El silencio de la escritora Capítulo 55
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Capítulo 55

Candela

¿Y ahora qué hago? No sé si esta vez mis lectores se tragarán el cuento de que es una maniobra de marketing . Lo único que puedo hacer es intentar demostrar que esa mujer está como una regadera. No hay más que verla, con esa forma de hablar taladrante y sus ojos de desquiciada.

Sí, eso es lo único que puede salvarme. También ponerle una querella por qué sé yo: injurias, calumnias... Las leyes no son lo mío.

Eso, si se dice en los medios, da credibilidad. Significa que la persona quiere defenderse de una ofensa. Y he de mostrarme verdaderamente ofendida. He pensado, incluso, dar una rueda de prensa.

—Hola, Candela, enseguida estoy contigo —dice mi abogado.

Asiento con la cabeza. Llevo ya un cuarto de hora esperando, y Javier sabe que no me gusta perder el tiempo.

De pronto, una puerta se abre y veo a Gonzalo salir. Es el despacho de la compañera de Javier: Mónica.

Gonzalo habla con ella y se ríe. Parece que tienen mucha complicidad. ¡Será posible!

Me levanto y acorto distancias.

Mónica abre mucho los ojos y me saluda con la cara llena de vergüenza, yo que pensé que no tenía…

Gonzalo se gira y su expresión se contrae.

—He venido para ver si se podía buscar una solución a lo tuyo —balbuce Gonzalo y, de inmediato, sé que miente.

—Ya te he dicho que vendría a hablar con Javier.

—Es que me he confundido y he venido antes, Javier no estaba y Mónica se ha ofrecido a aclarar mis dudas.

—¿Y qué dudas eran esas? —pregunto observándolos a ambos.

No puedo evitar imaginármelos follando sobre la mesa del despacho. Trato de apartar la imagen de mi mente, pero es imposible.

—Pues… —comienza a decir Gonzalo. Mónica posa una mano en su antebrazo y lo corta.

—Señora Rojo, su marido solo quería protegerla. Quería saber cómo hacerlo.

—Ajá —suelto. Si se piensa esta lagarta que voy a creerla, va lista.

Javier sale de su despacho y me hace un gesto para que pase.

Mi marido está a punto de seguirme, pero con la mirada le dejo claro que quiero entrar sola en el despacho de mi abogado.

Lo dejo ahí con un palmo de narices. Una hora después, cuando salgo, ya se ha ido.

Quizá sea mejor así. No tengo ganas de volver a mi casa con Gonzalo apestando a sexo y a perfume barato.

Mi abogado me ha dicho que, si nadie le da credibilidad a la chiflada, no habrá problema, al fin y al cabo, es su palabra contra la mía.

Y si en su día no le hicieron caso, no cree que ahora se lo hagan.

A menos que alguien mueva el avispero, así me lo ha dicho.

Así que tengo que hablar con Gonzalo urgentemente.

Antes de que haga una estupidez. Esa visita a Mónica no me da buena espina.

Y tengo un mal pálpito, quizá tenga que tomar medidas… drásticas.