Capítulo 31
Laura
L e he dado al botón de publicar y no me lo creo. En unas horas, mis lectores podrán conocer mi nueva novela, mía y nada más.
He cambiado los nombres de los personajes, algunos detalles y ubicaciones. Creo que, en conjunto, ha quedado una novela muy muy buena. ¡Qué ganas tengo de saber lo que opina la gente de ella!
Estoy nerviosa, como siempre que publico. Mis veinticinco novelas anteriores no han hecho que eso cambie, por el contrario, creo que cada vez estoy más y más nerviosa. Me he vuelto mucho más exigente.
«¿Te has preguntado qué podría ocurrir si Marina llegara a enterarse?».
—Donde las dan, las toman, hermanita…
«Sí, ya he visto cómo has titulado el libro. Marina lo descubrirá y te meterá en la cárcel».
—¡¿Qué va a descubrir?! Está demasiado concentrada en su éxito, no va a mirar en los rankings de la web donde publico mis libros, es muy poco probable que yo pase del top doscientos. Ella está en el número uno, así que ni se inmutará.
»Además, he registrado el manuscrito a mi nombre. Dudo mucho que ella llegara a hacerlo. Puede que sí en su versión cutre, pero son demasiado diferentes. He hecho muchos cambios.
«Si tú lo dices».
Un par de horas más tarde, mi libro ya está en línea y mis nervios desatados. Me tomaría un relajante muscular de buena gana, pero no puedo. Hay un pequeño ser creciendo dentro de mí.
Mi madre ha estado en casa hace un rato, y le he comunicado la buena nueva.
Está tan contenta… Y, la verdad, yo también lo estoy.
Tengo muchas ganas de ver su carita de ángel.
¿Se parecerá a Gonzalo? Si fuera así, tiene todas las de ganar, pues es infinitamente más apuesto que yo, que soy más bien normalita.
Me hago una manzanilla para tranquilizarme un poco y me sienta bien.
Consigo dormirme en el sofá mientras veo una serie.
Debería estar en las redes sociales —compartiendo publicaciones para promocionar o haciendo algún sorteo para que me dé visibilidad— para que la gente vea que he publicado un nuevo libro y que tiene una pinta estupenda.
Me sobresalto al escuchar el teléfono sonar. Atiendo la llamada y es Marta, una de mis mejores amigas escritoras.
—Tía, ¿dónde te metes?
—Estaba dormida en el sofá. Dime…
—Estoy alucinando con tu libro. Recibí un correo informándome de que habías publicado hoy, cabrona. ¡Anda que dices nada!
—He estado muy liada y se me ha pasado completamente, ya sabes cómo voy siempre.
—Ya. Tengo suerte de no ser autónoma, como tú. No podría soportar tanta incertidumbre y presión.
—Bueno, a mí tampoco me gustaría volver a aguantar a ningún jefe. Así que una cosa compensa la otra.
—Calla, no me hables de jefes, que estoy hasta la pepitilla y más allá.
—Pues nada, prueba las mieles de la cuota de autónomos.
—Capulla. Pues eso, que voy a seguir leyendo. Esto va a ser un bombazo, ya verás.
—Ufff, lo veo difícil. El algoritmo me abandonó hace ya un tiempo.
—Pues creo que esta vez te va a adorar, te lo digo de verdad.
—Ojalá.
Me despido de Marta y miro en el móvil cómo va mi nuevo retoño. Mi sorpresa es mayúscula cuando veo que tengo el cartelito de más vendido. Estoy número uno en una de las categorías donde lo he puesto. Solo han pasado unas horas desde su publicación; no me lo puedo creer.