Capítulo 33
—Estas son las mañanitas que cantaba el rey David…
Marina abrió los ojos y no se lo podía creer. Ernesto y Luisa, sus padres adoptivos, cantaban la canción de cumpleaños que habrían oído en las telenovelas mexicanas, de lo contrario, no se explicaba a qué venía semejante tortura.
Ernesto sujetaba una tarta con un dieciséis de color rosa. Sí, en teoría Marina cumplía esa edad, pero tenía dudas. Sentía que era más mayor de lo que ponía en su DNI.
—En serio…, ¿no lo podéis dejar para después? Tengo muchísimo sueño. Mi cumpleaños es mañana.
—Sí, hija. Ya sabes que tu padre trabaja y ambos queríamos darte una sorpresa —dijo Luisa con una expresión que denotaba sin duda la frustración más absoluta.
Marina no se lo ponía fácil. A decir verdad, ni Daniel ni ella lo hacían. Si algo tenían en común los dos era que sus primeros años fueron inciertos y turbios.
—Va, cariño. Levántate, tenemos una gran sorpresa para ti —dijo Ernesto, con ese tono conciliador que a Marina tanto le irritaba.
Ella se levantó de la cama hastiada.
—De acuerdo, pero no volváis a cantar, me duele la cabeza.
Luisa y Ernesto se miraron. Su madre adoptiva agachó la cabeza; se sentía un fracaso ante la permanente irascibilidad de Marina.
Los tres bajaron al salón, y Ernesto se adelantó. Daniel estaba sentado en el sofá, en pijama y de brazos cruzados. Sus padres lo llamaron también para que acudiera con ellos a la habitación, pero él se negó.
Su padre adoptivo apareció de pronto en su campo de visión con un paquete rosa con un gran lazo del mismo color.
«Que alguien les diga a estos dos que ahora odio el rosa, por favor», pensó Marina.
Sin embargo, ansiaba saber qué le habían regalado. Adoraba las sorpresas. Así que tomó el paquete entre sus manos y lo puso sobre la mesa de centro; pesaba demasiado.
Deshizo el lazo gigante y rompió el papel de regalo. Dentro había una anodina caja de cartón.
«Como sea uno de esos regalos en los que hay que abrir cincuenta cajas, que no cuenten conmigo», pensó.
Abrió la caja y lo que encontró la dejó atónita.
Era una máquina de escribir de color rosa claro. De las antiguas, de esas que tenías que dejarte los dedos para poder escribir una frase.
—¿Qué significa esto? —indagó ella, confundida.
—Significa, hija, que pensamos que tienes un talento innato para la escritura y por eso te hemos regalado esta preciosidad.
—Un momento, no habréis hurgado entre mis cosas, ¿no?
Ernesto y Luisa se miraron con el nerviosismo pintado en sus rostros.
—Hija, el otro día, arreglando tu armario, encontré tus cuadernos.
Marina torció el gesto. ¿Es que acaso no se habían dado cuenta de que aquella no era su letra? Aquellos dos solo se preocupaban de su trabajo y sus finanzas. Compraban el amor con caprichos cada día más caros.
—No tenías derecho a cotillear entre mis cosas.
—Lo siento; fue sin querer. Pero conseguí leer lo suficiente como para saber que no podías continuar escribiendo a mano.
—¿Y en plena era de la tecnología me compráis una máquina del jurásico?
—No, mujer. Es un regalo simbólico; esta máquina es una antigüedad. Tu padre la ha mandado restaurar para ti. Si hasta pone tu nombre, mira.
En uno de los costados de la máquina, Marina vio una especie de grafiti con su nombre escrito en letras casi ininteligibles.
—Vaya manera de cargarse una pieza de museo —refunfuñó Daniel antes de levantarse del sofá.
—Hijo, no seas desagradable y felicita a tu hermana.
—Ella no es mi hermana, además, es una impostora.
—Cállate, imbécil —soltó Marina mientras clavaba sus ojos en los de su hermanastro.
—No digas esas cosas, Daniel. Es más, ve a tu habitación un rato, creo que necesitas pensar.
—Estoy diciendo la verdad, Marina es una farsante.
—Que te calles.
Daniel se levantó del sofá y se dirigió a su habitación. En la planta superior se escuchó un portazo y, segundos después, música a todo volumen.
—Bueno, ¿te ha gustado el regalo?
«Es horrible», pensó Marina.
—Sí, está muy bien —dijo con su sonrisa más falsa.
Luisa y Ernesto se miraron de nuevo. ¿Acaso aquella adolescente se estaba burlando de ellos?
Llevaban toda la vida adoptando a niños sin hogar. Tres de ellos ya eran personas de bien. Incluso uno se había casado y tenía un hijo en camino. En cambio, con Marina y Daniel no conseguían acertar, tal parecía que siempre metían la pata con ellos de un modo u otro.
Después de desayunar con sus padres adoptivos, Marina subió a su habitación a cambiarse de ropa. Vero la había llamado para felicitarla, y ambas habían quedado para ir a tomar algo y comprar ropa en el centro comercial.
La relación entre ellas se había enfriado en los últimos tiempos.
Sobre todo, desde que Vero se había hecho novia del imbécil de su hermanastro.
Además, le remordía la conciencia por haberse apropiado del manuscrito de su amiga y pensaba devolvérselo ese mismo día.
No sabía cómo lo haría, pero tenía que conseguir que Vero la invitara a su casa con cualquier pretexto.