Capítulo 39
Laura
L ejos de lo que esperaba, Hakim continúa delante de la taberna de Feli. Necesito llegar pronto a la casa, me encuentro fatal. Así que ver al hermoso árabe es comparable a ver un ángel que abre la puerta de una nube mullidita.
Cuando estoy a punto de alcanzar la nube…, digo, el coche, mi visión se torna oscura y una terrible angustia se apodera de mí. No me lo puedo creer, hacía días que no ocurría, voy a vomitar.
No me da tiempo de avisar al pobre Hakim y le vomito en su traje negro. Los restos de escudella impactan en su camisa, en su americana, incluso diría que alguno sale proyectado hasta su barba de dos o tres días que tan bien le queda.
Dios, que me trague la tierra ya mismo. Hay gente en la plaza y todos me están mirando. Me muero de la vergüenza.
—Lo siento, lo siento, lo siento —consigo balbucir una y otra vez.
—Tranquila. No pasa nada. Sube al coche —ordena mientras me ayuda a acomodarme en el asiento del acompañante.
Me mantengo cabizbaja, solo un segundo se me ocurre alzar la vista y me arrepiento de inmediato: Gonzalo está mirándome con una expresión muy difícil de interpretar.
¿Sorpresa? ¿Asco?, no tengo ni la menor idea, pero que está allí fuera, está.
Pensé que se había marchado, yo misma lo vi salir del local.
Se había quedado en el barril que utiliza la gente de fumadero con dos tipos más.
Así que me ha visto salir tambaleándome y ha estado a puntito de convertirse en mi objetivo de vomitona.
Uy, de qué poco ha ido. Hubiera preferido que la maldita escudella hubiera acabado en su pecho en lugar de en el del pobre Hakim.
El chófer/mayordomo arranca y nos alejamos sin que los allí presentes dejen de mirarnos. Dios, parecen los integrantes de una secta. Dan repelús.
A la salida del pueblo, Hakim detiene el vehículo y se apea. Yo espero paciente, todavía avergonzada por mi numerito.
Él abre el maletero y trastea por ahí. Varios minutos después, entra con el cabello mojado y una camiseta negra limpia.
—Siempre llevo un kit de supervivencia antivómito en mi maletero, soy un hombre preparado —dice totalmente serio, tanto que no puedo evitar estallar en carcajadas.
—De veras, lo siento. Joder, te he potado encima. ¡Qué vergüenza!
—Creo que era lo único que me faltaba por experimentar. Ya tengo una nueva batallita que contarles a mis nietos en el futuro.
—No seas capullo, que de verdad que no sé dónde meter la cabeza.
Veo a Hakim sonreír un poquito. Es la segunda vez que consigo sacarle una sonrisa a este hombre de hielo. Así que no puedo resistirme a preguntar.
—¿Por qué sonríes tan poco con lo guapo que estás cuando lo haces? —Mierda, mierda, mierda…, las hormonas.
Hakim se endereza en su asiento y se pone serio de narices. ¿Para qué habré abierto la boca?
—No es fácil hacerme reír. Quizá porque no termino de pillar el humor de los españoles. Aunque tampoco me río con el de los míos.
—¿Llevas mucho tiempo en España?
—Nací en España por unos días. Mis padres acababan de llegar aquí. Así que soy español.
—Pero te sientes marroquí, ¿cierto?
—No tengo otro remedio, no lo ponéis muy fácil aquí. He escuchado demasiadas veces el típico: moro de mierda, ¿sabes?
—Es que hay mucho choque cultural. Por ejemplo, con las mujeres. ¿Por qué narices tienen que ir ellas tapadas de arriba abajo mientras sus maridos van en la playa con un simple bañador como cualquier hijo de vecino?
—Mmm… no es por obligación, sino más bien por tradición. Además, a los hombres nadie nos mira, a las mujeres… ya sabes. De todas formas, en mi familia somos más abiertos. Mi madre, por ejemplo, no lleva velo desde hace unos años.
—Eso de que a los hombres nadie os mira…, va a ser que no. Te aseguro que las mujeres, todas, miramos. Me parece una costumbre machista y punto.
—No voy a discutir eso con una mujer española.
—¿Por qué?
—Porque tengo todas las de perder. Sois muy guerreras.
—¿Hay algún problema con eso?
—No…, qué va. Ya te he dicho que tengo una madre peculiar. La única que va sin velo en el pueblo donde crecí. Además, ella habla con todo el mundo. Se ha integrado, habla catalán incluso. Sin embargo, mi padre…
—¿De la vieja guardia?
—Algo así. Tuvieron muchas movidas cuando mi madre decidió no ser una mujer sencilla y modesta. Pero se quieren y él aguantó incluso las burlas de algunos de sus amigos.
—Me parecen muy valientes tus padres.
La expresión de Hakim se endurece de pronto.
—Para algunas cosas sí, para otras no —dice apretando las manos en el volante y haciendo que sus nudillos se vuelvan blancos.
—¿Qué quieres decir?
—Eres un poco cotilla, ¿no?
—Soy escritora, todo lo que digas puede ser utilizado en tu contra y aparecer en mi nueva novela. Es más, pásate conmigo y te hago un libro.
—Madre, ¡qué chunga!
—No sabes cuánto —suelto entre risas—. Ahora en serio; somos compañeros de vomitona. Eso une mucho. Si necesitas hablar, aquí me tienes.
Hakim asiente con la cabeza y sonríe por tercera vez. Es una sonrisa preciosa.