El silencio de la escritora Capítulo 49
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Capítulo 49

Laura

P or la mañana, salgo de la casa bien temprano. He pedido un taxi. Al despertarme, tan solo dos horas después de que Gonzalo se marchara de mi habitación, lo hice abruptamente, después de tener un sueño horrible en el que Candela abría mi vientre y sacaba a mi hijo no nacido de él.

¿Puede que sea un sueño premonitorio?

No tengo ni la menor idea, pero creo que necesito darme un respiro. Así que he decidido pasar el día en mi apartamento. Es mi día libre y no pienso pasarlo en ese destartalado cuchitril.

Todavía siento el dolor de las heridas que me profería Candela en la pesadilla, que quizá se haya construido en base al miedo que pasé cuando Petra me arrinconó y amenazó con un cuchillo.

Además, ¿por qué Gonzalo vino a preguntarme por mi embarazo?

Es todo de lo más extraño, y lo mejor es poner toda la distancia física posible de los habitantes de esta casa asfixiante, que en un principio me encantó por preciosa, pero ahora me parece el equivalente a la boca de una pantera, oscura y letal.

Espero veinte interminables minutos a que llegue y, cuando lo hace, hago una mueca de desagrado al reconocer al taxista rancio y carero de la primera vez que vine aquí.

Le doy mi dirección y me pongo uno de mis auriculares inalámbricos para escuchar un pódcast de esos de true crime a los que me he viciado en los últimos días. Son verdaderamente inspiradores. Y algunos casos dan mucha lástima, indignación, impotencia. La maldad tiene tantas caras…

—¿Es usted una de las escritoras fantasma de la Rojo? —pregunta de pronto el taxista, sorprendiéndome.

Me quito el pinganillo de la oreja y lo observo estupefacta.

—¿Por qué me lo pregunta? —digo con un cúmulo de palabras contenidas que es mejor no airear.

—¿No se ha enterado?

—¿De qué debería enterarme?

—Es cierto, acaban de decirlo en la radio. Justo cuando terminé de escuchar la noticia me avisaron para que la recogiera en esta casa, y dije: «Hostia, menuda coincidencia».

—Pero ¿qué han dicho?

—Bueno, no sé si tendrá mucha credibilidad. La mujer parecía algo desquiciada y decía, básicamente, que su hija había desaparecido tras trabajar para Candela Rojo como escritora fantasma y que sospechaba que, tras esa misteriosa desaparición, estaba la misma Candela.

—¿Cómo?

—Al parecer, siempre había pensado que había algo raro. La chica avisó a sus familiares de que se había ido a Argentina. Que había conocido a un chico y se había dejado llevar por el momento. Algo así es lo que ha dicho la mujer esa.

—Bueno, si se fue de viaje…

—Sí, claro, podría ser. Aunque Carla Montes, que así se llamaba la chica, era muy de enviar audios de esos largos.

Era escritora, sí, pero odiaba escribir con el móvil.

Estuvo meses contestándole por escrito a su madre: ni un solo audio.

Así que esta se puso insistente y le dijo que quería que grabase una nota de voz o hacer una videollamada con ella para verle la cara; su hija la bloqueó.

Un mal pálpito se apodera de mí y recuerdo la conversación entre Candela y Gonzalo, borracho como una cuba:

—Te puse unas condiciones y quiero que las cumplas todas. ¿Me has entendido?

—No pienso hacerlo, no otra vez.

—Shhh… Puede oírnos.

—No lo creo, se ha puesto mala en la taberna de la Feli. Ha sido todo un espectáculo. Dice Hakim que se ha pasado todo el día durmiendo en su cuarto.

—Baja la voz.

—No hay más cerveza. Esto es una puta mierda.

—¡Que no bebas más! Vamos arriba, tienes que darte una ducha. No te vas a meter conmigo así en la cama, apestas.

—No tengo sueño.

—¿Recuerdas nuestro acuerdo?

—Bufff, ya estoy cansado de eso. No va a ocurrir otra vez, ya te lo dijo el médico.

—Si ocurrió una vez, puede hacerlo otra.

—Pero ya viste cómo acabó.

—¿Cómo acabó, Gonzalo? ¿Acaso no estás contento con nuestro pequeño?

—¡¡¡Puta loca de mierda!!! ¡¡Deja de decir eso!!

El pánico y las preguntas se apoderan de mí. ¿Estaré acaso en peligro?

—¿Y se sabe algo más de Carla? —indago.

—Han subido algunas fotos a sus redes, pero son fotos en las que no se le ve la cara, de paisajes y cosas por el estilo.

Aunque ya hace tiempo que no hay actividad en estas.

Además, se ve que Carla les había dicho a varios de sus amigos que odiaba las redes y que un día, simplemente, las dejaría. Así que eso a la policía no le extrañó.

—¿Y la policía no ha interrogado a Candela?

—Al parecer, sí lo hicieron. Aunque no encontraron nada sospechoso y la dejaron en paz.

»De eso hace dos años. Su madre estuvo dando guerra un tiempo, pero salieron testigos que ponían en duda su cordura y que decían que Carla estaba un poco bastante harta de su madre, a la que definía como una loca.

—Ufff…, qué fuerte.

—Sí, lo es. Además, hay algo que hace que todo este asunto se vuelva turbio turbio…

—¿Qué es?

—Carla le había confesado a una amiga que había dado positivo en una prueba de embarazo unos meses atrás. Poco después de empezar una colaboración de varios meses con la Rojo. Desde ese momento no la había vuelto a ver y encontraba a Carla en sus mensajes cada vez más nerviosa.

—Joder…

—La publicación del último libro de Candela ha sido el detonante para que esa madre vuelva a la carga, y lo ha mencionado en la entrevista que le han hecho.

»Ha dicho que duda mucho de que Candela haya escrito ese libro, porque ella no tiene talento y es verdad que lleva años disfrazando la escritura de obras enteras —por parte de otros— como colaboraciones, tal y como se dice en ese libro.

»Además, también ha dicho que en la novela se nota muchísimo que lo que se dice es la verdad. Me he quedado helado y no sé si tendrá razón. Pero me da a mí que este asunto pasará sin pena ni gloria. Candela Rojo tiene mucho poder y lectores fieles que la defienden a capa y espada.

«¿Me lo dices o me lo cuentas?», pienso.

—Puede ser, a menos que…

—¿A menos que qué? —pregunta el hombre con interés.

—Nada, nada, cosas mías.

—Entonces, ¿usted es una de las escritoras fantasma?

—Oh, no. Yo solo soy la chica de la limpieza. Por cierto, necesito que me lleve a otra dirección distinta a la que le dije. No se preocupe, nos coge de camino.

El hombre hace un gesto de fastidio y vuelve a su expresión malhumorada del primer día.

—Muy bien, ¿adónde la llevo?

—Al sanatorio La Savinosa.