El silencio de la escritora Capítulo 38
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Capítulo 38

Laura

L a desesperación que siento al ver que Gonzalo ha tenido la desfachatez de encerrarme en este agujero me hace perder los nervios. Comienzo a golpear la puerta y a soltar improperios por la boca. Es la segunda vez que me encierran. No pienso permitir que haya una tercera.

Tras varios minutos de gritos y golpes, sin que venga nadie a socorrerme, comprendo que no tengo nada que hacer y que me han encerrado a cosa hecha.

—¡¡¡Voy a llamar a la policía!!! —vocifero.

Segundos después, la puerta se abre y Hakim me mira sorprendido.

—¿Qué ocurre? —pregunta con el ceño fruncido.

—Me habían encerrado. Ya le puedes decir a tu señora que no vuelva a hacerlo, de lo contrario, la denunciaré por secuestro. ¿Queda claro?

—Nadie te ha encerrado, Laura. Yo mismo he podido abrir con solo girar el pomo.

—Es imposible, lo he intentado varias veces y no he podido. La puerta estaba cerrada con llave.

—No, mujer. Estaba abierta. Lo que pasa es que no funciona muy bien. A mí me ha pasado algunas veces, se me olvidó decírtelo. Mañana la arreglo, no te volverá a pasar en un tiempo.

Miro a Hakim con desconfianza.

—¿Seguro?

—Segurísimo. Esta parte de la casa es muy vieja, como puedes ver.

Mi dulce morada es una especie de apéndice de la casa principal. Está en la parte trasera y es como una garita de vigilancia convertida en apartamento o lo que sea esto. Por eso jamás vi ningún edificio independiente.

—Sí, ya veo… ¿Hay algo más que deba saber? ¿Como por qué me habéis dejado una bombona de butano que, con toda probabilidad, tiene más años que yo?

—Ah, sí, eso… Había una cocina eléctrica, pero se rompió la semana pasada, y Gonzalo trajo una antigua bombona del cobertizo. Hay que ir al pueblo a por otra.

»Oye, de verdad. Nadie te ha encerrado y mucho menos pretende hacerte la vida difícil en este lugar.

—Yo no he dicho eso en ningún momento.

—Lo sé. Solo te lo digo para que estés tranquila. Todo irá bien.

—Eso espero…

Hakim se despide de mí con un, algo seco, «buenas noches» y se marcha.

Me quedo a solas y trato de abrir la puerta de nuevo unos minutos después. La abro sin problema.

Vuelvo a la cama y me deslizo debajo de las sábanas. Una tristeza enorme se apodera de mí. Deben de ser las hormonas, digo yo.

Por la mañana, llaman a la puerta. Cuando abro me encuentro a Candela, que me observa con su rostro editado a base de bisturí.

Sin esperar invitación, entra en mi pequeña madriguera.

—Ufff, qué olor a humedad —dice mientras agita la mano como si estuviera espantando moscas—. Tienes que ventilar aquí para que se vaya.

Abre una de las ventanas y levanta la persiana. Un sol injusto se cuela en la estancia y me ciega temporalmente.

—¿Se puede saber qué haces?, tengo frío —espeto.

—Estoy ventilando. Es necesario. Tengo alergia, ¿sabes? Mi casa ha de estar impoluta para que los ácaros no hagan de las suyas.

Niego con la cabeza. Esta mujer está fatal.

—Bueno, y además de a tratar de congelarme, ¿has venido para alguna otra cosa?

Candela tuerce el gesto.

—Hija, cualquiera diría. Bueno, en fin, he venido a decirte que tengo que ausentarme. Voy a una presentación —dice con su sonrisa más repelente.

—Muy bien. Mucha suerte.

—Volveré por la noche. No me gusta dejar a mi pequeño al cuidado de otros. Además, hoy Petra tiene fiesta y no podrá atenderlo.

Observo a Candela con unas ganas enormes de estallar en carcajadas. Que digo yo que si al perrito le dejamos pienso, agua, juguetes y un empapador pasará la noche encantado de la vida en su mullida camita.

Candela sale de mi apartamento y siento que me libero. Esta mujer me chupa la energía, lo juro.

Es la una de la tarde y he escrito suficiente por esta mañana. La historia está tomando forma, aunque me mantengo alejada de esta; no puedo volver a obsesionarme, en esta ocasión tengo claro que es una novela de Candela Rojo y no de Laura Peña.

Tampoco pretendo vengarme de nadie, ya lo hice y no salió bien. Estoy aquí por mi hijo, él es mi único motivo. Bueno, estoy aquí por eso y porque me he visto obligada por culpa de la desgraciada de Marina/Candela, que me ha chantajeado. No quiero tener problemas con la ley.

Me pongo ropa cómoda para dar un paseo por el parque. Pero justo al salir de la casa me encuentro a Hakim limpiando el coche.

—Hola, Hakim —saludo.

—Hola…

—Oye, ¿podrías llevarme al pueblo? Ya luego vuelvo aquí dando un paseo.

Hakim me mira con cara de circunstancias, pero asiente.

—Dame unos minutos y nos vamos.

Espero paciente a que él termine de pasarle un trapo a las lunas del coche, y me hace un gesto para que suba.

En silencio, me lleva al pueblo y le pido que me deje en el bar de Feli. Me despido de él y camino rápido hacia el local.

Cuando entro, veo a Petra sirviendo los platos. Su madre tiene cara de cansada, y ella parece estar haciéndose cargo del negocio.

—¿Vienes a comer? He dejado estofado en la casa. ¿No te lo ha dicho Hakim?

—Ah, tranquila. Ya me hubiera hecho yo algo. He venido porque me apetecía una buena escudella de la que hace tu madre.

—Sí, claro. Va, siéntate en esa mesa del rincón —dice Petra un poco seca. Creo que todavía sigue resentida por nuestra última interacción antes de que me marchara de la casa de Candela la otra vez.

Poco después, aparece de nuevo y me toma nota. Pregunta si quiero cerveza y le digo que no, que mejor me traiga agua.

Me quedo con la mirada perdida, pensando en mis cosas. El lugar está muy concurrido, lleno de los parroquianos que suelen comer todos los días aquí. Ningún rostro me llama la atención, ninguno, salvo el del hombre que me observa sentado en la barra y que es ni más ni menos que Gonzalo.

Cuando nuestras miradas se encuentran, él abandona su taburete y se acerca a donde yo estoy.

—¿Puedo sentarme? —pregunta.

—¿No te has ido con… tu mujer? —indago.

—Estoy aquí, ¿no?

—Pues eso. Que preferiría comer sola, pensar en mis cosas, ya sabes…

—Muy bien, Laura. Respeto tu voluntad, aunque creo que necesitamos hablar.

—No lo creo. Ya está todo dicho.

—Nunca lo está.

—Entre nosotros, sí.

—Sí tú lo dices…

—Aquí tienes, Laura —suelta de pronto Petra, quien le dedica a Gonzalo una mirada reprobatoria, poniendo en la mesa la cazuelita de barro que contiene la escudella.

—Bueno, Laura, me alegro de verte. Hasta luego —dice, para mi sorpresa, Gonzalo y se aleja hasta salir del bar.

—Ándate con cuidado, niña. No permitiré que le hagas daño a Candela. Hay muchos hombres sueltos, y tú eres muy joven. Así que, que corra el aire —suelta Petra con un deje de inquina que no intenta disimular.

—Eso díselo a él. Ha pedido sentarse en mi mesa, y le he dicho que no. ¿Contenta?

Petra no contesta. Me dedica una última mirada airada y deja la cuenta de la escudella y el agua en la mesa.

Estoy a punto de reclamarle, de decirle que quizá luego quiera algo más para comer y un postre, pero ni me molesto.

Imagino que, al ver que Gonzalo y yo estábamos hablando, se ha apresurado a echarme de aquí con la indirecta más directa que se le ha ocurrido, el tique, que no es otra cosa que la copia del papel que ha utilizado para tomarme nota con los precios sumados.

Me acabo la escudella por obligación. Está buenísima, aunque no estoy cómoda, necesito salir de aquí.

Así que no me sienta muy bien. Dejo el dinero justo sobre la mesa; me guardo el papel en el bolsillo; me pongo la chaqueta, que he dejado en el respaldo de la silla, y salgo del local sin despedirme de Petra ni de Felipa, que no ha parado de mirarme desde que entré.

Creo que no volveré a este lugar, está claro que no soy bienvenida.