Capítulo 41
E n bicicleta, furiosa, sintiéndose engañada. Así se dirigía Vero a casa de su mejor amiga y su exnovio.
Tenía claro lo que había ocurrido allí, alguien había ayudado a Daniel a crear a Joel y solo podía haber sido Marina.
Sabía que era capaz de eso y de mucho más si de maquinar cualquier cosa se trataba. Además, habían tenido un tiempo de alejamiento y se mostraba distante e incluso despectiva. Hasta se había burlado de ella en alguna que otra ocasión.
Vero siempre pensó que quizá era por celos. Porque, al arreglarse y sacarse partido, se veía más guapa que Marina; porque su popularidad creció en muy poco tiempo y dejó la suya bastante malparada; porque se había hecho novia de su hermanastro, a quien esta odiaba.
Empezó a rondarle la cabeza que aquellos vídeos malintencionados, que habían corrido como la espuma, fueran obra de ni más ni menos que de ella, de Marina.
Y Daniel, ¿dónde entraba en la ecuación?
Se había hecho pasar por otro chico para acercarse a ella.
Él mismo le contó muchas veces que sus habilidades para relacionarse con las chicas eran bastante nulas, quizá por ello aceptó mentirle.
Pero le parecía escalofriante que lo hubiera hecho, porque estuvo algunas semanas saliendo con Daniel y hablando todavía con Joel.
Ahora entendía por qué, poco a poco, se había extinguido aquel pequeño fuego que había surgido entre los dos ciberamigos.
Necesitaba explicaciones y las necesitaba ya.
Al llegar a la casa de los dos hermanastros, dejó su bicicleta apoyada en el suelo y llamó con insistencia al timbre. Una voz impostada le preguntó quién era, y ella respondió aguantándose las ganas de gritarle que abriera de una maldita vez.
—Soy Vero. Ábreme, Marina, tenemos que hablar.
—Sí, un momento.
Esperó varios minutos interminables hasta que la puerta de la valla exterior se abrió. Anduvo por el camino de gravilla que conducía a los peldaños de la escalera de la puerta principal, que estaba abierta, y Vero entró.
La casa estaba a oscuras, y el suelo un poco encharcado.
—Vero, sube, por favor —dijo la voz algo temblorosa de Marina.
Vero hizo lo propio y subió los peldaños que la conducían a la planta superior.
—¿Marina? ¿Estás bien?
—Ven, por favor. Ha ocurrido algo horrible…
Caminó con tiento hasta la habitación de Marina, pero ella no estaba allí.
—¿Dónde estás?
—Aquí, en la habitación de Daniel.
Vero arrugó el gesto. ¿Qué demonios hacía allí? ¿Qué habría ocurrido?
Una voz interior le dijo que se marchara, que diera media vuelta y saliera de esa casa para no volver jamás. No le hizo caso.
—Ven, amiga. Necesito tu ayuda —balbució Marina, quien llevaba puesto un albornoz y tenía el pelo empapado.
Vero no entendía nada.
Marina entró en el lavabo de la habitación de Daniel, que estaba, como siempre, totalmente desordenada. Parecía que había pasado por allí la cuarta, quinta o sexta guerra mundial, al menos. Había hasta una silla en el suelo, fue lo único que le pareció fuera de lugar.
Al entrar en el lavabo, lo único que pudo ver fue a Daniel metido en una bañera de agua roja, vestido y con la mirada vacía.
—¿Qué has hecho? —preguntó horrorizada.
Vero miró a todas partes. El espejo del lavabo estaba roto, el suelo totalmente encharcado y lleno de manchas de sangre. Una máquina de escribir rosa descansaba, maltrecha, en un rincón.
—Ayúdame a sacarlo de aquí. No quiero ir a la cárcel.
—Pe-pe-pero has matado a Daniel.
—Ha sido en defensa propia. Necesito tu ayuda.
—Podemos llamar a la policía. Contarle lo que te hizo, ¿qué fue lo que te hizo?
Vero observó a Marina; parecía ilesa.
—Este hijo de puta trató de violarme.
—Tenemos que llamar a la policía. Si les cuentas que fue en defensa propia, no te pasará nada.
—No me van a creer, nunca lo hacen. Me encerrarán como hicieron con… No quiero ir a la cárcel, no puedo.
—Confía en mí, yo te ayudaré, pero tenemos que llamar a la policía.
—No. No vamos a llamarla y punto. Ayúdame a desnudar a Daniel.
—¿Para qué? No se debe tocar la escena de un…
—Déjate de películas. Esto es la vida real. Así que ayúdame o lárgate.
Vero pensó en salir de la casa, en llamar a la policía y contarle lo ocurrido. ¿Pero y si no la creían? Sus huellas estaban en la casa y habían llegado al lavabo donde yacía Daniel. Ella podía ser acusada de cómplice de asesinato o algo por el estilo.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Vero.
—Tenemos que desnudar a Daniel. Hazlo tú, al fin y al cabo, has sido su novia. Yo no puedo, ha tratado de violarme, no soy capaz de tocar a este desgraciado después de lo que me ha hecho.
Vero se agachó delante de la bañera y observó el rostro sin vida de Daniel. Una congoja enorme se apoderó de ella en ese momento, pero no podía pararse a pensar en los momentos bonitos vividos con él, no con su cadáver metido en una bañera.
—Una cosa, es muy importante, la máquina es el arma con que…
Tenemos que hacerla desaparecer. Estoy en shock , apenas puedo moverme.
He tenido que tomarme una pastilla de las que toma mi madre para la ansiedad y estoy muy débil.
Cógela, por favor. —Vero obedeció como por inercia—.
Voy a ir a por una bolsa de basura de las grandes, tendrás que acercar la máquina a la puerta para que la pueda meter en la bolsa.
Marina hablaba con seguridad. Sus manos temblaban, aun así, mostraba una gran determinación.
—Date prisa —dijo Vero, y Marina salió de la estancia.
Pasó un minuto, dos, tres…, diez. Marina no regresaba, así que Vero aprovechó para ir desnudando a Daniel.
Trató de no pensar en qué estaba haciendo, ni ella lo sabía.
Pero si Daniel había sido tan desgraciado para intentar violar a Marina, no se merecía más.
Trataba de quitarle la camisa ensangrentada, cuando, de súbito, la puerta se abrió.
Sin embargo, no fue Marina quien traspasó el umbral.