El silencio de la escritora Capítulo 61
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Capítulo 61

Laura

A bro los ojos y solo veo listones de madera. La luz es tenue y hay alguien conmigo. Me está bajando el pantalón y el tanga. Dios, no puedo ver de quién se trata.

Trato de alzar la cabeza, pero no es posible, es como si estuviera desconectada del resto de mi cuerpo.

No sé decir si siento o no dolor y mucho menos dónde. Creo que estoy bajo el efecto de alguna droga. Creo que he muerto y este debe de ser mi purgatorio.

Noto una mano fría en mi vientre. Respiro tranquila por un milisegundo —mi cuerpo sigue sintiendo, por ende, no está totalmente desconectado de mi cabeza—, al siguiente vuelvo a ser presa del terror más absoluto.

De súbito, escucho la voz de Candela. Grita y le reprocha a mi captor que me esté dañando.

—No es lo que parece, señora. Todo tiene una explicación —dice la persona que me ha capturado, que no es otra que Petra.

Los recuerdos regresan a mi mente embotada. Petra me contó que era la hermana de Candela y que haría lo que fuera por protegerla. Hasta matar. Me dijo que me mataría, y mi último recuerdo, antes de desmayarme por la impresión, fue el filo de un cuchillo deslizándose por mi garganta.

Trato de mover la mano, de llevarla a mi cuello, aunque es inútil, no puedo.

—Deja ahora mismo a Laura —masculla Candela.

No puedo verla, pero el sonido de una herramienta, imagino que una pala o similar, me sobrecoge.

—No-no-no es lo que parece. De verdad, señora.

—Voy a llamar a la policía.

—No, no puede hacer eso.

—Sí, sí que puedo. Acabo de encontrarte tratando de asesinar a mi empleada. ¿Qué clase de monstruo eres?

—No soy un monstruo, solo te protegía.

—¿A mí? ¿Matando a una persona?

—Sí, matando a una persona, tal como un día lo hiciste tú hace treinta años, Marina.

Un silencio expectante se instala en la estancia y únicamente lo rompe un chillido de Candela.

—No… ¿Cómo sabes?

—¿Es que tanto he cambiado para que ni tan siquiera me reconozcas? Soy yo, María Petra. Me llamabas Mari cuando eras pequeña.

—No, eso no es verdad. Estás mintiendo.

—Mamá fue a la cárcel por ti. Le diste tantas puñaladas a nuestro padrastro que era imposible alegar defensa propia.

—No…, yo no.

—Sí, tú sí.

—¿Y dónde está ella? ¿Dónde está mi mamá? —pregunta Candela con un tono infantil, entre sollozos.

—La mataron en la jodida cárcel. Acabaron con ella por una rencilla con otra presa que le hacía la vida imposible.

—Eso es mentira. Tu madre es Feli, la tabernera y mi antigua cocinera.

—No, cariño. Felipa solo es mi madre adoptiva. A ti también te adoptaron. No sé por qué decidieron que debían separarnos, sin embargo, ahora estoy aquí y siempre cuidaré de ti, como he hecho durante tanto tiempo. Tal y como le prometí a nuestra madre.

—Pero os parecéis…

—Pura casualidad, además, la gente ve lo que quiere ver. Feli no es mi madre biológica. Y tú eres mi hermana pequeña.

—¿Por qué estás haciéndole daño a Laura?

—Porque quería dañarte. No ha dejado de intentar hacerlo desde que puso un pie en tu casa. Encima ha tenido la poca vergüenza de dejarse preñar por tu marido.

—Lo sé, y por eso no puedes acabar con ella. La necesito.

—Encontrarás a otra escritora. Siempre lo haces.

—No. La necesito a ella. No puedes matarla.

—Marina, déjalo ya. Su hijo jamás llegará a nacer y tú ya tienes a tu pequeño.

—Solo hay que esperar. Si quieres, puedes matarla cuando dé a luz. Pero no ahora…, no ahora.

Ay, Dios, que Candela sabe que estoy embarazada y lo que quiere de mí es a mi bebé. No voy a permitirlo, ni en broma.

Dejo a las dos locas desvariando —se nota que tienen la misma sangre— y trato de hacer que mi cuerpo responda. Primero las manos, luego los pies. Estoy en una postura antinatural, creo.

Me arrastro e intento levantarme. Solo veo el techo, hasta que mi cabeza cae hacia delante abruptamente. Veo a las dos hermanas abrazadas. Menudo par de psicópatas. Tengo que salir de aquí.

Gateo hasta conseguir pisar con mis manos la tierra del exterior.

No tengo mucha fuerza y mis brazos fallan.

Me digo a mí misma: «Podré hacerlo, pediré ayuda».

No es fácil. En un acopio de fuerzas que no sé de dónde sale, consigo ponerme en pie y camino.

Veo el parque y la casa. No puedo ir hacia ella, nadie puede ayudarme allí salvo Hakim o Gonzalo, y ninguno de los dos está.

Pienso en ir dirección a la carretera, pero se encuentra muy lejos. Necesito un teléfono. El mío estaba en mi bolso y no sé qué habrá sido de él.

Solo consigo identificar la casa. Creo que voy a tener que jugármela. Allí puedo hacer una llamada a emergencias con el teléfono fijo. Aunque he de darme prisa, cuando esas dos descubran que me he marchado, vendrán a por mí. No puedo permitir que eso ocurra.

Camino torpemente hacia la casa. Estoy descalza y las piedrecillas del camino se me clavan en los pies.

De súbito, todo se vuelve negro. ¿Qué demonios? Unos puntitos brillantes rompen la oscuridad que me invade. ¿Acaso habré muerto?

Abro y cierro los ojos y veo un punto rojo que atraviesa el espacio negro y un leve zumbido lejano.

Son el cielo, las estrellas y un avión.

Soy consciente de una macabra realidad. Me han rajado la garganta y creo que mi cabeza pende de un hilo. Alzo las manos y trato de colocármela, de hacerla mirar hacia el frente. No puedo.

Sigo caminando. Tengo que conseguirlo; he de hacerlo.

Estoy mal, muy muy mal. Creo que me estoy muriendo y es cosa de minutos o segundos.

Tengo tantas ganas de llorar.

No puedo permitírmelo. De ello depende vivir o morir.

—¿Qué cojones? Dios mío… Apártate de mí, seas lo que seas —dice la voz gangosa de ni más ni menos que Gonzalo.

Oh, no. No puede ser que, ahora que necesito tanta ayuda, este desgraciado esté como una cuba.

Trato, igualmente, de hacerme entender. Su voz se aleja mientras él despotrica. No puede ser, no es capaz de darse cuenta de que no soy un monstruo ni ninguna criatura salida del Averno, como le escucho decir. Soy una mujer, la madre de su hijo, muy malherida.

La voz de Gonzalo se aleja cada vez más, y siento que mi única oportunidad de sobrevivir ha fracasado.