El silencio de la escritora Capítulo 57
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Capítulo 57

Candela

S algo del edificio donde se encuentra el despacho de mi abogado; Gonzalo está sentado en su deportivo. Habla por teléfono de manera acalorada.

Hakim no está en mi coche, estupendo. Encima no llevo las llaves y ha comenzado a llover.

Busco a mi alrededor alguna cafetería donde refugiarme y poder llamar a mi chófer/mayordomo.

Localizo un bar de mala muerte, es el único que hay abierto en este lugar. En serio, «Bar Manolo», ¿se puede ser menos original?

Entro en el local y miro a todas partes. Solo hay hombres sentados frente a una cerveza. Menudo panorama, ¿es que acaso nadie trabaja en este sitio?

El camarero se me queda mirando un poco extrañado, pero se limita a preguntarme qué deseo.

—Un chai latte , por favor.

—¿Un qué?

—Un té chai con leche.

—Me he quedao igual, guapa. Lo único que tengo es manzanilla, si te vale…

—Pues sí, una manzanilla.

Me arrepiento de inmediato. Creo que no son muy limpios en este antro a juzgar por las vitrinas donde parece que nadie haya limpiado jamás el vidrio y no se ven ni las tapas expuestas en ellas.

El camarero me pone delante una taza sin platito. Bueno, el platito lo ha utilizado para tapar la taza.

Observo con detenimiento la taza y he de reconocer que está muy limpia, cosa extraña tal y como está este lugar, que huele a fregona macerada en agua durante al menos un par de días.

Espero a que se enfríe lo suficiente y me la bebo a sorbitos hiperactivos. Todo sea por largarme de aquí, cuanto antes mejor.

Saco el móvil y llamo a Hakim. Comunica.

—¡Será posible! —exclamo.

Le envío un wasap inquisidor a mi criado. Se queda con las dos uves en gris, ahora solo falta que lo lea, estoy segura de que vendrá aquí cagando leches.

Pasan los minutos y no cambian a azul. Llamo de nuevo; sigo bloqueada.

Lo mataré. Se supone que le pago un salario digno, así que tiene que estar disponible. Punto.

Con resignación, llamo a un taxi para volver a casa. No me gustan, pero no me queda otro remedio que hacerlo.

Espero impaciente a que llegue. Sin embargo, en lugar del puñetero taxi, lo que se para a mi altura es un coche gris metalizado. Frunzo el ceño, extrañada.

De él salen dos hombres, uno de ellos lleva el uniforme de los Mossos d’Esquadra. Oh, oh…

Me giro como si la cosa no fuera conmigo y comienzo a caminar a paso vivo hacia el bar. No he dado ni diez pasos, cuando uno de los policías pronuncia mi nombre y lo siguiente que hace es decirme que tengo que acompañarlo a comisaría.