El silencio de la escritora Capítulo 36
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Capítulo 36

M arina y Vero estaban sentadas en una mesa de la hamburguesería del centro comercial. Ambas habían pedido lo mismo, el menú de siempre, con una hamburguesa doble de sabor delicioso y de dudoso valor nutricional.

—Hacía tiempo que no nos reíamos tanto, ¿cierto? —preguntó Vero, todavía con la estela de su última ristra de carcajadas.

—Es verdad. ¿Por qué nos hemos distanciado, amiga? Con lo bien que lo pasábamos…

—Las circunstancias, quizá —soltó Vero omitiendo conscientemente lo que ella sabía a ciencia cierta.

—Desde que sales con mi hermanastro has cambiado. Él es el que nos ha separado.

—Tampoco es eso. Sí que es verdad que nos vemos todos los días, y tengo poco tiempo para socializar más.

—¿Más? Últimamente ibas del instituto a casa y de casa al instituto. Siempre que te llamaba decías que tenías que estudiar. Luego te veía paseando con Daniel.

—Tienes razón. Lo siento, Marina —dijo Vero y posó su mano sobre la de su amiga, que la retiró instintivamente—. ¿Estás bien?

—Sí, Vero. Es solo que… tengo que decirte algo.

—Desembucha —dijo Vero mientras sorbía con su pajita un poco de su aguado refresco de cola.

—Verás, he hecho algo que no está bien.

—Ajá… ¿Qué es?

—Algo que te perjudica directamente a ti. En mi defensa he de decir que lo hice por pura curiosidad, pero se me ha ido de las manos y creo que debo confesártelo. Eres mi amiga y te quiero.

Vero le dedicó una amplia sonrisa. Quería decirle que ella también la quería. Aunque, en ocasiones, la sacara de sus casillas. Sin embargo, Vero no era capaz de expresar sus sentimientos con otras personas que no fueran Daniel, con él era diferente, podía mostrarse tal cual era.

—Vero, el último día que fui a tu casa…

—Hola, cariño. ¿No me dijiste que te encontrabas mal y que no ibas a salir?

Daniel la observaba con ojos furiosos. ¿Acaso la había seguido?

—Da-Daniel. No sabía cómo decírtelo...

—Pasé a buscarla y se encontraba mejor. Le dije que era mi cumpleaños y, prácticamente, la arranqué de la cama —mintió Marina, y Vero la miró agradecida.

—Me has mentido —dijo Daniel con la mandíbula tensa.

—Lo siento.

—No, no sientes nada. Estás aquí con tu amiguita. Hasta te he visto posar tu mano sobre la de ella. ¿Te has vuelto lesbiana ahora? Sí, eres una bollera reprimida, por eso últimamente no quieres ni follar conmigo —espetó Daniel mirándola con un odio que no conocía en él.

—Pero, cariño, ¿qué dices?

—Vero, te presento a mi hermanastro. No quería tener que decirte «te lo dije». Un matón siempre será un matón, aunque se forre de purpurina.

—Cállate, desgraciada —soltó Daniel.

—No pienso callarme. Vero merece saber la verdad, que no puede seguir al lado de un patán como tú.

—¿La verdad, hermanita? Yo puedo decir una que a Vero no le va a gustar.

—Cállate, ¿vale?

—No, no pienso callarme. Además, tienes razón, Vero tiene derecho a saber la verdad.

—A ver, vosotros tres. No quiero peleas, así que fuera de aquí ahora mismo —dijo un chico de unos treinta años, vestido con camisa azul y corbata. Señal inequívoca de que era el encargado.

—Vámonos, Vero —intervino Marina agarrando del brazo a su amiga.

—Ni en broma; ella se viene conmigo —replicó Daniel agarrándola del otro brazo.

Se produjo un intercambio de tirones y Vero se sintió como si fuera una muñeca en manos de dos niños pequeños que peleaban por ella.

—Basta ya, me estáis haciendo daño.

—Chicos, u os marcháis ahora mismo de aquí o llamo a la policía —anunció el encargado.

Ambos la soltaron y los tres salieron del local.

Daniel agarró de nuevo del brazo a Vero y tiró de ella con fuerza.

—Tú te vienes conmigo, tenemos que hablar.

—No, y si tratas de llevarme contigo a la fuerza, llamaré a seguridad —espetó Vero, cada vez más enfadada.

—Soy tu novio, tienes que venir conmigo y punto, de lo contrario, puedes olvidarte de mí.

—Déjalo, Vero, no pierdes nada. Este tío es un enfermo.

—Para enferma, tú —soltó Daniel con el mentón alzado y aire desafiante.

—Eres patético.

—Y tú una impostora de mierda y una ladrona.

—Cállate, Joel… —intervino Marina con retintín.

Vero abrió la boca, sorprendida. No podía ser.

—¿Tú eres Joel, Daniel?

—Puedo explicarlo.

—Eres un hijo de puta —espetó Vero sin tener en cuenta su aversión a los tacos.

—Lo siento.

—Hemos terminado. ¿Me oyes?

—No, por favor, cariño. Déjame que te explique.

—No quiero volver a verte en mi vida, ¿me has oído?, en mi vida.

Vero corrió por el amplio pasillo del centro comercial hasta salir a la calle y detenerse con los ojos bañados en lágrimas y una congoja horrible en el pecho.

Daniel la había engañado. Se había reído en su cara bajo el nombre de otra persona que no existía y que se acababa de romper en pedazos en su recuerdo.

La indignación se apoderó de ella y no consiguió atar ningún cabo hasta pasados unos minutos, cuando la ansiedad disminuyó y una especie de claridad mental la invadió: ¿Cómo narices había chateado con ella Daniel, si no podía escribir ni un párrafo sin tardar una eternidad y cometer una barbaridad de errores ortográficos?