El silencio de la escritora Capítulo 59
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Capítulo 59

Candela

E s tarde cuando llego a casa. Esos malditos policías me han preguntado incoherencias durante horas, y les he dicho todo lo que podía decirles sobre Carla Montes: que se fue a Argentina y me dejó tirada.

Sí, estaba escribiendo el que podría haber sido mi mayor éxito, pero la señorita decidió largarse y dejarme con un palmo de narices.

Todas se van, y estoy hasta donde no puedo decir de su ingratitud.

Las dejo a su bola, no las molesto. Respeto su creatividad y les pago bien, ¿qué más quieren?

Son ellas las que firman el contrato, las que se ciegan con los ceros en su cuenta corriente sin tener en cuenta que al final tendrán que tragarse su ego y no ver su nombre en ninguna parte del puñetero libro.

He pensado muchas veces en escribir yo mis propias novelas pero, cuando lo he intentado, mi falta de talento ha salido a relucir de inmediato.

Ni siquiera las ediciones que hago de los manuscritos que escriben para mí pasan el filtro de mi editor, que suele hacerme borrar ciertas cosas.

No sabéis cómo duele darse cuenta de que siempre me hace quitar lo que he escrito yo.

Así que no me queda otro remedio que contratar a escritoras ávidas de éxito, de esas que se dejan la piel en sus libros, para que escriban los míos.

Siempre suelo buscar un perfil muy específico de autora. Hay cantidad de imitadoras de Candela Rojo. No todas son buenas. Algunas son mediocres. Si tengo una cualidad, es reconocer el talento ajeno para la escritura, también la semejanza con la pluma de la verdadera raíz de toda mi carrera. Vero.

Por otra parte, está el hecho de que la escritora esté pasando por una mala situación económica. Eso rápido lo averigua un detective que contrato para ello.

Siempre he sabido acertar, encontrar la mejor opción. El problema es que estas autoras ávidas de notoriedad son un verdadero problema. Por suerte, se acaban largando cuando la cosa se pone tensa.

Lo que no entiendo es cómo no me di cuenta de que Laura era la hermana de Vero. Si yo misma la vi en varias ocasiones cuando solo era una mocosa. Pero es que ha cambiado tanto… Además, el apellido Peña no es que sea muy exclusivo. Así que ni cuenta me di. Mal hecho.

Quizá lo mejor sea que se vaya por donde vino.

Ya ha causado bastante daño con el puñetero libro y su romance con mi marido, que ha dado su fruto y no puedo quitarme esa idea de la cabeza.

¿Por qué ella sí, y yo no? Ella es una mujer anodina y olvidada.

Yo soy Candela Rojo, una autora que arrasa en ventas. Una ganadora.

Vale que fui yo quien la buscó de nuevo… Pero ¿quién me iba a decir a mí que la madre de Carla se montaría semejante película?

Entro en mi casa, y el aroma de la comida que hace Petra se cuela en mis fosas nasales, haciéndome salivar. Estoy famélica. Lo último que me eché al cuerpo fue esa maldita manzanilla en el Bar Manolo.

Me dirijo a la cocina y saludo a mi empleada.

Ella me sonríe con dulzura, como siempre, y me dice que enseguida estará lista la cena.

Me hace varias preguntas. Porque ve que estoy hecha un asco y se preocupa. Es como una hermana mayor o una madre. Lo que una vez tuve hace tanto tiempo…

—Oye, ¿y el señor?

Petra niega con la cabeza.

—No sé nada. Por aquí no ha venido.

—Ajá.

—Señora…, le dejaré la cena en la mesa. Los platos tapados y el postre. Tengo que irme más pronto hoy, si puede ser.

La observo con los ojos entrecerrados.

—¿Y eso?

—Mi marido no se encuentra muy bien. Me ha llamado. Tengo que llevarlo a urgencias.

Pongo los ojos en blanco y le respondo una frase hecha que suelto por compromiso: «Que no sea nada».

Ella me da las gracias y está a punto de salir, cuando veo que lleva el tobillo vendado.

—Uy, Petra, ¿qué te ha pasado?

—No es nada. El mordisco de un perro.

—¿No me digas que te ha mordido Baxter?

—Oh, no. Ha sido en el pueblo. Pasé a ver a mi madre y había un perro sin atar.

—¿De algún vecino?

—Ah, no. De un turista.

—¿Y vas a denunciar? No se puede llevar los perros sueltos…

—Lo sé, pero es una tontería.

Mi empleada está nerviosa. Juro que noto en su expresión y en su forma de hablar algo raro. Como si estuviera improvisando. Por eso la pincho. Me encanta ver a dónde llega la gente cuando miente.

Decido dejarla en paz antes de que le dé un infarto y le pregunto por Hakim. Otro que ha desaparecido misteriosamente.

Antes de salir por la puerta me suelta: «Ah, Hakim ha tenido que viajar con urgencia a su país. No sé qué me ha dicho de una tía suya o algo así».

La miro como si hubiera visto a un fantasma. Hakim siempre elude viajar a su país. Es más español que yo, mi mayordomo-chófer marroquí. Además, nació aquí… Otra cosa rara. Hoy es un día raro en sí mismo. Todo se sale de mi rutina habitual, de a lo que estoy acostumbrada.

Al fin, cuando Petra se marcha, subo a ver a mi pequeño.

Nadie entiende que no fuera capaz de dejarlo solo en un ataúd, bajo tierra. Lo siento por ellos. Es mi hijo, el único que tengo.

Gonzalo me descubrió hace un tiempo acunándolo y se marchó de la casa. Decía que no aguantaba más.

Tuve que ir a que me dieran una solución, porque mi bebé cada vez tenía peor aspecto.

Les dije a todos que iban a operarlo y no era del todo incierto.

Acudí a un tío que encontré en la deep web para que le realizara un tratamiento que lo haría durar mucho tiempo a mi lado. Dejó de oler tanto. Ya no se deteriora.

Ahora es solo mío. Nadie me separará jamás de él.