Capítulo 37
Laura
E stoy en mi nuevo «apartamento», si es que se le puede llamar así a una habitación fría que da mucho mal rollo. Las paredes son blancas, preñadas de un gotelé ochentero, sí, de esos que mejor que nadie te empuje contra la pared si no quieres acabar con la piel en carne viva.
Los muebles son clásicos y desangelados. No están bien cuidados y la única silla que hay, que es de madera, tiene agujeritos de carcoma.
Sobre el cabezal horrendo de la cama hay un crucifijo. Y en la mesa de noche, una virgen del Carmen con escapularios colgados al cuello. Hay varios.
Una colcha rosa y azul pálido, también rescatada de los años ochenta como el gotelé, cubre el colchón… Miedo me da.
Hay dos puertas en dicha habitación. Hakim abre una de ellas y me muestra un minúsculo lavabo de baldosas de flores azules.
En la otra puerta hay una cocina con su bombona de butano naranja del siglo pasado y todo.
Señal inequívoca de que nadie ha disfrutado de las mieles de dicho apartamento desde hace mil.
Hakim me deja sola en mi nuevo «hogar», que no puede ser más triste. Cuando se ha despedido de mí, hace un momento, lo he notado avergonzado. No tendría por qué, pero le ha tocado enseñarme este siniestro lugar, tan diferente a la habitación que ocupé la otra vez…
Me ha dicho que mañana traerán un escritorio para mí. Imagino cuál será. La vieja mesa de oficina del despacho de Candela.
Busco un armario donde poner mi ropa, aunque no creo que sea una buena idea.
Quizá mis prendas puedan ser devoradas por las polillas.
Creo que están mejor en la maleta. He de ponerme con la dichosa novela ya y acabarla en tiempo récord, antes de que empiece a notárseme la barriga.
No quiero que Gonzalo sepa de su paternidad, mucho menos ahora, que ha vuelto con Candela.
Ella misma me lo dijo antes de pedirle a Hakim que me enseñara mi nueva cueva.
Gonzalo hizo lo posible por evadir mi mirada, y yo por aguantarme la rabia. ¿Acaso necesita estar con alguien como sea? ¿No sabe estar solo? Una idea cruza mi mente. ¿Hará con Candela todo lo que hacía conmigo?
Trato de quitarme la idea de la cabeza y me siento en la cama. Retiro un poco la colcha de la almohada para ver qué se cuece y respiro tranquila. Hay sábanas limpias; huelen a suavizante.
Saco mi portátil de su funda y lo enciendo.
Abro la carpeta donde Candela me ha dejado sus apuntes y ruedo los ojos.
Su letra parece la de un médico y, como la vez anterior, apenas ha escrito cuatro observaciones.
Quizá ha dado por hecho que tuve en cuenta todo lo que me dijo por email .
Eran ideas ridículas y una trama insulsa.
De hecho, lo que tengo que escribir es más de lo mismo, pero no pienso quejarme.
No quiero encariñarme con este manuscrito, por mucho que adore escribir y me emocione haciéndolo.
Me pongo a trabajar enseguida. Como tengo cocina y la nevera llena, menos mal, pierdo la noción del tiempo y son las cinco de la tarde cuando el hambre aprieta.
Me hago un bocadillo de tortilla francesa y sigo hasta la noche dándole a la tecla.
Cuando decido que ya he tenido suficiente por hoy, llevo siete mil quinientas palabras. ¡Genial!
Llaman a la puerta. Cuando abro, mi corazón se acelera sin control. Es Gonzalo. Enseguida me doy cuenta de que viene acompañado por Hakim. Traen la destartalada mesa que imaginaba.
—He pensado que necesitarías algún sitio donde escribir —dice Gonzalo con timidez.
—Bueno, llevo todo el día haciéndolo sentada en la cama.
—Aun así. Es importante que descanses la espalda. Por eso te traemos también una silla de oficina en condiciones.
Es una silla gaming , no la he visto jamás por la casa. Pero intuyo que estaré de lo más cómoda en ella. Es negra y roja y parece muy cara.
—También te hemos traído una televisión —dice Hakim, mientras me dedica una leve sonrisa.
Les agradezco que hayan pensado en mí y espero impaciente a que lo coloquen todo y se vayan. Necesito cambiarme de ropa, darme una ducha y relajarme.
Cuando terminan, Hakim es el primero en salir. Sujeto la puerta y le digo adiós con la mano. Gonzalo me mira con intensidad.
—Hasta luego —me despido y comienzo a cerrar.
—Espera, Laura —dice él mientras posa una mano en la puerta para impedir que cierre del todo.
—¿Qué quieres?
—Hablar contigo. Creo que te debo una explicación.
—No me debes nada. Fui yo la que decidí poner punto final a lo que sea que tuviéramos.
—Lo sé y no sabes cómo me enfadé.
—¿Tanto como para volver con tu ex y su hijo perruno?
—¿Cómo dices?
—Que ahora entiendo muchas cosas y creo que fui injusta contigo…
—¿En qué sentido?
—Pensaba que era un niño, lo juro. Pero Candela me lo puso a huevo. No dejaba de decir: «mi pequeño para aquí, mi pequeño para allá». Ahora ya sé que solo suple la falta de un hijo con un animal…
—¿Qué demonios estás diciendo?
—Niégame que tengo razón, va.
—Ni me voy a molestar. Veo que sigues con tus teorías absurdas. No ves más allá de tus narices, Laura. Si te pararas a pensar un poco en los demás en lugar de mirarte tu ombligo continuamente…
—Uf, y tú me vas a hacer creer que estoy loca, como todos pretendéis en esta casa. Pero de eso nada, sé muy bien lo que digo.
—Mira, Laura, ha sido un error tener un gesto contigo. Mejor ya hablamos otro día.
—Un gesto. ¿Has visto en qué agujero me ha metido tu mujercita?
—¿Agujero? Hakim ha vivido aquí bastante tiempo y nunca se ha quejado.
—¿Hakim? ¿Y dónde va a vivir él ahora? —pregunto sorprendidísima. Daba la sensación de que no hubiera vivido aquí nadie en siglos.
Gonzalo se encoge de hombros.
—Tiene una habitación en la casa mientras tú estás aquí. Cuando te vayas, volverá.
—Pues podrías decirle a Candela que arregle un poco este lugar, da miedo. Es más…, si él es musulmán, ¿qué hace con un crucifijo en el cabecero de la cama?
—Esta era la casa del antiguo guardés y su mujer. Ellos eran bastante religiosos. Hakim nunca se ha quejado. Además, él no es muy amigo de la religión.
Gonzalo se marcha y me quedo sola en mi nueva morada. Hace frío y busco una estufa para calentarme. No hay nada.
«Pobre Hakim», pienso. Él más que nadie es consciente de lo poco acogedor que es este lugar.
Me quedo hasta tarde viendo una serie en una de las plataformas de streaming más famosas, la televisión tiene instaladas unas cuantas.
Son las doce y media de la noche cuando me entra muchísimo sueño y me dejo vencer por él.
Paso la noche en un sueño tumultuoso y me despierto varias veces en las que añoro tener alguien en esta cama tan grande y fría.
Imagino a Gonzalo en ella, pasando la hoja de una navaja por mis muslos desnudos. Me estremezco.
Cuando veo las primeras luces del amanecer, decido salir a dar un paseo por el parque. Me pongo un chándal con una sudadera que me va tres tallas grande, al menos. Me dirijo a la puerta y giro el pomo, pero no ocurre lo que tendría que ocurrir. Estoy encerrada.