El silencio de la escritora Capítulo 51
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Capítulo 51

V ero guardó los cambios en el archivo de la novela que había escrito mientras se encontraba en el sanatorio La Savinosa. Había tardado menos que nunca escribiendo con el PC. Siempre le había gustado escribir a mano, pero reconocía que tecleando podía ser más fiel a la velocidad de su pensamiento.

No tenía título todavía para aquella novela, en la que contaba lo que había ocurrido con su vida, el motivo por el que había acabado encerrada por un delito que ella no había cometido y por el que le habían diagnosticado una depresión, consecuencia directa de su caída en desgracia.

Estaba feliz, posiblemente, aquella obra acabaría siendo la mejor de las dos que había escrito.

En cuanto pudiera, le pediría a su madre que buscara bien y trajera los cuadernos donde tenía su anterior novela para pasarla a limpio y editarla. De ese modo, se sentiría ocupada y distraería la mente del juicio que se celebraría en pocos días.

Estaba segura de que se llevaría las manos a la cabeza cuando volviera a releer su ópera prima.

No la había leído después de escribirla, simplemente la había dejado reposar para tomar distancia con el texto y así luego poder reescribir las partes que lo necesitaran, detectar incoherencias, repeticiones, etc.

Pero la encerraron y no pudo hacerlo. Así que ahora que había retomado su pasión dentro del sanatorio y, como no había otro remedio, aprovecharía el tiempo hasta que fuera liberada. Si es que algún día lo era.

Su humor se ennegreció de pronto. La escritura la mantenía tranquila, feliz incluso. Sin embargo, cuando abandonaba el mundo de sus letras, todo se tornaba negro.

Se dirigió a la sala donde los internos veían la televisión y allí encontró a su amigo Saul, un chico de su edad, internado en su día por algo que no le había confesado.

Era agradable y divertido. Fumaba porros a escondidas, eso sí. Al parecer, su hermano le traía el chocolate en sus visitas. Hasta ella se había aficionado a probar alguno de sus tesoros, para luego morirse de la risa con las locuras de su compañero.

Lo saludó, intercambiaron varias preguntas sin transcendencia y se pusieron a ver la televisión. Saul tenía el mando e iba cambiando de canal con rapidez, hasta que Vero vio un rostro conocido, el de su amiga Marina, en pantalla.

—Espera, vuelve atrás, por favor —dijo ella con desesperación.

Saul no protestó e hizo lo propio.

—Aquí, aquí, espera.

El chico dejó el canal que Vero quería, que no era otro que la televisión autonómica.

—¿Para qué quieres ver este tostón? —indagó Saul.

Vero, petrificada, le hizo un gesto a Saul para que se callara.

La escritora revelación de este año presenta Mar de plata .

Ella es Candela Rojo y tan solo tiene dieciocho años.

Hace unos días que salió su novela a la venta y ya se ha convertido en número uno en todas las librerías.

Es una maravilla teniendo en cuenta que fue una pequeña editorial quien le dio la oportunidad a esta talentosa y dulce joven.

—Hola, Candela, ¿me puedes decir cómo una chica tan joven tiene un talento tan enorme para la escritura?

En la pantalla, Marina, con el pelo liso, los labios rojos y una sonrisa resplandeciente, hablaba del nuevo libro que había escrito y publicado.

Vero apretó los puños. Aquella desgraciada estaba cumpliendo «su» sueño, mientras ella pagaba por un delito que no había cometido.

Se habían intercambiado los papeles. Ella era quien tendría que haber contestado las preguntas de esa periodista y no Marina.

—No lo sé ni tan siquiera. Es algo que me sale solo. Un don, quizá.

—Ya lo puedes decir. Tu libro es una verdadera maravilla para los amantes de la lectura.

—Gracias.

—Oye, háblales un poco de tu libro a los espectadores. Quizá puedas leerles el primer capítulo. ¿Te parece bien?

—Sí, claro.

—Pues adelante. Y a vosotros, querido público, os dejo con… ¡Candela Rojo!

Marina empezó a leer el primer capítulo del libro. En la primera línea, Vero comenzó a hiperventilar. A medida que su antigua amiga leía, ella sentía crecer unas enormes ganas de llorar. No podía ser. Era imposible. ¿Cómo podía haber ocurrido?

—¿Qué te pasa? —dijo Saul con preocupación.

—Me encuentro mal, me encuentro mal —repitió Vero entre lágrimas.

—¿Por lo que sale en la tele?

Elena, la chica de la limpieza, acudió a donde estaba Vero.

—¿Qué te ocurre, chiquilla? Está ma blanca que un papé .

—Necesito salir de aquí. No puedo con esto.

—Pero ¿qué ha ocurrido? —preguntó Saul.

—Déjala, Saulito, no moleste —dijo Elena con determinación y luego añadió—: Y pide ayuda.

Elena hizo a Vero elevar las piernas por encima del corazón, y así se le pasó un poco el mareo mientras acudía alguien que le prestara asistencia médica.

—No puede ser, no puede ser —no dejaba de repetir Vero.

—Tranquilízate, niña.

—No puedo. Me han roto, me han roto…

—¿Qué dice ? ¿A qué te refiere ?

—Me han roto el corazón.