero no lo encuentro. Estoy demasiado nerviosa.
Escucho el frufrú de un pantalón y soy consciente de que mi atacante viene a por mí. Doy con el interruptor y lo acciono.
Mi atacante tiene el rostro cubierto por un pasamontañas y va vestido de negro. Se abalanza sobre mí. Sin embargo, yo ya he salido de la cama, aun con mi dificultad de movimiento, y sostengo la lámpara de la mesita de noche.
—¡Fuera de mi casa! —exclamo, pero el intruso, que tiene un cuchillo enorme en su mano, rodea la cama y se aproxima hacia mí con violencia.
Lucho con el pie de la lámpara, que ya no tiene pantalla, y esquivo las puñaladas que el desgraciado este quiere propinarme. Aunque no por mucho tiempo, pues consigue herirme en un brazo.
Siento que me mareo. Ahora no, por favor.
«Sé fuerte, hermanita, tú puedes escapar», dice Vero en mi pensamiento.
No sé cómo hacerlo. Mi atacante consigue arrancarme la lámpara de la mano y ahora me tiene arrinconada con el filo del cuchillo rozándome el pecho. Estoy completamente aterrorizada.
Aunque he de defender a mi hijo. No puedo permitir un nuevo ataque, todavía estoy reponiéndome del último, que casi me envía sin billete de vuelta al mundo de los muertos.
Solo se me ocurre una cosa, un buen rodillazo en la entrepierna lo debilitará de inmediato. Y, reuniendo fuerzas, elevo mi rodilla y le doy. Solo se queja levemente, además, lo que encuentra mi rodilla no es blando. He tocado hueso, señal inequívoca de que no es un hombre.
—Candela…, parece que te has decidido a hacer algo por ti misma de una maldita vez.
—Cállate, desgraciada.
—No permitiré que me quites a mi bebé.
—No estarás viva para luchar por él. Además, yo podré darle mejor vida de la que le darías tú.
Estudiará en un colegio privado, ya lo tengo mirado; irá a extraescolares, para aprovechar todo su talento, y será alguien importante: dejará huella en el mundo, no como tú.
A ti te olvidarán. No eres nadie y solo tienes a tu madre.
Ella quizá suponga un pequeño inconveniente, pero no hay nada que no hagan mis fans por mí.
No costará hacerla pasar por loca, al igual que a la madre de Carlita.
—Tú la mataste…
—Oh, querida. Yo no mataría ni a una mosca.
—Mataste a mi hermana. Y a Daniel. Estoy segura de ello. Tú lo mataste y le colgaste el crimen a mi hermana. Ella siempre dijo que habías sido tú, pero nadie la creyó.
—Las pruebas eran demoledoras, cariño. A tu hermana la encontraron quitándole la ropa al cadáver para simular un accidente en la bañera.
—Ella confiaba en ti. Te quería mucho.
—Oh, no dramatices. Era demasiado buena. No se puede ser demasiado buena.
—Mataste a tu padrastro…
El gesto de Candela se endurece.
—Era un jodido pederasta —masculla con inquina—. Tú hubieras hecho lo mismo.
Hombre, visto así…
—Ahora quieres matarme a mí. Yo no te he hecho nada.
—Querida, eso no es del todo cierto —dice entre carcajadas—.
Trataste de vengar a tu hermana con ese manuscrito infernal, pero te salió rana; a día de hoy, es uno de mis libros más exitosos.
Además, te acostaste con mi marido, eso ya de por sí es un gran motivo para matarte. Gonzalo es mío, no lo olvides.
—De poco te va a servir en la cárcel.
—Ah, eso… Solo estará unos días más. Tengo contactos y dinero. Si no ha salido antes es para que escarmiente y sepa que de Candela Rojo nadie se ríe.
—Él no te quiere.
—Como me sueltes que a la que quiere es a ti, vomito. Hay que ser ilusa para creer que es así. Gonzalo solo se quiere a sí mismo…
—Me pidió que me casara con él.
«No la cabrees, Laurita», suelta Vero, de pronto.
—No me importa. Solo son palabras y las palabras se las lleva el viento. Lo importante son los hechos, y sé que Gonzalo se quedará a mi lado hasta que yo decida reemplazarlo.
—¿Aunque no pueda darte hijos?
Candela aprieta las mandíbulas.
—¿Cómo sabes eso?
—¿Quién es el padre del cadáver que guardas en la habitación del fondo del pasillo, Candela?
Mi captora respira con agitación. Creo que la ansiedad se ha apoderado de ella.
—¡No llames cadáver a mi hijo!
—Es un cadáver que debería descansar en paz. Es enfermizo tratarlo como si fuera un bebé vivo. No lo es.
—¡Cállate, cállate, cállate!
—Estás loca, muy loca. Además, eres una pésima escritora y lo sabes.
—Soy Candela Rojo, una de las escritoras más famosas del mundo.
—No, no lo eres. No eres más que una impostora que jamás ha escrito ni una palabra ni una frase digna de aparecer en un libro.
—Mi carrera es muy extensa. Soy demasiado importante para que alguien te crea. Ya lo sabes. Además, ¿cómo te crees con derecho para decir que yo no soy escritora?
—Es fácil, una escritora jamás diría que las palabras no tienen importancia, pues las palabras son su esencia. Necesita soltarlas, plasmarlas en el papel para liberarlas ante el mundo. Una escritora necesita escribir. Así que sí, Candela, tú no eres escritora.
Marina suelta un gran alarido y se abalanza sobre mí, cuchillo en mano. Todo mi mundo se sume en la oscuridad.