El silencio de la escritora Capítulo 52
72%

Capítulo 52

Laura

E lena me cuenta que no consiguió que mi hermana le revelara el motivo de su disgusto. Que solo repetía una y otra vez que su mejor amiga le había roto el corazón. Lo que no sabía, en ese momento, a qué se refería.

Días después —me explica—, Vero recibió una visita de alguien que nunca había venido a verla. Era la misma chica que estaba en pantalla cuando Vero se descompuso.

Aunque era de su misma edad, vestía como una mujer más mayor y Vero la llamó Marina, además de desgraciada y otras bondades.

Elena se quedó escuchando, por si tenía que intervenir, pues vio a Vero muy nerviosa. Escuchó que Vero acusaba a Marina de haberle robado el manuscrito. Y que por ello le había roto el corazón, ya que pensaba que ella era una buena amiga.

También le dijo que ahora entendía a Daniel y su intento por decirle lo que había hecho su hermanastra. La llamó ladrona; ya sabía por qué.

Vero también le echó en cara que sabía por qué había matado a su hermanastro, para que este no dijera nada y así poder hacerse famosa a su costa.

Marina, por supuesto, lo negó todo de forma que hasta llegó a convencer a Elena, pues incluso se puso a llorar, mientras le decía a Vero que la compadecía, que no sabía cómo había llegado a ese nivel de deterioro mental.

Elena pensó que quizá Vero, como otros internos, estaba inmersa en un mar de delirios.

Así que no le dio la suficiente importancia.

Aunque, con el paso de los años, nunca dejó de preguntarse si quizá la pobre Vero tendría razón y la otra no era más que una lagarta.

Termina su relato diciéndome lo culpable que se ha sentido y se siente todavía por haberse tragado el teatrillo de Marina.

Hace una pausa y, aunque yo creía que no iba a contarme nada más, su mente se oscurece y sigue hablando:

—El día de la visita de esa chiquita, fue el último que vi a Vero con vida. Y, fíjate tú que yo tengo la mosca detrá la oreja…

Resulta que, en un momento de su discusión, ambas bajaron la voz y Elena no podía escucharlas bien, pero pudo cazar varias palabras sueltas al vuelo. Palabras que no tenían demasiado sentido si no las enlazabas al principio, y si lo hacías podías resultar del todo paranoica.

«Solo… acabará… dolor. Cógelo… salida».

Marina se despidió de Vero, y esta le hizo una última pregunta que la escritora fraude no contestó:

—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué robaste mi manuscrito?

—Ya, ya… Yo no he hecho nada de eso. Pero, si así hubiera sido, te diría que no lo protegiste lo suficiente. Digo yo que, si algo es importante para ti, lo dejas lejos de miradas y manos ajenas, ¿no crees?

A la mañana siguiente, sonó el teléfono en casa de mis padres. Yo fui a atenderlo. Sin identificarse, me pidieron hablar con un adulto. Le dije a mi madre, que en aquel momento regaba las plantas de la terraza, que tenía una llamada.

Ella se acercó, cogió el auricular del antiguo teléfono noventero rojo y negro; escuchó unos segundos, en los que su mirada se perdió, y a continuación dio un alarido desgarrador.

Mi hermana se había quitado la vida cortándose las venas con un trozo de cristal.

Cristal que no pertenecía al sanatorio, cristal que, probablemente, había salido de una botella de Coca Cola. Nunca supieron aclarárselo a mis padres.

Mi mente de autora ata cabos y lo hace con las palabras sueltas de la ya Candela Rojo:

«Solo será un momento y acabará tu dolor. Cógelo, es tu única salida». Y le entrega el trozo de cristal que lleva en el bolso.