Capítulo 50
Laura
E stoy en la recepción del sanatorio donde Vero pasó sus últimos días y, supuestamente, se suicidó. Todo este asunto me ha traído de nuevo al verdadero motivo por el que acepté mi primera colaboración con Candela.
Se me ponen los pelos de punta al pensar que mi hermana pasó los últimos días en este lugar, entre estas paredes de un verde horrible y los fríos suelos de terrazo.
Un silencio incómodo, únicamente roto por los quejidos del armazón de una mopa que utiliza la mujer de la limpieza, se cierne en el desangelado lugar.
Vuelvo a mirar a la administrativa —de mediana edad y gafas prominentes— que escribe en el ordenador y me ha pedido que espere un momento para atenderme. Luego aparto la vista para dejarla en ninguna parte. Mi pensamiento vuelve a Candela.
Intenté dañarla, hacer que su forma de hacer las cosas se le volviera en contra, pero no conseguí nada… hasta ahora.
Que la madre de una antigua escritora fantasma de Candela se haya pronunciado es una buenísima señal.
Además, estoy segura de que saldrán más.
Aunque, al recordar que habían puesto en duda la cordura de la mujer, mucho me temo que sus propios lectores, tal y como ha dicho el taxista, la protegerán como ya hicieron con Mi venganza y le darán la vuelta al asunto hasta hacer parecer a la víctima como el verdugo.
—Buenos días —dice la recepcionista—, ¿en qué puedo ayudarla?
—Hola, quería ver si podía hablar con alguien que pueda darme información sobre una antigua paciente, mi hermana.
—Mmm… La directora está ahora mismo reunida. Y aunque le pidiera dicha información a ella, es muy poco probable que pudiera proporcionársela. Aun siendo usted un familiar directo, es confidencial.
—Solo necesito saber algunos datos, nada especialmente íntimo ni importante.
La recepcionista niega con la cabeza.
—Ya le digo que la directora está reunida y yo no puedo serle de ayuda.
—¿De verdad que no?
—No sé, dígame el nombre de su hermana.
—Verónica Peña Vázquez.
Un quejido seco y más fuerte de lo normal me hace mirar la proveniencia de este. Es la empleada de la limpieza, que me observa con una mirada que no sé identificar. ¿Terror quizás?, ¿hostilidad?
—Lo siento. Tendría que hablar usted con la directora y hoy será imposible. No puedo ayudarla, y menos con una paciente con sus características…
—¿A qué se refiere?
—Debe entenderme, no puedo proporcionarle información sobre Verónica. Creo que usted ya sabe de qué hablo.
—¿De qué?
—Mire, no digo que sea el caso. Pero cuando encuentro cierto tipo de fichas en el ordenador, significa que el paciente tiene una particularidad.
—¿Qué particularidad?
La recepcionista me mira con impaciencia.
—Normalmente, delitos.
Suspiro… Ya sé a qué se refiere. Así que, henchida de frustración, me doy media vuelta y me dispongo a marcharme.
Camino hacia la salida. La mujer de la mopa está justo delante de la puerta.
—A la una en el parque de aquí al lao —dice en voz muy baja, casi inaudible.
A punto estoy de decirle que me lo repita, pero ella niega con la cabeza.
Asiento y salgo del edificio preguntándome qué sabe la empleada.
Paso las horas que faltan para la una en la cafetería que hay en uno de los costados del parque. Me pido agua tras agua y pronto siento la necesidad imperiosa de vaciar la vejiga varias veces.
A la una en punto, salgo de la cafetería y me dirijo hacia el parque; me siento en un banco y aguardo la llegada de la limpiadora.
Aparece a la una y siete minutos, fumándose un cigarro.
Es una mujer bajita, pelirroja y algo escuálida. Supongo que de darle rienda suelta al consumo indiscriminado de tabaco.
—Eres la hermana de la Vero, ¿no?
—Así es —respondo a su entrada directa.
—¿Qué querías saber sobre ella?
—Si le digo la verdad, ni yo lo sé. Solo buscaba respuestas que me llevaran a deducir por qué mi hermana hizo lo que hizo.
La mujer sonríe. Pero es una sonrisa triste, como compasiva.
—Mira, yo no puedo decirte con seguridá por qué lo hizo. Aunque sí que puedo contarte lo que ocurrió los días antes de su muerte.
—¿Sí?, eso sería estupendo.
—Pues verás…