Capítulo 56
Laura
E stoy horrorizada. Jamás me hubiera imaginado esto. Es demasiado surrealista, demasiado terrible. Estoy llorando a moco tendido.
La había escuchado en infinidad de ocasiones hablar de su pequeño. Primero pensé que sería su hijo, aunque era extraño que nunca hiciera notar su presencia en la casa. Los niños son ruidosos y revoltosos, ¿no?
Cuando les hablaba a los demás del hijo de Candela me trataban de loca, de cruel… Así que al final di por hecho que su hijo era el perro. Hay mucha gente que considera a sus mascotas sus hijos y hablan como si lo fueran. Así que pensé que Candela era una de ellas.
Pero esto…, esto no puedo digerirlo, es demasiado para mí.
Me siento mal de pronto y no puedo evitar vomitar, pues no es para menos.
Quiero salir de esta habitación. Maldigo el haber entrado ni tan siquiera. No puedo seguir en esta casa ni un minuto más…
Aunque no puedo, no me dejan. Hay alguien en el umbral, alguien que me observa con una expresión que no sé descifrar.
—Por favor, no se lo digas a nadie… —dice de pronto la voz de Petra.
Sus facciones se hacen evidentes cuando se aproxima hacia mí.
—Por el amor de Dios, ¿qué es esto?
—Es una larga y triste historia. Se necesita mucho amor y comprensión para entenderla.
—Es un… Madre mía. —No puedo dejar de temblar.
—Es un bebé que nunca llegó a nacer. Murió en el vientre de su madre, nada más.
—Pero ¿qué hace ahí? ¿No crees que debería estar enterrado?
—Candela fue incapaz de soportar que su hijo se hubiera muerto en su vientre. Tuvieron que sacárselo y fue muy traumático para ella.
No tengo palabras, no sé qué responder a esto. Es un feto, un feto como disecado, no sé exactamente qué le habrán hecho. Para colmo, lleva ropita de bebé y hasta un chupete colgado en una cadena de esas de plástico.
—Desde entonces ella lo cuida, habla de él como si estuviera vivo. Todos le seguimos la corriente. Las personas que la queremos no podemos hacer otra cosa.
»Sin embargo, ese marido que tiene nunca pudo comprenderla. Y la dejó sola, mientras se dedicaba a ponerle los cuernos con todo bicho viviente.
»Incluso contigo lo hizo…
—Yo… pensé que estaban separados. No quería…, no sabía. Lo siento.
—Eso dicen todas. ¿O acaso crees que eres la única? —pregunta Petra mostrándome algo que llevaba oculto detrás, en la espalda. Un puñetero cuchillo.
Joder…
—Petra, yo me iré ahora mismo. No volverás a verme y no voy a decir nada de lo que acabo de ver en esta habitación a nadie.
—Demasiado tarde, cariño. Yo traté de avisarte, traté de hacerte entender que no podías seguir aquí.
—Por eso escribiste las notas ofensivas y ese email …
—Necesitaba que te fueras, que dejaras en paz a Candela. Sabía que no tenías buenas intenciones y que acabarías, como todas, traicionándola.
—Candela mató a mi hermana —gruño.
—Tu hermana se quitó la vida ella solita. Y tú eso lo sabes.
—Ella le dio el arma con que lo hizo, un puñetero trozo de cristal.
—Una hermana duele, ¿cierto? —inquiere de pronto Petra, que me está apuntando en la tripa con el cuchillo.
Es la segunda vez que esta mujer lo hace. ¿Qué más necesito para salir por patas de aquí?
—¿No respondes? Una hermana duele. Pero si duele una hermana, más lo hace una hija.
Elevo las cejas sorprendida. No puede ser, Petra es demasiado joven para ser la madre de Candela.
—Mi madre pasó años en la cárcel por proteger a su hija. Me hizo prometer que no me separaría de su lado. No pudo ser, yo era menor al igual que lo era ella. Y cuando fui mayor de edad, entendí que Marina estaba mejor con una familia de bien que conmigo, una simple sirvienta.
—¿Eres su hermana?
—Te lo acabo de decir.
—¿Tu madre fue a la cárcel?
—Me exasperas… Ya te lo he dicho, así que deja de preguntar gilipolleces.
»Mi madre es el mayor ejemplo de hasta dónde llega el amor de una madre. Marina era muy pequeña cuando lo hizo, tenía toda la vida por delante y ese desgraciado se lo merecía.
—¿De qué estás hablando?
—¿Me estás tirando de la lengua? No suelo hablar de esto, pero ahora que vas a morir, ¿por qué no darte la paz que necesitas? Siempre has sido curiosa y creo que ya sabes lo que dicen.
Petra aprieta más el cuchillo contra mi abdomen. Tengo muchísimo miedo y no quiero morir. Necesito ganar tiempo para pensar, y si ella quiere hablar, dejaré que lo haga. Si se relaja al ver que no me resisto, puede que todavía tenga una oportunidad de huir. Aunque lo veo muy difícil.
—No, no lo estoy haciendo, pero quiero entender por qué quieres hacerme daño. Yo no te he hecho nada.
—Se lo has hecho a mi hermana. Y yo por ella mato, ¿me entiendes?
Petra mueve el cuchillo y noto como traspasa la tela de la sudadera y araña mi piel. Parece que está muy afilado. ¿En serio dije alguna vez que la cercanía de un cuchillo me excitaba? Es un castigo divino, seguro.
—Si me dejas ir, no contaré nada, lo juro.
—Mira, ya estás como esa chiquita que estuvo aquí antes que tú. La que su madre busca ahora. Maldita perra, si nunca se había encargado de su hija, ella misma me lo dijo en la cocina. Me dijo: «Petra, cuánto me habría gustado que tú fueras mi madre».
Me estremezco. Petra tiene unos ojos de loca que dan pavor. Parece otra persona.
—¿Sabes qué? —prosigue—: Yo he tenido la mejor madre, la más sacrificada.
Bueno, Marina y yo en realidad. Éramos felices, aunque vivíamos en un hogar humilde.
Mi padre murió cuando Marina tenía tres años, y mi madre trabajaba muchísimas horas para poder poner un plato de comida sobre la mesa para nosotras.
»Salíamos adelante como podíamos. Hasta que mi madre conoció a ese energúmeno y lo trajo a casa.
»Ese desgraciado abusó de mí —suelta Petra entre sollozos—, pegaba a mi madre y no trabajaba.
Se quedaba en casa para cuidarnos, pero no lo hacía.
Yo tenía doce años y él me violaba cada vez que tenía ocasión.
Yo aguantaba pensando siempre en que, si se distraía conmigo, dejaría a mi hermana en paz. Me equivoqué.
»Un día lo pillé abusando de Marina y perdí la razón. Lo golpeé en la cabeza, pero era un mal bicho y ya sabes lo que dicen de los malos bichos. Se levantó, mi hermana estaba aterrada, llorando. Él le había hecho daño, lo había conseguido. Ese hijo de puta la había violado.
»Él se abalanzó sobre mí y forcejeamos. Me dijo que lo podríamos pasar en grande los tres. Me dieron ganas de vomitar.
»Lo tenía encima y de nuevo iba a abusar de mí. Arañé su rostro con todas mis fuerzas. Lo insulté. Sus manos apresaron mi cuello e intentó estrangularme. Jamás olvidaré su rostro, era el rostro del mal. Disfrutaba haciéndoles daño a dos niñas inocentes.
»De pronto, mi padrastro dejó de presionar y se apartó de mí con los ojos desorbitados.
»Intentó quitarse de encima el bulto que llevaba a sus espaldas.
»Cuando conseguí restablecerme y sentí que tenía fuerzas agucé la vista. Marina le había clavado un cuchillo de la cocina en la espalda a ese monstruo y no soltaba la empuñadura.
»Él se movía de un lado al otro, y mi hermana se mecía, pero no lo soltaba… No sé de dónde sacó las fuerzas la pobre criatura.
»Me levanté y fui a ayudarla a acabar con él. Las dos lo hicimos; mi madre pagó por ello.
»Nunca pudo quitarse la culpa por habernos dejado al cuidado de un ser tan vil.
»A mí me llevaron a un orfanato hasta que cumplí la mayoría de edad.
A Marina la acabó adoptando una familia con posibles.
No sé ni cómo lo hicieron; mi madre dice que ella no firmó nada.
Se la llevaron lejos y no supimos de su paradero hasta muchos años después, cuando se convirtió en Candela Rojo.
Fue entonces cuando vine aquí y me acerqué a ella.
»Ni siquiera me recordaba. Yo a ella sí y eso era lo que contaba. Preferí que mi madre se mantuviera al margen. No es fácil proteger a Candela Rojo.
»Además, a mí se me rompía el corazón cuando veía penar a mi pobre hermana por no poder albergar vida en su vientre. No era la primera vez que ese desgraciado abusaba de ella, y le hizo daño, tanto que siempre he creído que por ello mi hermanita no puede concebir.
Me quedo petrificada mientras escucho la desgarradora historia de Petra, Marina y Feli. Siento empatía por ellas, pero también miedo, porque mi captora se ha callado y ahora lame las lágrimas que se le cuelan en la comisura de sus labios. Ya ha terminado con su historia; sé que ahora voy a morir.