Capítulo 32
Laura
H an pasado unos días y no puedo estar más feliz. Mi libro ha subido como la espuma y ya está el veinte en el ranking general. No me lo creo, jamás había llegado tan alto.
Cada día me sorprendo al ver la cantidad de páginas que está leyendo la gente y las unidades vendidas a diario. Dicen que es mi mejor novela con diferencia.
Solo hay una cosa que empaña mi felicidad.
En varias de las reseñas que me han dejado los lectores, me comparan con Candela Rojo en sus buenos tiempos.
Me acerco de modo temerario a su posición, pues ya está en el número trece.
Ha ido bajando posiciones y pronto nos encontraremos o cruzaremos.
Nunca pensé que subiría tanto; no es lo normal en mí y menos aún en los últimos tiempos.
Es más, al cambiar de género y escribir thriller en lugar de romance histórico, pensé que pasaría sin pena ni gloria.
Si Candela ve mi libro, y entra en la página de detalles, se dará cuenta de que la comparan conmigo. Puede que entonces lea el libro y mi castillo de naipes se desmorone.
Quizá pase del tema, al fin y al cabo, ella ha ganado un buen dinero con un manuscrito mío.
«¿Marina?, ¿ver cómo le quitas el puesto con un manuscrito por el que te pagó y quedarse de brazos cruzados? Ni en tus mejores sueños, querida».
—Ufff, cállate. Cállate, cállate, cállate —mascullo mientras me tapo los oídos con las manos.
Algo estúpido teniendo en cuenta que la voz que escucho está en mi interior, no viene de fuera.
Un día después, por la mañana, veo que mi novela está en el cinco del top general. Madre mía, mi corazón galopa y corta el viento. ¡Qué subidón!
Horas después, recibo la llamada de Marta. No se le entiende nada. Debe de tener la boca llena, pues es la hora de cenar, pero consigo distinguir un «enhorabuena» medio distorsionado.
Las valoraciones de cinco estrellas, con o sin reseña, aumentan sin freno.
También las malintencionadas de una estrella, sí, esas que insultan a la escritora y dicen cosas como: «Está sobrevalorada, escribe como una alumna de primero de la ESO; veinticinco novelas…
, no se lo cree ni ella, no me salen las cuentas, seguro que usa inteligencia artificial.
Gruño. Ahora todos los escritores usan inteligencia artificial, según algunas personas en las redes. Quizá sean las mismas que aseguran que la tierra es plana o que vivimos en una simulación.
Yo no entro en esos debates, pero que sugieran que yo, que amo la literatura sobre todas las cosas en este mundo, pueda apoyarme en la IA, es el peor insulto que pueden llegar a decirme.
Si saco varios libros al año, es porque trabajo mucho.
Escribo todos los días como una rutina, sin procrastinar; tengo mucha facilidad para ello, por suerte, y me resbala lo que piensen los perdedores que creen que pongo los libros en una especie de robot de cocina y se hacen solos. Mi sudor me cuesta, pesados…
«Este libro, hermanita, no proviene de una idea propia».
Aprieto los dientes unos contra otros. Empiezo a estar muy cansada de la voz de mi hermana cual Pepito Grillo dándome lecciones.
La ignoro; quizá, si dejo de prestarle atención, se vaya de una maldita vez.
De súbito, escucho varios timbrazos y me sobresalto.
Es tarde y no sé quién demonios puede ser.
Espero que no sea Gonzalo. Solo mi madre sabe de mi embarazo y no creo que se lo haya podido decir, para ella no existe.
Le dije que no sabía quién era el padre, que fue un lío de una noche y que no me acordaba ni de su nombre.
Acudo a abrir con mi chándal más antimorbo. Me miro al espejo y recoloco los pantalones que tengo ladeados. He subido de peso y se nota.
Arreglo mi pelo un poco y pellizco mis mejillas al más puro estilo Escarlata O’Hara. Abro la puerta y sé que estoy sentenciada.