Capítulo 58
Laura
S olo tengo dos opciones, vivir o morir, la segunda no me gusta, así que tengo que intentar ir a por la primera, aunque mis posibilidades sean escasas.
Una mujer más mayor que yo, pero con una complexión más fuerte, sumándole a ello que tiene un cuchillo… Además, estoy arrinconada entre la dichosa cuna y la ventana. Quizá pueda aprovechar eso en mi favor.
—Ahora sabes toda nuestra historia y no te valdrá de nada decir que guardarás silencio. Para tu información, Marina no sabe nada, era tan pequeña que se olvidó. Así que, para ella, tengo que seguir siendo cocinera y tabernera del pueblo.
—Me voy a ir ahora mismo de esta casa y jamás sabrás de mí. Lo juro.
—¿Qué te acabo de decir? Que te ahorres juramentos que no te crees ni tú.
»Además, te voy a decir lo que vas a hacer. Sin ninguna tontería, vas a caminar hacia la puerta, luego me acompañarás a donde yo te diga.
—¿Y después qué? ¿Me vas a matar?
—Mmm… Sí, así es. Te voy a matar. Pero de ti depende que sea una muerte rápida e indolora, o una muy dolorosa.
—¿No puedes, simplemente, dejarme ir?
—Deja de repetirte. Ya te he dicho que no, joder.
—Vale, vale… Ya me callo.
—Muy bien. Ahora levanta las manos y comienza a andar.
Hago lo propio y doy dos pasos hacia delante. Petra me agarra de la cintura mientras, con la otra mano, me amenaza con el cuchillo.
Salimos de la habitación del bebé nonato de Candela y caminamos por el pasillo. Mi cabeza va a muchas revoluciones ahora mismo y no soy capaz de pensar con claridad. El miedo me paraliza.
—Ahora bajaremos por las escaleras. Espero que no se te ocurra hacer ninguna locura, o te juro que te dejo seca ahí en medio.
«¿Qué más te da, hermanita? Si te va a matar igual, sé valiente», susurra la voz de mi hermana.
Desciendo el primer peldaño, luego el segundo. No sé cómo hacerlo sin que el puñetero cuchillo acabe clavado en mi vientre.
Me parece muy difícil esto ahora mismo. Es tan fácil en las películas y en las novelas de suspense. Pero no es real, llevar un arma blanca apoyada en la cintura no es plato de buen gusto y creo que puede nublar la mente de cualquiera.
Sigo pensando en cómo quitarme a Petra de encima cuando, como buena patosa, mi pie resbala y me voy al suelo.
Petra, que se ha asustado, me mira dubitativa.
No sabe lo que voy a hacer. Yo sí lo sé.
Me lanzo como una leona sobre mi presa, la cocinera, y le muerdo la pantorrilla con todas mis fuerzas.
Da un alarido, y yo intento levantarme. Ella clava el cuchillo cerca de mi cuello, en el músculo trapecio.
Siento un dolor lacerante, pero la adrenalina no me deja pensar en eso ahora.
Así que saco fuerzas de donde no las tengo y empujo a Petra por las escaleras.
Yo me voy con ella en la caída, dándome varios golpes, aunque no los suficientes como para quedar fuera de combate, no así Petra, que parece que se ha dado en la cabeza, está tendida en el suelo y no se mueve, espero no haberla matado.
Sin pensármelo mucho, corro hacia la salida. Trato de abrir la puerta, pero está cerrada con llave. Hija de puta. Vuelvo hacia donde se encuentra Petra, inconsciente. Ya no está.
De súbito, siento una punzada en el cuello y unas palabras en mi oído: «La que no miran, esa eres tú. Puede que ahora que vas a morir lo hagan». Y veo el cuchillo de Petra deslizarse por mi garganta de lado a lado.