El silencio de la escritora Capítulo 67
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Capítulo 67

Hakim

M i religión no permite muchas de las cosas que he hecho en mi vida. No importa. He llegado demasiado lejos como para echarme atrás ahora.

He trabajado mucho tiempo para Candela Rojo. Si os tengo que decir la verdad, la odio a muerte. Sin embargo, ella es la única persona que tenía los medios suficientes para pagar el tratamiento oncológico de mi pequeño de seis años con cáncer cerebral.

Es un tumor rarísimo, difícil de tratar en España. Candela me dijo que había un tratamiento experimental que podría curarlo, pero para ello teníamos que viajar mi esposa y yo a Estados Unidos. Eso valía mucho dinero. Y nosotros no lo teníamos.

Candela pagó el viaje, la estancia, las facturas del hospital.

Fue un desembolso enorme de dinero. Quizá para ella supondría un pequeño mordisco en su patrimonio, para nosotros era un gran gesto.

Por ello debía hacer algo lo suficientemente grande como para agradecerle haber salvado la vida de mi hijo.

He hecho todo lo que me ha pedido. Acostarme con ella, pues sabía que su marido era estéril desde hacía mucho tiempo, antes incluso de que él se enterara. No sé cómo pudo averiguarlo, eso sí.

Me pidió que la dejara embarazada y tuve que hacerlo. Fueron varios encuentros sexuales algo forzados, todo hay que decirlo. Mi jefa no me pone a cien, precisamente. No soporto los rostros poco naturales. Son todos iguales y el de ella cada vez es más inexpresivo y artificial.

Sé que, en el pasado, fue una mujer muy atractiva, pero su alma no es bella, de eso estoy muy seguro. Y lo sé, porque lo siguiente que me pidió fue que me deshiciera de una de sus escritoras fantasma: Carla Montes.

Fue poco después de que ella perdiera a mi hijo, cuando estaba ya de al menos siete meses.

Se había quedado embarazada de mí. Sí, Candela me pidió que me acostara con Carla y yo utilicé burundanga para que se sometiera. Ella solo fue consciente de que lo hizo con Gonzalo, como todas.

Candela quería quedarse con ese bebé y con Gonzalo para jugar a la familia feliz. Si este pensaba que el hijo era suyo, mejor que mejor.

Lo más sorprendente fue cómo Carla desapareció de la noche a la mañana y nunca más se supo.

Así me libré de tener que matar a nadie.

Pero poco me duró el alivio, pues Petra me pidió que la ayudara a enterrar su cadáver.

Ella la mató y luego Candela, que imagino estaba en el ajo, cargó a Gonzalo con su muerte.

Y es que es un verdadero pringado… No entiendo cómo puede ser tan gilipollas. Bebe como un cosaco y luego no se acuerda de la mitad de las cosas que ha hecho mientras estaba bolinga. Así que no fue difícil cargarle el muerto, nunca mejor dicho.

El pobre se sentía tan despreciable que buscaba a prostitutas y tenía con ellas sexo extremo, con armas blancas, para probarse a sí mismo, ya que Carla murió apuñalada.

Un día, borracho, ¡cómo no!, me confesó que era incapaz de matar a una mosca, y que comenzaba a pensar que Candela lo había engañado y había matado a Carla con sus propias manos.

Iluso, Candela nunca hace nada. No se mancha las manos de sangre.

Ella se limita a manipular y mover sus piezas en el tablero.

Aunque el diario de una tal Verónica no dice lo mismo.

Al parecer, Candela, que se llamaba Marina en su momento, mató a su hermanastro y luego le endilgó el crimen a una pardilla que apareció en su casa. Esa pardilla era Verónica Peña, la hermana de Laura.

Más tarde, fue a visitar a Verónica y le entregó un trozo de vidrio para inducirla al suicidio. No sin antes robarle su diario. Esto lo sé porque Candela escribió la última página de ese cuaderno, donde lo contaba todo. También decía que echaría de menos a su amiga. ¿Se puede ser más retorcida?

No sabéis las ganas que tenía de abandonar la casa de Candela de una maldita vez. Y lo hice, pero ella me pidió un nuevo favor. Dejar embarazada a Laura, y que otra vez fuera Gonzalo el que pagara el pato.

Como sabéis, no salió bien. Ahora Laura está bajo mi vigilancia. Candela quiere al bebé y, si no lo tiene, no me dará el millón de euros prometido. Con él nos iremos mi familia y yo bien lejos de la maldita impostora superventas.

Esta noche noto especialmente rara a Laura. Sé que ha ido a Mas d’Enric, la cárcel de Tarragona. Y lo sé porque tiene un GPS en el coche que conduce hace un par de meses —y que yo le conseguí a muy buen precio—, es tan grande que parece un router , pero ni cuenta se ha dado.

No soy gilipollas, ha ido a ver a Gonzalo. Espero que no le haya soltado ninguna tontería que la haga atar cabos. Por si acaso, acabo de enviarle un mensaje a Candela, un mensaje en clave, que significa que hoy terminará todo y yo podré ser libre y rico.