Capítulo 29
Laura
R ecibo un mensaje de Gonzalo, quiere verme. En las últimas semanas hemos tenido un par de encuentros para entregarnos a la pasión en su aséptico adosado.
Ahora que sé que estoy embarazada no me apetece en absoluto que él practique sus jueguecitos perversos conmigo.
Gonzalo es un dios del sexo, y confieso que me pone a cien con solo escuchar su voz. Sin embargo, su afición por presentarse como un asesino en serie que va a matarme, aunque luego solo me dé placer, es cuando menos inquietante.
La última vez que nos vimos, me ató muñecas y tobillos a la cama con cintas de raso y me penetró mientras decía que yo merecía morir y no sé cuántas historias más.
Debería sentirme aterrada, ¿a que sí? Pues no.
Confío en él; sé que solo es una especie de fantasía sexual que nunca lleva a cabo.
Gonzalo no es un asesino, solo un hombre con gustos sexuales digamos que «exóticos».
Nunca hemos hablado sobre ello. Creo que, de algún modo, se avergüenza. De hecho, una de las veces que hicimos el amor, me pidió disculpas por haberme dicho que era una puta mientras me hacía suya.
Sé que todo esto suena surrealista, y puede que hasta inverosímil, pero doy fe de que a mí me resulta excitante. ¿Estaré enferma?
Tras ducharme y ponerme lo primero que pillo, me presento en casa de Gonzalo. Estoy un poco triste y necesito compañía. He de decir que no solo de juegos perversos vive el ser humano y que también hacemos cosas normales, como ver una peli mientras comemos palomitas.
No tengo intenciones de decirle nada sobre mi embarazo. Es solo mío, por mucho que él haya puesto un espermatozoide que se ha saltado todas las barreras de seguridad.
En cuanto me franquea el paso para que entre en su templo blanco, me mira con expresión ceñuda.
—¿Estás bien?
—Sí, claro. ¿Por qué no iba a estarlo? —pregunto un poco borde, todo hay que decirlo.
—No sé, tienes unas pintas un poco raras…
—Tengo la regla y me encuentro fatal —miento.
—Uy…, si tú con la regla eres puro fuego, nena —dice atrayéndome hacia él y agarrándome fuerte por las nalgas.
Siento el deseo apoderarse de mí, pero no quiero tener sexo con él esta noche. Mi cabeza es un hervidero de ideas. Además, Gonzalo descubriría que lo de la regla es un cuento.
—No, estoy en el segundo día y buf… Demasiada sangre. Además, me duele todo.
—Pues nada, si quieres cenamos y vemos una peli. Luego te hago un masaje, y te quedas a dormir conmigo.
—No sé, Gonzalo. Puede que no sea la mejor idea.
—¿Por qué?
«¿Porque todos dicen que es un mujeriego con el que no vas a llegar a nada?». La voz de mi hermana irrumpe en mi mente, no es el momento.
—¿Qué somos tú y yo, Gonzalo? —indago influenciada por la voz de Vero en mi mente y por las hormonas que debo tener jugando al póker ahora mismo.
—Somos… nosotros, Laura. Tú y yo, un tándem perfecto.
—¿Porque conmigo puedes hacer realidad tus fantasías sexuales?
Gonzalo aprieta las mandíbulas.
—Estamos hechos el uno para el otro, ¿es que acaso no lo ves?
—No sé si queremos las mismas cosas.
Él se cruza de brazos y suelta un bufido.
—Qué manía con etiquetarlo todo —dice mientras niega con la cabeza.
—Necesito estabilidad. —Mierda, se me ha escapado.
—¿Y por qué piensas que conmigo no la vas a tener?
«Porque da yuyu, mucho yuyu. No veo a mi sobrino viviendo en este lugar que parece la morada del tío de American Psycho ».
—Todavía vas a casa de tu ex y lo sabes.
Me muerdo el labio, sé porque va allí. El supuesto hijo que está en el aire y Petra dice que no existe.
Aunque yo he llegado a una conclusión en estos últimos tiempos, una conclusión que creo que va bien encaminada y, como todo lo que rodea a Gonzalo y mi archienemiga Candela/Marina, es surrealista.
Estoy en la cama junto a Gonzalo. Al final la conversación que se convirtió en discusión dio paso a un apasionado beso y a mil peticiones de perdón. Así que me he quedado de nuevo sin saber qué somos, además de una pareja alocada que en la intimidad hace cosas que los demás considerarían horribles.
Gonzalo dice que soy muy valiosa para él y que no me quiere perder.
Por supuesto que no hemos hablado de su hijo en el aire.
No tenía ganas de enfadarlo más. Así que acabamos sentados frente al televisor, con la chimenea encendida.
Eso hizo que el salón de mi controvertido amigo con derecho a roce se tornara más acogedor.
Nunca la había encendido hasta ahora, decía que no funcionaba muy bien, pero la ha debido arreglar, porque anoche era una auténtica maravilla estar acurrucada sobre el pecho de mi amante mientras la luz anaranjada inundaba la estancia.
Tanto que me quedé dormida y supongo que fue el mismo Gonzalo el que me cargó en brazos y me metió en la cama.
Ahora estoy mirando al techo mientras Gonzalo duerme. Parece tan vulnerable con su suave respiración y esa cara de niño rebelde.
No podré seguir viéndolo por mucho tiempo más.
Mi embarazo es muy reciente, aunque no tardarán en verse las señales que me delatarán y, como he dicho, no pretendo decirle nada sobre su próxima paternidad.
He de pensar una solución, y ello pasa por terminar con él.
No me atrevo, pues tengo miedo a perderlo.
Mi mente es un cúmulo constante de contradicciones.
Todavía no ha amanecido, pero me levanto de la cama y camino de puntillas hacia al cuarto de baño para darme una ducha.
En cuanto el agua roza mi piel, siento que me renuevo y las ideas se aclaran. Las células muertas de mi cuerpo parecen llevarse las dudas y tomo una decisión.
Entro en mi piso cuando ya ha amanecido. Hace un día precioso y yo estoy muy triste. Le he dejado una nota a Gonzalo en la almohada. Una nota en la que le decía que ahora mismo necesito tiempo para mí, y que es mucho mejor que pongamos distancia.
La he escrito con lágrimas en los ojos. No puede estar ocurriéndome esto. Pensé que podría dominar la situación, que tener encuentros esporádicos con él no me calaría hondo, pero lo ha hecho. Dios…, creo que me he enamorado y no puede ser. ¿Por qué tengo tendencia a colgarme por tíos extraños?
Me refugio en mi pequeño despacho e intento escribir. Solo me salen líneas de desamor y desesperación. Si no puedo ni hacer lo que más me gusta, la cosa pinta mal.
De momento tengo dinero, aunque tenía tantas deudas que pronto se acabará y necesito hacer que mis regalías suban para poder seguir pagando la hipoteca, los gastos y comprar comida.
No quiero volver a casa de mis padres con el rabo entre las piernas. Adoro mi intimidad.
Busco en el ordenador el borrador del libro que escribí supuestamente para Candela.
¿No se apropió ella de mi manuscrito? ¿No lo hizo también con el de mi hermana?
Pues ya está. Me pagó por un manuscrito y ya lo tiene, aunque no fuera el que ella creía.
Ahora soy libre para hacer lo que me dé la gana con este, para algo lo escribí yo.
Abro el archivo y comienzo a editarlo. Podré pasárselo a mi nuevo corrector en unos días si me doy prisa.
Sé que él, que se llama Jorge, me matará por pedirle que me devuelva el libro rápido.
Pero el pobre ya estará acostumbrado a que la gente vaya con el agua al cuello, así que podré soportar sus reproches o pretextos sin sentirme como una explotadora.
Voy a publicar este libro y creo que puede irme bien. Por la cuenta que me trae, espero que así sea.