Capítulo 46
Candela, unas horas antes…
M e acerco a la cuna blanca que se encuentra en la habitación de mi pequeño. He entrado con cuidado, para que nadie me vea. Ella está neutralizada en la antigua casa del guardés, si supiera lo que ocurrió allí no hace tanto…, no podría dormir tranquila.
Observo a mi pequeño, duerme, como siempre. Acaricio su cabecita y siento tanto amor que no cabe en mi pecho.
Lo tomo entre mis brazos y me siento en la mecedora. Está tan dormido que no se mueve. Lo abrigo bien con la mantita, acaricio su pequeñísimo rostro. La compasión se apodera de mí de nuevo. No quiero llorar, no delante de él.
Me levanto con ímpetu y camino a paso vivo para dejar a mi pequeño en su cunita de nuevo. Prácticamente, lo arrojo al colchón. No se queja ni tan siquiera. Me siento mala madre por haber hecho eso y le pido perdón mientras lo cubro de caricias.
Luego cubro mi rostro con las manos y rompo en un llanto injusto. Un llanto ahogado, demoledor.
Salgo de la habitación y cierro con llave. La guardo sobre el marco de la puerta.
Me alejo con sigilo y entro en mi habitación.
Gonzalo duerme plácidamente. No puede enterarse de nada.
Pondría pies en polvorosa de nuevo. Es capaz de aprovechar cualquier situación para hacerlo.
Aunque ahora no voy a permitirlo. No si no quiere que nadie se entere de qué clase de persona es en realidad.
Desde que Laura llegó a esta casa, lo noto cada vez más frío.
Él dice que no es verdad, que me ama, pero sé que miente.
He visto cómo la mira: como un depredador a su presa, señal inequívoca de que la desea.
Y Gonzalo, cuando desea a una mujer, es capaz de poner en práctica toda clase de perversiones.
Conmigo nunca lo hizo y me apena profundamente, aunque las fotos que me hizo llegar el detective son bastante escalofriantes.
Mujeres con la cabeza cubierta por un saco y una cuerda al cuello; él empuñando un cuchillo, con una cara de sádico que tiraría para atrás a la más cachonda de sus amantes; corbatas demasiado apretadas en el cuello de alguna que otra prostituta…
En cuanto vi todas aquellas instantáneas repartidas por la mesa, no pude evitar horrorizarme.
Tanto que yo misma impulsé su alejamiento de mí.
Siempre he creído que yo podía tener la culpa de esas tendencias, después de lo que ocurrió, quizá él se torció.
Puedo asegurar que no era así. Vale que siempre fue un golfo, pero un golfo adorable, no un amante macabro donde los haya.
¿Habrá puesto en práctica sus perversiones con la mosquita muerta de Laura? No sé qué pensar.
Mario, el detective privado que contraté hace un tiempo para seguirlo, me dijo que todas aquellas mujeres eran prostitutas, toxicómanas que buscaban su dosis…, en fin, mujeres que nadie reclamaría si desaparecieran.
Por suerte, siempre se puso preservativo, en eso no falla. De lo contrario, ahora no dejaría que metiera su hermosa polla en mi interior por nada del mundo. Aun así, le pedí unas analíticas de enfermedades de transmisión sexual antes de dejarlo volver a esta casa.
Conmigo no se pone protección, necesito que vuelva a ocurrir, que mi vientre vuelva a albergar vida de nuevo para darle un hermanito a mi pequeño.
Él está cansado de tener que cumplir todas las noches, por ello, anoche intenté hacer algo especial para que volviera a desearme.
Le mostré unas esposas y una funda de almohada de satén.
Pensé que así me desearía. Me equivoqué. Cuando, con mi mejor ropa interior, le mostré mis tesoros, se limitó a preguntar con cara de circunstancias: «¿Qué se supone que es eso?».
Le dije que tenía ganas de vivir aventuras, de hacer algo diferente.
Me miró con desprecio, ¿os lo podéis creer?
Lo peor fue cuando me dijo que me dejara de chorradas y fuéramos por faena.
Eso significaba que me tumbara bocarriba en la cama para hacer un soso misionero y depositar en mi interior millones de esperanzas.
Pero eso no ocurrió. Ni siquiera se le levantó la polla al muy cabrón.
Discutimos acaloradamente y acabamos espalda contra espalda. Y así hemos pasado toda la noche hasta hace un ratito, cuando aproveché que dormía para ir a ver a mi pequeño.
Ahora estoy en la cama y acaricio su espalda con suavidad. Quiero que hablemos, que nos reconciliemos. Necesito que lo hagamos.
Cuando se da cuenta de mi presencia, pregunta:
—¿Qué hora es?
—No sé, son alrededor de las siete —digo.
—Ufff, un poco tarde. He de salir.
—¿A dónde vas?
—A trabajar —dice sentándose en la cama para ponerse unos calcetines antes de levantarse.
—Si solo vas un día, ¿no? Me prometiste que teletrabajarías la mayoría del tiempo…
—Tomás se puso malo ayer, y yo he de reunirme con unos clientes por él.
—Oh… Por cierto, ¿me acompañarás esta noche?
—¿A dónde?
—¿No te acuerdas?
—La verdad es que no —dice poniéndose una camisa.
—Joder, Gonzalo. Esas ganas de arreglar las cosas cada vez van a menos. Es más, me prometiste que lo intentaríamos de nuevo, que en esta ocasión lo conseguiríamos, y ahora no veo que pongas de tu parte nada de nada. ¿Acaso me mentiste?
Gonzalo suelta el aire con hastío.
—Joder, Cande. No es eso, pero comprenderás que no soy una fábrica de semen andante. Y, cada vez que me ves, parece que solo te interesa una cosa de mí. Estoy un poco hasta los mismísimos.
—Es importante que hagamos el amor en los días fértiles.
—¿Acaso los treinta días del mes lo son?
—No…, claro que no. Aunque he leído que es mejor probar sin pensar en ello, en el ciclo, ya sabes… Estoy desesperada, amor, quiero volver a ser madre. Darle a nuestro pequeño un hermanito.
Gonzalo me mira con los ojos desorbitados. No me gusta nada que me mire así.
—¿En qué quedamos? Deja de decir eso de una vez. Pensé que ya estaba superado, cojones.
—Sí, claro que lo está. Ha sido un lapsus, un imperdonable lapsus. No volverá a ocurrir, lo juro.
—Vale, de acuerdo, espero que así sea.
—Lo será, ya verás. Por cierto, cambiando de tema, ¿no has visto a Laura más… gordita?
Mi marido me mira mientras rueda los ojos.
—No, yo la veo como siempre.
—Que extraño que no te hayas dado cuenta. Por cómo la miras, se podría decir otra cosa.
Gonzalo tensa la mandíbula.
—Yo no la miro. Apenas la veo. Se pasa el día metida en ese cuchitril que le has asignado.
—Es mejor que esté ahí. Es un peligro. Ya viste lo que hizo la otra vez.
—No te fue tan mal, ¿no?
—Dijo un montón de mentiras sobre mí. Menos mal que tengo los mejores lectores del mundo.
Miento… Gonzalo no tiene ni idea de mi pasado, no sabía ni tan siquiera mi nombre de nacimiento.
Me lo cambié hace ya algunos años y nadie se acuerda ya de Marina, aquella niña adoptada después de haber sufrido un gran trauma, un trauma que, gracias a Dios, nunca trascendió a los medios, ni confié a nadie que se dijera llamar amigo mío.
—Pues parecieron afectarte bastante sus palabras. ¿Acaso tienes algún cadáver en el armario que yo deba conocer? —inquiere con un tono pícaro en la mirada.
Sonrío, parece que algo ha encendido una pequeña llamita de interés en mi marido.
—Vuelve a la cama y te lo demuestro —digo, seductora.
Pero Gonzalo se pone la corbata y pregunta:
—¿Y qué me decías de Laura?
Cojo aire y confieso que los celos se apoderan de mí al escucharlo pronunciar el nombre de mi escritora en la sombra.
Me muerdo los carrillos hasta hacerme daño.
No sé si es buena idea decirle lo que pienso, que Laura está embarazada.
La imagen de mi marido haciéndole el amor me golpea la mente y trato de quitarme esa idea absurda.
Él se pone condón con las perras a las que se folla, pero ¿y si Laura no es una perra para él?
Llevo días con la sospecha de su embarazo. Por gestos de ella, porque salta a la vista que ha cogido peso y que siempre va con ropa ancha. Además, Petra me contó que dio un buen espectáculo en el pueblo, vomitándole encima a Hakim, incluso.
A este último lo veo más cercano a Laura últimamente, ¿será él el padre de la criatura? No creo. Respeta a su familia, por raro que parezca en mi mayordomo, que es el marroquí más occidental que he visto en mi vida.
En cualquier caso, desde que Petra me contó el incidente en el bar de Feli, no dejo de darle vueltas a un asunto. Quizá, mi escritora fantasma pueda hacer por mí algo más que escribir libros…