El silencio de la escritora Capítulo 63
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Capítulo 63

Laura

E stoy corriendo, mi corazón va a mil por hora y una masa negra informe me persigue. Es como una gran lengua gigante. Se podría decir que es mi pasado, una sombra pegajosa y alargada.

Me falta el aire. No puedo más. ¿Pero cómo puedo correr? ¿No se suponía que estaba malherida?

Llevo una de mis manos al cuello, no hay nada. Ningún corte, está intacto. Sin embargo, intento hablar y no puedo. Escucho pitidos a lo lejos. Pitidos y voces.

Una me tranquiliza, tiene un suave acento árabe. Noto cómo me agarra de la muñeca y me dice: «Tranquila, Laura. Ya estás a salvo».

De súbito, estoy en un lugar blanco y enorme. Yo soy un punto negro en el centro. Un punto insignificante. Hace frío y de fondo suena una música tétrica que cantan unas niñas y que he visto varias veces por internet. No tengo ni idea del título ni de cómo se llama el siniestro coro de mocosas.

No sé qué hacer. Aunque no puedo quedarme en medio de la nada; he de encontrar un lugar menos inquietante.

Camino sin rumbo y, por un momento, cierro los ojos. Cuando los vuelvo a abrir, estoy delante de una casa. Es un chalé adosado de obra vista. La puerta principal se abre y sale una mujer de unos cuarenta años. Su rostro me es demasiado familiar. Ahogo un grito: es Vero.

No es una adolescente como la última vez que la vi. Ha crecido, se ha hecho una mujer y vive en esta casa típica de familia ideal.

Me saluda con la mano y me anima a que entre.

Hago lo propio y me sorprende el familiar aroma de las galletas de jengibre que nos hacía mi madre por Navidad.

—Ven, siéntate —dice. Yo obedezco, ¿qué otra cosa puedo hacer?

Espero pacientemente a que Vero me dé una explicación en plan: «Esto es como el final de los Serrano». Pero en lugar de eso, ella se sienta frente a mí, me sonríe y luego señala algo que debo tener detrás.

Me giro y veo una cola enorme de gente. Camino por el lateral de la cola, a riesgo de que me caiga la del pulpo por colarme. Nadie dice nada. No parecen verme.

Llego a la mesa donde hay una mujer firmando libros. Alza la mirada, y no puedo creer quién es. Soy yo…, estoy tan alegre y llena de vida. Soy yo libre de cargas del pasado, de rencores, de venganzas absurdas. Soy la escritora que siempre quise ser.

Mi otra yo me mira, sonríe y me guiña un ojo.

Creo que soy feliz, si estoy muerta y este es el cielo, puedo morir en paz…

Un tirón abrupto, otro. Dolor, confusión, angustia, pitidos…, olor a hospital.

«Abre los ojos, Laura».