El silencio de la escritora Capítulo 48
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Capítulo 48

Candela

A guardo a la vuelta de mi marido, que está con esa desgraciada haciendo vete a saber qué. Lo he enviado yo misma para que sonsaque a su examante y le he advertido de que se comporte. No quiero a una loca obsesionada con él que me dé problemas.

Pasan las horas y no regresa. No puedo evitar imaginármelo en la cama con Laura. Más joven que yo, más guapa. Sí, aunque me cueste reconocerlo, ella tiene una belleza que no ha pasado por el bisturí.

En el pasado fui infinitamente más hermosa que Laura. Pero empecé a envejecer muy pronto. A los treinta ya tenía arrugas y el bótox fue mi aliado. Es como un vicio, cuanto más me inyectan, más necesito. Siempre hay alguna arruga o imperfección que arreglar.

Me miro al espejo de mi habitación. No me gusta lo que veo. Esa expresión cansada, ese rostro desconocido que parece mirarme siempre con la misma mueca. No puedo vencer al tiempo y eso me desgarra el alma.

Son las tres de la mañana, y Gonzalo entra en la habitación. Me observa con una expresión indescifrable y, seguidamente, da unos pasos hasta derrumbarse en nuestra cama.

—¿Y bien? —indago acortando distancias entre los dos.

—No está embarazada.

—¿Y cómo lo sabes?

—Ella me lo dijo.

—¿Y tú la crees?

—¿Qué otra cosa puedo hacer?

—Pues presionarla, prometerle cualquier cosa. Eres bueno haciendo caer en tus redes a todas las mosquitas muertas.

—Déjalo ya. Además, ¿qué interés tienes en el embarazo de Laura?

—¿De verdad no te has dado cuenta todavía? Puede que ese bebé sea también tuyo.

Gonzalo eleva las cejas, como si yo le hubiera acusado de asesinato o algo similar.

—Vamos, Gonzalo, no te hagas el nuevo, sé que te has visto con ella. Aquí era un secreto a voces que la venías a buscar incluso de madrugada.

—Éramos amigos…

—Sí, ya sé qué tipo de amistad tienes tú con el sexo opuesto —sentencio con aire triunfante.

—Bueno, creo que ya sabes lo que querías saber, ahora déjame dormir. —Gonzalo se tapa hasta la cabeza y se gira, para darme la espalda, como siempre.

Quiero quejarme, reprocharle su falta de sensibilidad. Además, parece que no se ha percatado de nada. ¿Para qué querría saber yo del embarazo de esa desgraciada? Yo no hago nada sin un interés previo. Y eso él lo sabe.

—Gonzalo, escúchame. Quiero a ese niño y nadie impedirá que lo tenga.

—¡¿De qué demonios estás hablando?! —pregunta él incorporándose como un vendaval.

—Creo que está muy claro, quiero a ese niño y tienes que ayudarme a conseguirlo.