Capítulo 35
Laura
E stoy de nuevo delante de la puerta de entrada de la casa de Candela y juro que me falta el aire. No hay nada peor que volver al lugar donde has sentido suficiente temor a perder la razón o, en el peor de los casos, la vida.
«No exageres. Estoy contigo, juntas podremos con todo», dice Vero en mi mente.
—No estoy segura de poder lidiar con Candela. No cuando necesito estar tranquila para que el bebé que crece en mi vientre se sienta amado y seguro.
«Cállate, pueden oírte».
Asiento con la cabeza y Hakim, que acaba de alcanzarme, me mira con curiosidad.
—¿Todo bien, Laura? —pregunta con genuino interés.
—Sí, Hakim, muy bien.
—Me alegro —dice y me adelanta para abrir la puerta, que sujeta para que yo pase.
Le doy las gracias. Tengo la costumbre de dar las gracias por todo continuamente y a veces soy demasiado pesada. Creo que le he dado las gracias a este hombre al menos siete veces desde que me ha recogido delante de mi edificio.
No me quedó más remedio que aceptar la propuesta de Candela. Incluye el doble de dinero que la otra vez y un compromiso de no apropiarme de su obra. En la anterior ocasión, lo puso en el contrato, pero en esta es un documento aparte con un montón de cláusulas repetitivas.
También tengo prohibido acceder a su ordenador. Además de todo eso, no viviré en la casa, sino en un pequeño apartamento de invitados. Jamás he visto ningún edificio que no sea el cobertizo, espero que no quiera meterme ahí a trabajar cual esclava.
No sé entonces para qué me ha hecho entrar Hakim en la casa, pero lo averiguo de inmediato.
Candela está sentada en la sala principal, con el caniche en su regazo. Tiene un cepillo en la mano y lo pasa por el lomo del animal con suavidad.
—Hola, Lau, querida.
—Hola —respondo con sequedad.
—Estoy muy contenta con nuestra nueva colaboración y, antes de que empieces la maratón de escritura, debo discutir contigo varios pormenores de la obra.
Ruedo los ojos. Ya he tenido bastante matraca con sus constantes emails .
—Siéntate, querida. ¿Qué quieres tomar?
—Nada, ya he desayunado.
—Oh…, de acuerdo. Yo tomaré un té. Hakim…
—Enseguida, señora —responde el mayordomo y desaparece de mi vista.
Tomo asiento en un sillón, y Candela dice:
—Ve a jugar, pequeño.
Sonrío. Ya sé qué ocurre aquí, confirmo así mi teoría. El dichoso perro es su famoso hijo.
Hay personas que se toman muy en serio el tener una mascota, tanto que algunas pueden llegar a perder un poquito el norte. Estoy de acuerdo en que los animales son adorables y se pueden llegar a querer muchísimo, pero lo de esta mujer va más allá.
«Quizá eres tú que lo ha malinterpretado todo. Por eso te miraban con esa cara de asombro cuando hablabas del hijo de Candela. Has sido tú y no ella la que ha alimentado esa idea».
—Cállate —mascullo, y Candela me observa con el ceño fruncido.
—¿Cómo dices?
—Mmm…, nada. Ahora dime lo que tengas que decirme. Quiero terminar con esto cuanto antes.
—Ay, Lau, querida. Qué humos. No quiero tener que recordarte que tener o no tener problemas con la justicia depende de mi silencio.
Un pellizco atenaza mi tripa. Se hace más grande cuando veo en el umbral de la puerta a ni más ni menos que Gonzalo, en chándal y con el cabello mojado, señal inequívoca de que acaba de darse una ducha.
Al verme, abre muchísimo los ojos. Ambos estamos de lo más sorprendidos.
Observo a Candela, la muy hija de pu… está disfrutando con todo esto.
«Sí, sí, Candelita, disfruta ahora que puedes, pronto lamentarás haber metido al enemigo en casa».