El silencio de la escritora Capítulo 47
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Capítulo 47

Laura

U nos segundos interminables de tensión se instalan entre Gonzalo y yo.

¿Qué se supone que debo responder a su pregunta? Además, ¿cómo lo sabe? Todavía no se me nota nada de nada.

«Sí se te nota. Has engordado bastante y la vomitona del otro día da que pensar», dice Vero en mi mente. Ahora no es el momento.

—Dejé de fumar hace unos meses y he ido cogiendo peso gradualmente —miento como una bellaca, odio el tabaco.

—Ajá… Y la escudella te sentó mal, ¿cierto? —inquiere de brazos cruzados.

—¿Cómo lo sabes?, ¿también tú la comiste? —pregunto haciéndome la tonta.

—Déjate de chorradas y dime la verdad.

—No estoy embarazada, ¿contento? Además, en caso de que lo estuviera, no tendría por qué decírselo a nadie.

—Teniendo en cuenta que yo puedo ser el padre de la criatura… Sí, creo que debería tomar partido en el asunto.

—¿Quién te dice que has sido mi único amante en los últimos tiempos? —pregunto desafiante.

—No te creo. Es más, tengo la sensación de que no has estado con nadie desde que…, ya sabes.

—Pues te equivocas. Además, tengo pareja.

«Qué más quisieras», dice Vero.

Gonzalo abre mucho los ojos.

—Ah, ¿sí?, ¿y dónde lo tienes? Ni siquiera viene a verte.

—Está fuera por… negocios. Pronto volverá y podremos estar juntos —digo a sabiendas de lo dramático que suena.

—Quizá, mientras tanto, yo pueda hacer algo por ti —dice, tras levantarse, mientras se acerca a mí peligrosamente.

No, por Dios, que en los brazos de este tío soy mantequilla, y su navaja me pone mogollón en lugar de aterrorizarme. Estoy muy mal de la cabeza, soy consciente de ello.

A punto estoy de decirle: «Vade retro» , pero unos besos en el cuello me hacen gritar por dentro que quiero más. Las hormonas me la están jugando de mala manera. De súbito, siento sus dedos colarse en mi pantalón y jugar con mi húmedo sexo. No, no voy a poder resistirme, lo sé.

—¿Te hace esto tu pareja? —musita Gonzalo en mi oído.

No puedo responder, solo gimo. Maldita traidora estoy hecha. Deseo al puto Gonzalo y creo que voy a caer. Total, una vez más… No creo que pase nada por ello, ¿no?

Un rato después, estoy en la cama junto a Gonzalo.

Los dos nos encontramos exhaustos por el pedazo de polvo que hemos echado.

Todavía estoy muy arriba, pero poco a poco el arrepentimiento me acecha.

No puedo intimar más con el padre de mi hijo.

Ahora mi embarazo se intuye por mi aumento de peso, aunque eso lo puedo rebatir con cualquier excusa; sin embargo, la curva de mi vientre, que ahora mismo es apenas visible y que en nada comenzará a delatarme, puede ser mi peor enemiga.

—¿En qué piensas? —pregunta Gonzalo.

—En que esto no puede volver a ocurrir.

—¿Por qué?

—Estás casado, Gonzalo.

—Siempre lo estuve y no parecía importarte.

—Me dijiste que estabas separado de Candela, que ya no teníais nada. Resulta que no era más que una mentira, solo os habíais dado un tiempo y habéis vuelto. Así que sí, esto no puede volver a ocurrir.

—Pero yo quiero que ocurra continuamente. No puedo concentrarme si estás cerca. Te necesito.

—¿Para tus juegos perversos?

—Hoy no hemos hecho nada extraño, ¿no crees? Además, solo son eso, juegos consensuados entre ambas partes. Y me encantan.

—Reconoce que son cuando menos inquietantes.

—Lo mismo podría decirte a ti. Te encantaba que te acariciara con mi navaja.

—Qué raro ha sonado eso.

De súbito, recuerdo las palabras del Gonzalo borracho y el trato que le dispensaba a Candela. El hombre risueño que tengo a mi lado se transforma en algo que no sé definir cuando bebe. Eso es una red flag como una casa.

—A ver, Laura. Te lo estoy diciendo en serio. Me encantas. Eres la mujer que he esperado toda la vida. Eres como yo, y el no tenerte me estaba volviendo loco.

»Candela me pide cada noche que cumpla con mis funciones como marido. Quiere ser madre. Pero yo no puedo, últimamente ni si quiera se me levanta. Y no lo hace porque no eres tú.

—¿Y para qué volviste con ella entonces?

Gonzalo sale de debajo de las sábanas y se sienta en el borde de la cama. Se lleva las manos a las sienes.

—Si te lo cuento, no vas a comprenderme.

—Prueba…

—Candela me tiene cogido por los huevos.

Gonzalo no me cuenta por qué su esposa lo tiene sujeto por sus partes nobles. Yo también estoy en la misma tesitura, pero él sabe los motivos, aunque estoy segura de que no tiene ni idea de que todo lo que plasmé en aquel manuscrito es la verdad.

Habrá pensado lo mismo que los lectores, que la autora hizo ver que su manuscrito había sido intercambiado por el de otra persona como venganza. Y que esta aireaba trapos sucios sobre ella, entre otras cosas, que tenía una escritora fantasma.

Antes de venir a esta casa, estuve viendo una entrevista que le hicieron a Candela y tuve que apagar el televisor.

Decía que se le ocurrió la idea mientras fregaba los platos, que pensó que a sus lectores les explotaría la cabeza con una propuesta tan innovadora.

Recuerdo que me fui a vomitar tras escucharla.

Iba vestida de rojo, como casi siempre, es el color de su marca y lo mete por todas partes, hasta en su ropa.

Su melena, lacia aquel día, le daba un toque juvenil.

Su rostro, de quirófano, era lo único que desentonaba.

No sé por qué se hizo semejante desastre en la cara, pero ¿cuántas lo han hecho también?

Hay personas a las que les cuesta demasiado verse al espejo a medida que envejecen.

—En fin, tengo que irme. Aunque antes necesito que me digas que no vas a poner más distancia entre los dos.

—He de hacerlo. Es lo mejor.

—Y si me divorciara de Candela, ¿te casarías conmigo?

La pregunta de Gonzalo me pilla por sorpresa. El corazón se me acelera, las piernas me flaquean. Es la primera vez que me piden matrimonio y tiene que ser precisamente él. Un hombre del que no me fío ni una pizca, pero que tiene un poder brutal sobre mí.

No sé qué responderle. Algo muy pequeño dentro de mí crece a la velocidad de la luz.

Las ganas de decirle que sí y de besarlo.

¿Acaso será verdad que me he enamorado de él?

Ay Dios, ¿por qué me pasan estas cosas a mí?

Con la cantidad de hombres buenos que hay en el mundo, aunque a mí no me haya tocado ninguno todavía.

—¿No me respondes? —pregunta con una preciosa sonrisa que me desarma.

—Gonzalo, yo…

¡Pum, pum, pum!

Alguien está golpeando la puerta con fuerza.

—Mierda, mierda, mierda —masculla Gonzalo y se levanta de la cama para vestirse a toda velocidad.

No sé qué hacer. Esta casa solo tiene una salida.

—Escóndete debajo de la cama, o en el armario —digo con la voz más baja que puedo.

Gonzalo me mira con expresión de terror y se desliza debajo de la cama, no sin antes asegurarse de que no hay nada que pueda delatarlo por el suelo.

Mientras continúan aporreando la puerta con fuerza, arreglo en la medida de lo posible la cama —para que no se note la guerra que hemos llevado a cabo Gonzalo y yo hace un rato— y me pongo una bata de abuela. Respiro hondo antes de acudir a abrir.

Abro y finjo una expresión somnolienta. Tras la puerta, no hay nadie.