El silencio de la escritora Capítulo 30
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Capítulo 30

Candela

Tres semanas después

M e despierto junto a mi hombre. Gonzalo. Ha vuelto a mí hace unos días, sabía que lo haría. Ahora volveremos a ser una familia.

Él duerme como un bebé, y yo sonrío complacida. ¿Con quién iba a estar mejor que conmigo?

Sé que ha tenido varios escarceos con otras mujeres, incluso con esa desgraciada de Laura Peña. Sin embargo, aquí está y, esta vez, no pienso dejar que se vaya. Sabré lidiar con la situación, pues he estado yendo al psicólogo. Ahora me siento mucho más preparada.

Nuestra foto de boda vuelve a estar en la mesa de noche y siento que estoy tan enamorada de él como el primer día. Lo pasé muy mal cuando se fue, pero conseguí que no me olvidara.

Ha dejado ese horrible adosado. Era una de las condiciones que le puse para retomar nuestra relación.

Allí se llevaba a sus conquistas y no pienso permitir que vuelva a hacerlo.

¡Quién sabe qué barbaridades haya hecho en ese maldito lugar!

Pienso que incluso tríos y cuartetos. Gonzalo es un hombre muy sexual.

También le puse otra condición: ha de ser tratado por un terapeuta por su adicción al sexo.

Él dice que no es cierto, que él no es un adicto.

Está claro que sí. Se ha enrollado con todas las mujeres que han pasado por esta casa, con todas las jóvenes.

Con Petra no, por suerte. Ella es una mujer leal que jamás me traicionaría, eso lo tengo muy claro.

Salgo de la cama y me dirijo a mi despacho. Encuentro a Hakim fuera, pasando el plumero por los cuadros del pasillo.

—Buenos días —digo con voz somnolienta.

—Buenos días, señora.

—Hakim, prepara el coche, el señor y yo pasaremos el día en Peñíscola. Saldremos en una hora aproximadamente.

Hakim tuerce el gesto.

—¿Hay algún problema?

—Oh, no, señora.

—¿Estás seguro?

—Sí, claro.

Pero no lo creo. Juraría que me pidió una tarde libre, aunque no me acuerdo del día en concreto. Tampoco voy a insistir; si no puede llevarnos a Peñíscola, él mismo debería decirlo. No tengo por qué ir detrás de mis empleados como si fuera su madre.

Me dirijo a la cocina y Petra, nada más verme entrar, me pone delante un café humeante.

—Gracias, Petra.

—A mandar, señora.

—¿Todo bien en tu casa? ¿Qué tal está tu madre?

—Al pie del cañón, como siempre.

—La señora Felipa es una verdadera joya. No sé por qué se fue de esta casa para enterrarse en vida en esa tasca.

—A ella le gusta estar entre la gente, ya lo sabe.

Me encojo de hombros. Reconozco que me sentó fatal cuando se fue, pero en su lugar me recomendó a su hija, que ha heredado todo el buen hacer de su progenitora.

—El señor y yo pasaremos el día en Peñíscola, cuida de mi pequeño en mi ausencia.

—Por supuesto, señora.

—Dale el mordedor si ves que llora mucho, ya sabes que lo necesita.

—Sí, señora Candela.

Asiento con la cabeza. Me termino el café de un trago y subo a la habitación. Gonzalo acaba de salir de la ducha. Tiene el pecho perlado de gotas de agua y su pelo revuelto. Está tan sexi.

Me desnudo delante de él para que admire mi cuerpo. Pero, como siempre, ni se inmuta. No lo entiendo, mis anteriores maridos no se resistían cuando hacía eso. Es lo malo de Gonzalo; es un tanto frío.

Busco algo cómodo en mi enorme vestidor y me visto con parsimonia mientras lo observo. Él no me mira, y un pellizco de tristeza me atenaza el corazón.

—Cariño, ¿ocurre algo? —pregunto, y él no me responde, por el contrario, mira a la nada—. ¿Cariño?

—Dime —suelta como si acabara de llegar de otro mundo.

—¿Que si ocurre algo?

—Ah, no…, tranquila. Estoy un poco estresado por el trabajo, eso es todo.

Volvemos a nuestra antigua rutina. Gonzalo en otra parte del universo, refugiándose en el trabajo. Hoy es sábado y no irá a la oficina, me lo prometió. Nos vamos a pasar el día en la preciosa Peñíscola.

—¿A dónde vas? —indaga.

—Gonzalo, hijo…, ¿acaso no te acuerdas?

—No, no será tu cumpleaños y me he vuelto a olvidar, ¿no?

—Joder. No, no es mi cumpleaños. Falta mucho para eso. Tampoco es nuestro aniversario ni ninguna fecha importante. Hoy habíamos quedado en pasar el día en Peñíscola, ¿no te acuerdas?

—Ostras. Lo siento, Candela. Se me había olvidado completamente. Además, no va a poder ser, he de ir a la oficina.

Me enfurezco por momentos. No quiero perder el control, otra vez no; la última vez que me enfadé tanto, Gonzalo se marchó de casa, no quiero que vuelva a ocurrir.

Así que hago de tripas corazón, pongo mi mejor sonrisa y le digo que no pasa nada.

Añado que, de todas formas, tenía que hablar con mi editor, pues he de pasarle mi nueva idea para la próxima novela que publicaré en unos meses.

El mercado está muy mal, y los lectores quieren libros y más libros de su autora favorita.

Gonzalo me abraza y me da las gracias por la comprensión. Menudo cabrón. Quizá esté dándomela otra vez con alguna zorra más joven que yo. Respiro profundamente sin perder mi sonrisa impostada. Por dentro mi rabia bulle.

Minutos después, él se marcha, dejándome desolada. Salgo al parque a dar un paseo y encuentro a Hakim parado delante del coche. No tengo ganas de decirle que los planes se han cancelado, él ya lo sabe por mi expresión. Paso por su lado, y él asiente con la cabeza.