El silencio de la escritora Capítulo 54
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Capítulo 54

Laura

E n mi bolso, busco la llave de la puerta de servicio, que me dio Candela antes de empezar a trabajar por segunda vez para ella, y abro. La casa está en silencio. Parece que no hay nadie.

—¡Hola!, ¡Candela!, ¿Candela?

No recibo respuesta. Solo los crujidos de la casa se oyen de fondo.

Me muerdo el labio inferior.

—¡Marina, ¿dónde estás, desgraciada?!

Nada.

Empiezo a recorrer las diferentes estancias, me cuesta creer que ella no se haya escondido en su casa después del escándalo, como la rata que es.

Quizá esté en el despacho de su editor o de su abogado, mirando cómo neutralizar la amenaza. Aunque con la legión de lectores desquiciados que la siguen, quién sabe si le haga falta o no buscar soluciones.

—¡¡Marina!! —grito de nuevo mientras subo a la primera planta y me dirijo a su despacho.

Pruebo abrir y está cerrado con llave. Me dirijo entonces a su habitación y abro la puerta. Todo está recogido, la cama hecha, y huele a flores frescas, que están sobre una pequeña mesa redonda que hay en un rincón de la estancia.

De Marina no hay ni rastro.

Salgo de la habitación y pienso en abandonar la búsqueda, no creo que se escondiera de mí. A menos que ahora mismo esté tan desesperada como para ocultarse del mundo.

Me quedo parada, mirando a la puerta que siempre permanece cerrada y que está al final del pasillo, justo en frente. Es la que Candela dice que es de su pequeño. Vamos, la habitación del perro. Que digo yo, que para qué necesitará un perro tan pequeñito una habitación entera.

Camino hacia la puerta despacio, es como si algo me dijera: «No vayas, quédate donde estás». Sin embargo, es todo pura sugestión, es la típica puerta misteriosa de muchas pelis de terror.

Cuando estoy frente a ella, pongo la mano en la maneta y la acciono.

La puerta no se abre. Me encojo de hombros y noto un olorcillo rancio que inunda mis fosas nasales, parece que viene de la habitación. Me agacho y huelo por la rendija que queda entre la puerta y el suelo.

Confirmado, viene de ahí y es un olor muy muy desagradable.

Trato de levantarme con el estómago revuelto y, sin querer, me golpeo la cabeza con la maneta. En cuanto me llevo la mano a la nuca dolorida, otro artefacto me golpea.

—¡Hostia! —gruño.

En el suelo hay un objeto, el que acaba de darme el segundo golpe. Es una llave pequeña, pero matona. Una sonrisa se dibuja en mi rostro antes de meterla en la cerradura. Bingo, es la llave de la habitación secreta de Candela.

Al abrir la puerta, la oscuridad me ciega. El olor se transforma en hedor. Es muy penetrante. A viejo, no sé ni cómo describirlo.

Trato de buscar un interruptor sin suerte. Pero mis ojos se van acostumbrando a la oscuridad poco a poco. Consigo ver lo suficiente como para localizar la ventana. Me dirijo hacia ella y la abro, luego levanto la persiana y hago un nudito en la cuerda, pues es una persiana de las antiguas.

Me doy la vuelta y compruebo que no estoy en la habitación de un perro.

Si esperaba una camita de peluche, varios mordedores, empapadores, comedores con pienso y agua, me equivocaba de cabo a rabo.

En su lugar, hay una cuna, papel pintado con estrellitas, una mecedora, un chifonier y un armario, todo blanco: a conjunto.

Ahora mismo no entiendo nada.

Doy un brinco cuando un tiovivo comienza a girar, con una música de feria algo distorsionada. Me llevo la mano al pecho.

—¿Hay alguien aquí? —pregunto con el corazón a punto del infarto. No exagero.

Compruebo que estoy sola, no hay nadie más en la habitación y comienzo a pensar en fantasmas de inmediato.

¿No dicen que son fruto de la imaginación de gente de dudosa cordura?

Sí, los que dicen esas cosas son los mismos que luego se quedan hasta las tantas viendo películas de espíritus o programas de temática paranormal.

Yo doy fe de que aquí hay algo o alguien que ha puesto en marcha este cacharro.

«Quizá hayas sido tú con el culazo que se te está poniendo», dice la voz de mi hermana.

No pienso responderle.

Trato de tranquilizarme. Creo que ya me he acostumbrado al olor, el susto lo ha camuflado. Me quedo embobada con la cuna, hay algo dentro. ¿Será el hijo de Candela? Parece un bebé. ¿Cómo lo ha podido dejar solo? En la casa no había nadie hasta que he llegado. Pobre pequeño.

Me acerco con un nudo de compasión en el pecho y veo un poquito de pelo oscuro asomando por el edredón. Madre mía, parece un bebé muy pequeño.

Despacito, llevo mi mano hacia la doblez del edredón y destapo la cabecita del bebé.

—¡¡¡Dios mío!!!