El silencio de la escritora Capítulo 45
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Capítulo 45

Laura

E ncuentro a Petra en la cocina haciéndole un corte en cruz a un puerro para quitarle la tierra. La observo unos segundos con la comanda en una de mis manos, hasta que ella, al sentirse observada, deja de cortar y gira la cabeza.

—¿Qué quieres? —pregunta con sequedad.

—¿Creías que no lo iba a descubrir? —pregunto tratando de no ponerme demasiado nerviosa. Es imposible.

—¿De qué hablas? Oye, no estoy para tus movidas extrañas…

Acorto distancias hasta situarme a su lado y alzo el mentón mientras le muestro la nota.

—De esto, de que hay que ser muy poco inteligente como para escribir burradas en un montón de pósits y luego tomarme nota en el bar sin percatarte de que podía descubrirte…

Petra sonríe.

—Estás más loca de lo que dicen por ahí.

—Cállate la puta boca —suelto conteniéndome para no agarrar a Petra por el cuello y luego añado—: ¿Por qué tratas de sabotear mi trabajo?

De súbito, Petra, con un gesto rápido, apoya la afilada hoja del cuchillo en mi vientre. Ahogo al acto un grito de terror.

—Mira, chalada, más te vale que te alejes de esta casa. Ya te lo avisé en su día y quien avisa no es traidor. Si no te largas, vas a tener muchos problemas, te lo aseguro.

—¿Me estás amenazando? —balbuceo.

—Si quieres verlo así…

—¿Qué te he hecho yo?

—No voy a repetirlo. Quiero que te marches de esta casa y quiero que lo hagas ya. Es un aviso —sentencia antes de bajar el cuchillo, dejarlo sobre la tabla de cortar y dar marcha atrás hasta salir de la cocina.

Suelto todo el aire que estaba aguantando. He tenido que hacer un verdadero esfuerzo para que Petra no notara mi miedo, pero juro que he estado a punto de hacerme algo muy desagradable y maloliente encima.

Me llevo las manos al rostro y no puedo retener un sollozo amargo.

—¿Qué ocurre, Laura? —pregunta de pronto la voz melodiosa de Hakim.

No puedo evitar abrazarme a él. Y él parece responder a mi muestra de afecto.

—Tranquila, tranquila… —susurra en mi oído—. ¿Qué ha ocurrido?

Estoy a punto de decir la verdad, que Petra me ha puesto un cuchillo en el vientre y me ha amenazado.

Pero sé que ella, si este la confronta, lo negará y hará pensar a todo el mundo en la casa que son imaginaciones mías y que no estoy bien de la azotea.

Así que le cuento a Hakim que estoy en esos días tontos del mes y…

, automáticamente, deja de preguntarme. Es curioso como todos los hombres reaccionan igual.

Creo, incluso, que la palabra regla les da pánico.

Hakim me observa con sus hermosos ojos pardos. Parecen dos ópalos. Son hipnóticos.

Me quedo embelesada en su mirada y pronto descubro que él también lo está en la mía. Siento un impulso incontenible, y, sin pensármelo mucho, pego mis labios a los de Hakim, que responde a mi beso con avidez por unos momentos.

Y digo por unos momentos, porque, de pronto, deja de besarme y me aparta de él con firmeza.

—Laura, no puedo —se limita a decir antes de dejarme sola.

Apoyo mi espalda contra la pared y suspiro. No logro entender cómo he pasado del absoluto terror por perder a mi bebé a manos de una cocinera desquiciada, a sentirme desconcertada por el beso y posterior rechazo del mayordomo…

Después de mi beso cortado con Hakim, me retiro a mi cueva y me paso el día metida en ella, evitando así cruzarme en la medida de lo posible con Candela o Gonzalo. No he escuchado la voz chillona de ella ni los pasos decididos de él hasta hace un rato.

No se entendía muy bien lo que decían, aunque tampoco he salido al pasillo para enterarme mejor. Estaba inmersa en la escritura del compendio de letras que estoy haciendo para Candela.

Como creo que ese email ha sido obra de Petra, al igual que aquellas notas del pasado, sigo escribiendo sin darle más importancia. Debo largarme de aquí cuanto antes.

Enterarme de que estoy embarazada lo cambió todo. Tengo mucho rencor hacia Candela, demasiado. Pero también hay un amor enorme hacia la criatura que crece en mi vientre y no quiero meterme en historias que puedan perjudicarla.

En este momento solo hay silencio y, de fondo, música suave que utilizo en ocasiones para que fluya más la escritura.

Ya ha oscurecido, y creo que pronto pararé. Solo una página más y paro.

«Eso mismo dijiste hace un rato», irrumpe la voz de Vero.

—Tengo que acabar con esto.

Sigo tecleando, hasta que llaman a la puerta. El recuerdo del beso de Hakim vuelve a mi mente. ¿Será él para hablar sobre el tema?

Abro, y mi mandíbula se tensa. Es Gonzalo.

—¿Qué haces aquí? —pregunto de brazos cruzados.

—¿Puedo pasar?

—Prefiero que no. Candela puede enterarse y…

—Ella no está. Salió hace un par de horas, tiene un evento, una cena o qué sé yo.

—Muy bien. ¿Qué quieres?

—Ya te lo he dicho, hablar contigo. Pero creo que es mejor que lo hagamos dentro, aquí las paredes tienen oídos, te lo aseguro.

«Me lo dices, o me lo cuentas», pienso.

Por un momento, estoy a punto de mostrarme más tajante, aunque hay algo dentro de mí que quiere que el padre de mi hijo entre en mi apartamento. Así que le franqueo el paso.

Gonzalo mira a su alrededor y se sienta en la cama. Da unas palmadas en la colcha para que yo lo haga a su lado.

—Tú dirás —suelto sin aceptar su invitación a sentarme en mi cama, con los brazos en jarras.

—No quiero que te sepa mal lo que voy a decirte, pero he notado que estás más… En fin, que has cogido peso.

Fulmino a Gonzalo con la mirada. ¿A él qué le importa?

—¿A qué viene eso? —pregunto molesta.

—Mujer, no quiero que pienses que me meto donde no me llaman. Pero entenderás que tu aumento de peso, además de lo que ocurrió ayer en la terraza del bar de Feli, dan que pensar.

Trago saliva y contengo la respiración antes de empezar a decirle que no, que está equivocado, que no estoy embarazada y en caso de estarlo, él no sería el padre. No consigo decir ninguna de mis mentiras, pues él mismo pregunta:

—Laura, ¿estás embarazada?