Capítulo 60
Candela
D espués de acunar a mi bebé y esperar a que se duerma, lo acuesto de nuevo en su cunita. Al retirar el edredón se me revuelve la tripa: de nuevo hay bichos.
—¡Fuera, malditos parásitos! —exclamo mientras golpeo el colchón con un cojín.
Estoy harta de que se suban sobre mi pequeño. Además, se suponía que no tenía que haber ninguno, según lo que me dijo el embalsamador.
Tendré que hacerle una nueva visita. Creo que le pagué suficiente como para que hiciera su trabajo correctamente.
Cambio las sábanas y vuelvo a dejarlo en su cunita. Lo cubro con un edredón limpio y meto la ropa sucia en una bolsa de basura. Suerte que siempre las tengo en el armario, por si acaso. Me dan muchísimo asco los insectos y mucho más los gusanos.
Me aproximo a mi bebé para acariciar su cabecita por última vez y suspiro. De súbito, un haz de luz se cuela fugazmente por la ventana y no puedo evitar mirar de dónde viene.
Descorro la cortina un poquito y veo a lo lejos a alguien. Está muy cerca del cobertizo donde tiene sus herramientas el jardinero.
Aguzo la vista, pero no consigo ver con nitidez. A estas horas de la noche, necesito mis gafas.
Achino los ojos para ver mejor. Es una mujer y trata de meter algo en el cobertizo.
Esa coleta desgreñada… No puede ser otra persona, es Petra. Ahora entiendo por qué estaba tan rara. ¿Pero qué narices está metiendo en mi cobertizo?
El corazón se me acelera y tengo un mal pálpito. He de ir a ver qué ocurre.
Salgo de la habitación de mi pequeño y cierro la puerta.
Guardo la llave en su escondite y corro por el pasillo hasta llegar a las escaleras.
Las desciendo con rapidez y, cuando estoy a punto de salir por la puerta principal, me encuentro a Gonzalo, que acaba de llegar en unas condiciones deprimentes.
—Candela…, tenemos que hablar —suelta arrastrando las palabras.
—No creo que sea el momento. Mira cómo vienes —lo reprendo.
—Me debes una explicación.
—Ahora no puedo, pesado. Además, estás borracho; es imposible razonar contigo cuando lo estás.
—Es que me he enterado de algo y creo que tenemos que poner fin a esta pantomima.
—Que no.
Gonzalo me agarra por los hombros y trata de empujarme dentro de la casa.
—¡Que me dejes, cabrón! —exclamo mientras me resisto.
No me cuesta mucho librarme de él, está tan borracho que pierde el equilibrio y se cae de culo.
Aprovecho para salir corriendo hacia el cobertizo. Mientras me aproximo, compruebo que ya no hay luz y que Petra tampoco está aquí. El lugar está tan oscuro y tétrico como es habitual.
Sin embargo, en cuanto llego a la pequeña caseta de madera, distingo una luz casi extinta en el interior. Miro por la ventana y ahogo un grito.
Dentro está Petra, arrodillada sobre un bulto sangrante que no sé identificar. Tiene un cuchillo en una mano y se dispone a… ¡Dios mío!, es un abdomen humano. Y esa sudadera la conozco. Joder, es Laura.