El silencio de la escritora Capítulo 53
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Capítulo 53

Laura

A rdo en ira. Ni siquiera me he despedido de Elena. Ella me ha dicho que vaya con Dios, pero ahora mismo mi única compañía es su némesis.

Siempre pensé que Marina estaba detrás de la muerte de mi hermana, y sabía que aquel manuscrito tenía algo que ver.

Mi interés por la lectura nació por cotillear las libretas de Vero.

Se me antojaba irresistible leer lo que ella escribía ahí.

Lo hice poco después de que las aparcara en un lado del escritorio.

Pensé que eran confesiones de chicos que le gustaban o vete tú a saber.

Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando me encontré con una historia que te dejaba enganchada desde la primera página.

Aprovechaba cuando ella se ausentaba para leer aquellas libretas, hasta que «desaparecieron».

Pasados unos años, me convertí en una lectora voraz y me aficioné a leer novelas de suspense, thriller , etc.

Fue una amiga la que me recomendó que leyera a Candela Rojo, y así lo hice, primero con sus novelas más nuevas y, poco a poco, acabé por leerlas todas.

Me quedé helada con la obra que se suponía que la había lanzado al estrellato a la velocidad de la luz.

Una novela que se titulaba Mi sueño en los cuadernos de Vero y que ahora lucía un nombre comercial, pero era el mismo texto. El de mi hermana.

¿Cómo podía ser? ¿Cómo una escritora de renombre como Candela Rojo escribió algo idéntico a lo que había leído de mi hermana?

Busqué a la autora en internet: sus fotos. Me costó reconocerla, pues en todas ellas lucía operada, cada vez más.

Fue tras buscar «Candela Rojo de joven», cuando encontré el vídeo de una entrevista en el canal autonómico y vi de quién se trataba. Ni más ni menos que de Marina, la amiga popular de mi hermana Vero.

La fecha de aquel vídeo hizo trizas mi corazón.

Tan solo dos días antes de la muerte de mi hermana.

Eso me hizo deducir que había sido la traición de su amiga la que había empujado a Vero al suicidio.

Lo que nunca imaginé fue que Candela Rojo hubiera aparecido en escena para deshacerse de su último cabo suelto. Vero.

Pido un taxi y espero pacientemente su llegada. Solo hay un sitio al que quiera ir en este momento y lo necesito más que nunca.

Cuando para delante de mí, entro en el asiento trasero. La conductora es una mujer bastante simpática. El vehículo huele a vainilla y, lejos de resultarme agradable, me da ganas de vomitar.

—¿Puede quitar el ambientador, por favor? Estoy embarazada y no puedo con casi ningún olor un poquito intenso, aunque sea agradable.

—Ah, claro, mujer, no te preocupes… ¿De cuánto estás?

Me quedo en blanco. No tengo ni puñetera idea de cuánto estoy. Creo que se contaba por semanas. Todavía no he ido al médico, así que estoy muy perdida.

—Me acabo de enterar hace muy poco, no me vino la regla y… —miento, pero no quiero quedar como una pardilla irresponsable.

—Uy, pues tranquila. Voy a abrir la ventanilla para que te dé el aire y se vaya la peste a vainilla. ¿A dónde te llevo?

Le doy la dirección y, para mi alivio, no comenta nada del supuesto escándalo de Candela Rojo.

Sí, me dirijo a su casa, necesito confrontarla. Tendría que ir a la policía, aunque creo que no me harán caso, así que he de terminar yo misma de una vez con este asunto.

Candela es una asesina y mató a mi hermana. La indujo al suicidio, la hizo caer en un agujero, se lo quitó todo.

«Nadie empuja a otro a quitarse la vida. La última decisión es del que mira la muerte a la cara», dice la voz de Vero en mi mente.

Pero no creo que sea así. Estaba muy dolida; le habían arrebatado algo verdaderamente importante para ella y encima lo hizo alguien en quien confiaba.

Además, estaba pagando por un crimen que no había cometido.

No lo había hecho. Vero siempre lo dijo, aunque no pudo llegar al juicio.

A Marina no le interesaba que así fuera.