El silencio de la escritora Capítulo 64
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Capítulo 64

Laura

L os párpados me pesan. Hay una luz cegadora. Tengo la vista nublada y pestañeo para aclararla. Dios, estoy en un hospital. Y hay alguien conmigo en la habitación.

Trato de voltear la cabeza. No puedo. Siento algo en mi cuello, algo rígido. Solo puedo mover los ojos.

Compruebo que el resto del cuerpo me funciona y sí, mis dedos tienen algo de movilidad, mis pies también. Aunque los noto embotados.

—Laura… Laura.

Cierro los ojos y suspiro. Hakim está conmigo.

Intento responder, pero no puedo.

Él aproxima su boca a mi oído y susurra palabras tranquilizadoras con su voz varonil y a la vez suave.

Necesito preguntarle qué ha ocurrido. Cómo he llegado aquí, y qué ha pasado con Candela y Petra.

Trato de hablar, pero es muy difícil. Hago un esfuerzo soberano por hacerlo.

Consigo balbucear algo que Hakim no puede entender.

Me insta a que me calme, aunque yo no quiero calmarme.

Necesito hablar, denunciar a la policía a esas dos arpías.

A Petra por intentar matarme, a Candela por no ayudarme y decirle a su hermana que por qué no me mataba más adelante para quitarme a mi bebé.

¿Y qué hay de Gonzalo? Me da igual que estuviera borracho.

Ese hombre me pidió matrimonio hace solo unos días. Estuve a punto de decirle que sí, que me casaría con él, pero unos oportunos golpes en la puerta me libraron del peor error de mi vida. Benditos sean.

Todavía recuerdo cómo retrocedía. Como si estuviera ante un bicho gigante que lo amenazaba. Ni siquiera se paró a mirarme, solo se horrorizó y salió corriendo. Menudo cobarde.

Estoy decepcionada, aunque tampoco me importa demasiado ahora mismo.

Lo que quiero es que Petra pague por lo que me ha hecho y, a su vez, Candela tenga por fin lo que merece.

Al fin y al cabo, la escuché decir que me necesitaba para adueñarse de mi bebé.

Vale que no lo dijo con esas palabras, pero Petra sí, y ella ni rechistó.

—Poooicía —balbuceo como puedo.

Es todo un logro poder decir algo después de…, madre mía, recuerdo cómo mi cabeza estaba casi separada por completo de mi cuello.

—Espera un momento. Llamaré a la enfermera.

—No. Po…

—Tranquila, Laura. Estás a salvo. Llamaremos a la policía. De hecho, ya han estado aquí y estaban esperando a que despertaras. Pero ahora lo mejor será que avisemos a los médicos.

—Sí —digo un poco más convencida.

Hakim toma mi mano y la aprieta levemente.

—Estoy muy contento de que todo haya salido bien.

Le lanzo una mirada interrogante.

—La operación. Han sido muchas horas. Hemos volado en helicóptero, ¿te lo puedes creer?

De pronto, escucho un pequeño chirrido y los pasos de al menos dos personas.

En mi campo de visión se dibuja el rostro de un hombre de mediana edad, con el cabello entrecano y mirada afable.

—Hola, Laura. Primero de todo, ¿cómo se encuentra?

—Bien.

—Me alegro. También de que pueda hablar un poquito, dada la magnitud de las heridas.

—Cuello.

—Sí, hemos unido de nuevo la cabeza al cuello si es lo que quiere saber. Es un milagro que haya salido tan bien. Se nota que es usted fuerte, muy fuerte.

—¿Podré andar?

—No la engañaré, todavía no podemos saberlo con exactitud. Llegó usted muy malherida. Sin embargo, creo que lo sabremos muy pronto. Ahora que ha despertado, todo será más fácil.

—Policía.

—Sí, la policía está aquí. Pero yo mismo les he dicho que tendrán que esperar. Acaba de despertar y es mejor que no haga esfuerzos ahora mismo.

—No…, quiero hablar. Policía.

—Muy bien, no se altere. La examinaré y luego los dejaré pasar a verla. ¿De acuerdo, Laura?

—Sí.

El doctor y una enfermera le dicen a Hakim que salga de la habitación y hacen comprobaciones rutinarias. Yo respondo y obedezco a todas sus instrucciones.

Unos quince minutos después, me quedo sola en la habitación y los fantasmas se apoderan de mí. El miedo ha vuelto.

Recuerdo el dolor, la angustia, el pánico a morir. Suspiro, ahora estoy a salvo, pero ¿por cuánto tiempo?

Un hombre de unos cuarenta años, bastante atractivo y serio, se presenta como el sargento Vílchez de los Mossos d’Esquadra. Su compañera es la caporal González. Es rubia, de gélidos ojos azules.

El sargento me pide que le explique lo ocurrido. Como el médico me ha incorporado un poquito, yo le pido que me proporcione papel y bolígrafo. Hablar me cuesta un mundo y necesito decir muchas cosas. Mis manos están bien y mi mente fresca como una rosa, así que hago lo que mejor sé hacer: escribir.

Describo mi fatídica noche y la conversación entre las dos terribles hermanas y su reencuentro macabro.

Cuando termino, ambos policías leen mi escrito y se miran de un modo que no me gusta ni un pelo.

—¿Qué ocurre? —pregunto con mi voz gangosa.

—Laura. Ha ocurrido algo que necesito que nos aclare.

—He dicho todo…

—Mire, como veo que hablar supone un esfuerzo enorme para usted, le iré haciendo preguntas. Levante la mano si es un sí, cierre el puño si es un no.

—Sí.

—Ha dicho que Petra, la cocinera de su jefa, y esta son hermanas. ¿Cierto?

Hago el gesto para decir que sí.

—Que trató de matarla a usted y, la última vez que la vio, estaba abrazada a la señora Candela Rojo.

—Así es —balbuceo sin tener en cuenta el código de las manos.

—No fuerce la voz, Laura. De verdad, puede contestar como le he indicado.

Pero yo estoy tan enfadada, tan indignada por lo ocurrido, que no puedo más que intentar hablar. Es una necesidad imperiosa que no sé de dónde sale. Incluso he pasado por alto, en mi empecinamiento, lo más importante: a mi bebé.

—Mi bebé… —digo sin venir a cuento.

—En cuanto terminemos, avisaremos al médico. Ahora necesito que responda a mis preguntas. Son muy importantes para esclarecer todo este asunto.

—Be-bé…

El sargento mira a su compañera, y esta sale de la habitación.

Momentos después vuelve con el médico de nuevo, que me dice que mi bebé está bien.

Que disculpe por no haberme dicho nada antes.

La verdad es que tengo delito, no me había acordado de él.

Ni siquiera ha nacido, y ya soy una pésima madre.

Nos quedamos a solas otra vez los dos policías y yo. El sargento sigue con sus preguntas, y yo contesto a cada una de ellas. Al fin consigo dejar constancia de todo. Me agobio al responder con la mano, aunque quizá sea lo mejor.

Mi ansia por contárselo todo a la policía viene del miedo a morir que nace de mi ser.

Todavía no sé cómo estoy viva, hoy puedo decir alto y claro que existen los milagros.

Pero ¿quién me dice a mí que no puedan complicarse mis heridas?

¿Quién me dice que no voy a morir en las próximas horas, días o semanas?

No, he saciado mi necesidad de hablar y ahora puedo respirar tranquila.

—Verá, señora Peña, voy a ser franco con usted. Hemos hablado con la señora Rojo y ella nos ha contado una versión ligeramente diferente a la suya.

No puede ser, ya estamos…

Trato de negar con la cabeza, pero no puedo. Digo un «no» alto y gangoso.

—No se altere. De verdad, es lo último que queremos —dice la caporal y, de inmediato, le dirige una mirada reprobatoria a su superior.

—Verá, la señora Rojo coincide con usted en lo que Petra Marín le hizo. Sin embargo, ella dice que no le quedó más remedio que seguirle la corriente a su empleada para que usted tuviera una oportunidad de huir.

—Falso… Mentira.

Estoy muy enfadada. ¿Cómo se ha atrevido a decir semejante embuste? Ella estaba tan feliz, solo le jodía que Petra intentara acabar conmigo por puro egoísmo, para quedarse con mi hijo.

—No, señora. No es mentira. Es más, la señora Rojo es una víctima, como usted.

—¿Víctima? ¿A qué se refiere?

—Es una víctima de violencia machista.

—¿Cómo? ¿Gonzalo?

—El señor Gonzalo Beltrán está detenido por complicidad con Petra Marín. Ellos lo planearon todo.

—No… Mentira.

—La señora Rojo trató de defenderla, de impedir que Petra Marín fuera tras de usted y la rematara. En el forcejeo, Petra murió de forma accidental al golpearse la cabeza. Y el señor Peña intentó matar a su esposa, al ver que esta había acabado con su cómplice.

—¿Y la ha creído? Mentira.

—No, señorita Peña, hemos examinado minuciosamente la escena del crimen y todo cuadra. La señora Rojo dice la verdad.

Los nervios se apoderan de mí. No puede ser. ¿Pero qué cojones le pasa al mundo con esta tía? Es una ladrona, una impostora, una asesina, una desgraciada y nadie es capaz de verlo.

Ya la veo, seguro que va de programa en programa de televisión haciéndose la mártir, la salvadora de su escritora fantasma. Quiere que todos la miren, que vean lo grandiosa que es. Mientras tanto, yo soy la otra, la que no miran, a la que nadie cree.

Sin embargo, yo sé que hay una persona que sabe la verdad de todo. No me trago que Gonzalo sea el cómplice de Petra. Él puede ser muchas cosas, pero no es un asesino.

De nuevo, sus gustos turbios en el sexo acuden a mi mente. Esta vez no me excito con ello, señal de que estoy demasiado devastada.

Me cuesta creer que, en mi interior, está creciendo una criatura. ¿Hija de un asesino tal vez?

La ansiedad se apodera de mí y tengo muchísimas ganas de llorar. Siento una impotencia enorme. Quiero que los policías salgan de aquí, que me dejen sola. Necesito lamerme las heridas en paz.

De súbito, las máquinas comienzan a pitar. Mi corazón late en total descontrol. Me duele el pecho. Creo que me muero, me muero y Candela ha ganado… de nuevo.

Antes de perder el norte por completo digo, con toda la claridad que soy capaz de reunir: «ella tiene a su bebé muerto en casa».