Capítulo 62
Candela
N o sé por qué estoy abrazada a Petra. Aunque dice que es mi hermana, no consigo sentir nada más por ella que rencor.
Durante años, he reprimido mis recuerdos más sórdidos. Pero hay uno que decidí olvidar sobre todas las cosas y es a ese indeseable que mi madre trajo a casa un tiempo después de la muerte de mi padre.
Sé que lo maté y no me arrepiento. Como tampoco me arrepiento de haberlo hecho con Daniel. Si lo hubiera dejado vivir, Candela Rojo jamás hubiera existido.
Ahora que sé por qué mi cocinera se implica tanto en su trabajo; no sé si voy a ser capaz de dejarla seguir a mi lado. No puedo asimilar así sin más que es Mari, mi hermana mayor; la que fue un día mi ejemplo a seguir. Menudo ejemplo, por Dios.
Mamá fue a la cárcel para que yo tuviera una oportunidad, siempre lo supe.
Le estaré agradecida eternamente. Sin embargo, creo que las cosas se podrían haber hecho de otra forma.
Podríamos haber escondido el cadáver de mi padrastro y mudarnos.
Nadie lo hubiera echado de menos. Pero ella tuvo que llamar a la policía y, cuando vio que no creían su versión de que lo mató en defensa propia, decidió asumir las consecuencias de un acto que ni siquiera había cometido.
Nunca me reprochó nada, pues nunca más la vi.
Mi recuerdo es el de una mujer cansada, con varias piezas dentales de menos a causa de las palizas de mi padrastro y un terrible deterioro.
No siempre fue así. Había una foto en el recibidor de nuestro austero piso de cuando ella tenía dieciséis años. Era preciosa. Es la imagen que me gusta recordar y la que se irá conmigo a la tumba.
Extingo el abrazo y dejo que Petra se seque las lágrimas. De pronto, ella se lleva la mano a la boca, sorprendida porque Laura no está. No estoy ahora mismo ni para la bromita de la canción de Nek.
—¿Cómo puede ser? Estaba a punto de palmarla…, si no es que la había palmado ya —dice Petra moviéndose nerviosa por el cobertizo.
Miro a todas partes. No entiendo cómo se ha podido largar de aquí sin que la viéramos ni Petra ni yo. Sí, si lo entiendo, estábamos en un momento ñoño de reencuentro familiar que nos ha nublado la vista a ambas. Mátame, camión.
Si consigue pedir ayuda, puede que diga que no la socorrí y que quería robarle a su bebé. Lo dije, lo dije delante de ella, ¿verdad?
—Más te vale que aparezca, Petra…
—Yo no tengo la culpa de que se haya ido. Si no me hubieras interrumpido, ahora estaría muerta y enterrada, hermanita.
—No me llames así. Yo no soy tu hermana. Prometiste protegerme y me dejaste sola. Así que será mejor que te calles.
—Eso es muy injusto, yo era menor de edad…
—Sí, es posible. Pero podrías haber venido a buscarme cuando cumpliste los dieciocho.
—¿Para qué, Marina? Tu vida era perfecta. Eras popular, tenías buena ropa, un plato de comida en la mesa todos los días y me habías olvidado. Lo sé porque, a diferencia de lo que crees, sí fui a buscarte.
»Siempre he permanecido a tu lado en la sombra.
Y un día pensé en que sería mucho mejor estar más cerca.
La casualidad también hizo su papel, pues mi madre adoptiva entró a trabajar en esta casa.
El resto ya te lo debes imaginar: hice lo posible por ayudar a Felipa a abrirse la taberna para así acabar ocupando yo su lugar en tu casa. No pusiste ningún problema.
Me encojo de hombros.
—Sí que tuve un problema cuando se marchó tu madre. Ella era perfecta, y a ti te costó un poco adaptarte a la casa.
—Pero lo hice y aquí estoy.
—Muy bien. Todo eso está muy bien. Ahora démonos prisa, tenemos que encontrar a Laura. Es imposible que haya ido muy lejos.
—¿Qué vas a hacer si la encuentras?
—¿Tú qué crees? —digo con los brazos en jarras y tono mordaz.
En el rostro de Petra se dibuja una expresión que da escalofríos. La conozco muy bien, la he visto en el espejo otras veces.