El silencio de la escritora Capítulo 34
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Capítulo 34

Laura

C andela me mira desde el otro lado del umbral de la puerta de mi piso. Por un momento, estoy tentada a cerrársela en las narices y ella se da cuenta. Mete un pie en la trayectoria de la puerta antes de que se me ocurra llevar a la práctica mis intenciones.

—¿Qué haces aquí?

—Primero de todo, buenas noches, Laura. Tenemos que hablar.

—No tengo nada que hablar contigo.

—Oh, sí, cariño, sí lo tienes. Y, por la cuenta que te trae, mejor que me dejes entrar.

—No es un buen momento.

—¿Acaso tienes compañía? No, no creo que sea eso. Tienes unas pintas horribles, con lo que sea que lleves puesto.

Estoy a punto de decirle que es mi pijama, pero ¿para qué?

—¿Me vas a dejar entrar?

No contesto, aunque le franqueo el paso.

Ella entra con su actitud altiva y mira a su alrededor. Reconozco que llevo unos cuantos días sin esmerarme mucho en la limpieza de mi casa, así que Candela no está del todo cómoda. Me alegro, cuanto más incómoda esté, antes se irá.

—¿Puedo sentarme? —pregunta mientras señala el sofá y luego añade—: Estos zapatos me están matando.

—Adelante —digo sin mucha convicción.

—Laura, querida. He venido a hacerte una proposición.

—¿Qué clase de proposición?

—Una de trabajo, por supuesto.

—Lo siento, he de declinar…

—Espera, querida, espera. Todavía no te he explicado en qué consiste. Te aseguro que, en cuanto lo haga, aceptarás de buena gana.

Ruedo los ojos antes de decir:

—A ver. No creo que formemos un buen equipo. Queremos cosas distintas y yo he decidido no volver a hacer de escritora fantasma para nadie.

—¿Escritora fantasma? Dios mío, haces que parezca una aberración y es algo más normal de lo que crees. Ya te expliqué que El conde de Montecristo …

—Sí, sí —interrumpo—, ya me lo dijiste y no me interesa, así que dime lo que tengas que decir y vete.

—Menudos humos, Lau, querida. Aunque ya verás como enseguida cambias de opinión. Solo hacen falta unas palabras mágicas para ello.

—Déjate de jueguecitos y habla ya.

Candela sonríe con suficiencia —como si yo solo fuera una hormiga ante un dinosaurio— y suspira, antes de sacar su móvil y trastear en él.

El silencio llena el salón de tensión. ¿Qué cojones hace ahora esta mujer? La observo con curiosidad, y ella me devuelve una mirada pícara. Está claro que está disfrutando de lo lindo. No sé qué planea, pero no puede ser bueno.

—De acuerdo, aquí está. Te voy a decir en pocas palabras lo que me ha respondido la inteligencia artificial sobre cierto temita —carraspea antes de continuar—: La ghostwriter cede los derechos patrimoniales a la famosa.

La famosa es la autora legal a efectos comerciales, aunque no lo haya escrito.

La ghostwriter no puede publicar esa obra, ni total ni parcialmente.

Si lo hace, la famosa podría demandarla por incumplimiento contractual, violación de derechos de autor, daños y perjuicios, competencia desleal. ¿Qué te parece?

—¿De verdad me estás leyendo lo que te ha dicho la IA? ¿Es que acaso no tienes asesores legales o abogados?

—Claro que los tengo, pero cuanta menos gente sepa lo que has hecho, mejor para ti, ¿verdad?

—¿A qué te refieres? Llevas años apropiándote del trabajo de los demás. Ya era hora de que alguien te la devolviera.

—Sí, bonita, aunque te ha salido el tiro por la culata, y ahora mis lectores me adoran. También adoran la novela que has publicado, que he de recordarte, nació de una idea mía. Puedo demostrarlo, querida, así que… tú misma.

—¿Qué quieres?

—Que escribas una nueva novela. Tengo una magnífica idea.

—No pienso escribir nada más para ti.

—Oh, sí lo harás, de lo contrario, llamaré a mi abogado y he de decirte que no te conviene, es un verdadero tiburón ávido de carne fresca. Te destrozará.

Juro que ahora mismo estrangularía a esta mujer con mis propias manos.

—¡¡No puedo volver a la casa de la mujer que mató a mi hermana!! —grito, sorprendiéndola.

Ella niega con la cabeza.

—Laura, cariño, tu hermana se cortó las venas en el psiquiátrico donde la internaron cuando…

—¡¡¡Cállate!!! —vocifero tapándome los oídos.

Puede que no fuera la que empuñó aquel trozo de cristal, pero sí fue la causante de la caída en desgracia de mi familia. Ella debe pagar por todo lo que hizo, y puedo asegurar que lo hará.

—Está bien. Prefiero no discutir este asunto, no creo que lleguemos a buen puerto si te pones tan nerviosa. Mañana por la mañana, a las ocho en punto, Hakim vendrá a recogerte, estate preparada.