El silencio de la escritora Capítulo 42
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Capítulo 42

Laura

M e paso el resto del día vegetando en la cama. Son las ocho de la tarde y todavía me encuentro muy débil. No sé qué demonios llevaba esa escudella , pero tendré que hablar muy seriamente con Petra. Estoy segura de que me he intoxicado.

«Te habrá echado algo en el potaje, hermanita. ¿No ves que no te traga?».

—No seas peliculera. Aunque, tal y como está Petra conmigo, no me extrañaría. Hasta Feli, que siempre se había mostrado amable, se ha limitado a mirarme con hostilidad todo el rato que he estado allí.

«¿Y para qué vas?».

—Tenía un antojo. Joder.

Escucho voces al otro lado de la puerta. Mi cuchitril está muy cerca del salón principal de la casa, en un pasillo bastante cutre que conduce a mi humilde morada prestada.

Candela eleva la voz, y un Gonzalo amortiguado le devuelve la pelota.

No se entiende bien qué dicen. Así que salgo de mi apartamento tratando por todos los medios de no hacer ruido.

Camino por el pasillo desangelado y me acerco a una puerta antigua de madera, con muchas capas de pintura.

Creo que conduce directamente al salón, porque las voces se escuchan con bastante claridad.

—No puedes venir cada noche borracho como una cuba. Luego la lías. Sabes muy bien lo que ocurre cuando te pasas con el alcohol.

—Que te calles…

—Te puse unas condiciones y quiero que las cumplas todas. ¿Me has entendido?

—No pienso hacerlo, no otra vez.

—Shhh… Puede oírnos.

—No lo creo, se ha puesto mala en la taberna de la Feli. Ha sido todo un espectáculo. Dice Hakim que se ha pasado todo el día durmiendo en su cuarto.

—Baja la voz.

—No hay más cerveza. Esto es una puta mierda.

—¡Que no bebas más! Vamos arriba, tienes que darte una ducha. No te vas a meter conmigo así en la cama, apestas.

—No tengo sueño.

—¿Recuerdas nuestro acuerdo?

—Bufff, ya estoy cansado de eso. No va a ocurrir otra vez, ya te lo dijo el médico.

—Si ocurrió una vez, puede hacerlo otra.

—Pero ya viste cómo acabó.

—¿Cómo acabó, Gonzalo? ¿Acaso no estás contento con nuestro pequeño?

—¡¡¡Puta loca de mierda!!! ¡¡Deja de decir eso!! —vocifera Gonzalo, para mi sorpresa.

Lo hace tan cerca de la puerta donde estoy apostada, con la oreja puesta, que doy un brinco.

De súbito, las voces se silencian. No se oye un alma. Me siento observada y el corazón se me dispara. Retrocedo hacia mi habitación mientras miro a todas partes. No hay nadie.

Me encierro en mi cuchitril y no puedo de dejar de darle vueltas a la conversación que he escuchado por accidente.

Si no voy mal encaminada, parece que Candela quiere que Gonzalo la deje embarazada.

O sea, quiere que suba con ella a la habitación en plan semental.

Aunque no sé si con la cantidad de cerveza que debe llevar él en el cuerpo pueda servirle de algo esta noche.

Eso es, al menos, lo que yo he interpretado.

Pero lo del pequeño otra vez…, o esta mujer está muy muy mal de la cabeza o se ha tomado muy en serio eso de ser madre humana de un perrito.

Encima Gonzalo, el padre de mi hijo, la ha insultado de un modo que da escalofríos. No conocía esa faceta suya.

«Tú es que no ves las red flags , hermanita».

Conmigo siempre se mostró encantador. Sí, es verdad que tiene unos gustos extraños en cuanto al sexo se refiere. ¿Pero eso convierte a alguien en peligroso? Todos cambiamos cuando nos excitamos, hasta la más monjil se vuelve una gata salvaje en la cama. A las pruebas me remito.

«Jugar con una navaja es raro de cojones, lo siento».

—Silencio. Estoy demasiado abrumada ahora mismo para aguantar tus paranoias.

Me siento ridícula de pronto, lo de hablar con mi hermana muerta no es muy normal tampoco.

Sé que todo está en mi mente, soy consciente de ello.

Sin embargo, una parte de mí se siente acompañada con su voz en mi interior, esa voz que comencé a escuchar desde que llamaron por teléfono una mañana de 2006, informándonos de su suicidio.