Capítulo 28
V ero corrió hacia Daniel y se abalanzó sobre él.
Estaba pletórica porque había aprobado todas las asignaturas.
Él, por el contrario, sentía una tristeza enorme.
Tenía muchos problemas para poder leer y escribir, su dislexia le impedía, a sus dieciséis años, leer fluidamente y, lo peor, comprender lo que leía.
Vero, su novia desde hacía meses, lo había ayudado con todas las asignaturas, pero era como si diera con una piedra que no absorbía los conocimientos.
—No pasa nada, cariño —susurró ella con dulzura mientras le daba un suave beso en los labios—. Te has esforzado muchísimo.
—Por favor, Vero, no me digas palabras huecas. Jamás lo conseguiré, me quedaré aquí repitiendo por los restos…
—No digas eso. Me sabe tan mal por ti —soltó ella, de nuevo utilizando sin mala fe el tono compasivo que Daniel tanto odiaba.
Ella estaba muy contenta y quería gritar muy fuerte. Había sacado las mejores notas de toda la clase con diferencia. Por otra parte, ya no era una apestada y tampoco la más popular del instituto, era una más y serlo le sentaba bien.
Los comentarios malintencionados y los vídeos habían quedado atrás. Además, estaba Daniel, con el que se sentía querida y consentida. Pero había un problema que, en ocasiones, la hacía pensar en él como una carga. Su frustración cuando no conseguía llegar a su altura a nivel académico.
Entonces, Daniel se transformaba en un ser resentido, en el antiguo matón que ella conoció y que, de modo casi mágico, se había convertido en un chico atento y divertido.
—Bueno, tengo que irme. Si eso nos vemos luego… —respondió Daniel con la mirada perdida en cualquier parte menos en sus ojos.
—Oh, ¿acaso no vamos a ir a la hamburguesería con los demás a celebrar?
—¿A celebrar qué, Verónica? Yo no estoy para celebraciones, ve tú.
—Ostras, Dani. Podrías al menos alegrarte por mí, ¿no?
Daniel la miró con una expresión que Vero no tenía claro poder identificar, pero que tenía toda la pinta de ser resentimiento.
—No, tía, no puedo alegrarme por ti, porque yo no estoy alegre ahora mismo. Tú te vas a otro instituto, donde conocerás nueva gente y, probablemente, te olvidarás de mí.
—¿De verdad te asusta eso? ¿Crees que tenemos que estar todo el día pegados para continuar juntos? ¿Y cuando seamos más mayores y cada uno trabaje en un lugar distinto, qué?
—Se supone que seremos más maduros y no tendremos las hormonas revolucionadas, ¿no?
—¿Qué dices? Yo estoy segura de lo que siento por ti —dijo Vero con sinceridad mientras se acercaba a Dani y tomaba sus manos, que en aquel momento le parecieron dos témpanos de hielo.
—¿Qué te apuestas a que en cero coma estás con otro?
Vero negó con la cabeza.
—No. Yo no soy así.
—¿Estás segura?
—Totalmente.
—¿Por ello, en cuanto empezamos a salir, dejaste de lado a tu querido Joel?
Vero abrió mucho los ojos.
—¿Y tú cómo sabes eso?
Daniel sonrió con malicia mientras movía la cabeza en señal de negación y se alejó a paso vivo de ella.
Vero se enfureció y se le quitaron las ganas de ir con los demás compañeros de su clase a celebrar a la hamburguesería.
En su lugar, volvió a casa y encendió el ordenador.
Le daba un poco de vergüenza hablarle a Joel por el Messenger después de varios meses sin hacerlo, pero estaba tan enfadada por las palabras de su novio que quería darle en los morros, ya que parecía que él había espiado su Messenger de algún modo.
Buscó a Joel en el listado de contactos y lo encontró desconectado. Decidió mandarle un correo electrónico para preguntarle cómo estaba. No recibió respuesta ni ese día ni el día siguiente. A decir verdad, no volvió a verlo conectado ningún día más.
Le hizo una llamada perdida a Daniel. Era una especie de código que utilizaban ambos para decirse un mudo «te quiero» o un «estoy pensando en ti».
Vero no recibió la perdida de vuelta.
La alegría de saber que sus notas eran excelentes se había esfumado, y ahora la tristeza inundaba su ser.
¿Acaso era normal que su pareja no se alegrara de sus triunfos?
Quizá él estuviera tan triste como ella en ese momento y no pudiera fingir; a Daniel no se le daba bien.
¿Acaso se había comportado ella como una egoísta sin tener en cuenta los sentimientos de su novio?
Él había decidido hacerse a un lado y dejarla celebrar sin tener que cargar con la mochila de su fracaso.
Esa maraña de pensamientos encadenados la hizo llegar a la conclusión de que había tenido un comportamiento infantil y egoísta.
Le escribió un mensaje de texto:
Siento haber sido una egoísta, TQM.
Varias horas tardó en recibir respuesta:
Lo Siento e Sido un Jilipollas Mperdonas?
Vero sonrió. Probablemente, era la única adolescente que escribía los SMS sin faltas para abreviar palabras y le irritaba que los demás sí lo hicieran.
Sin embargo, aquel día no sintió el pellizco en la tripa que sentía cada vez que veía a su novio escribir con faltas de ortografía.
Hasta le pareció adorable que Daniel tuviera tantas dificultades para escribir y lo hubiera hecho.
Él solía preferir las perdidas y las llamadas a los mensajes que evidenciaban su notable dislexia.
Vero se llevó el teléfono al pecho mientras permanecía tumbada en la cama. Se hizo una foto poniendo morritos. Se la envió a Daniel por email .
El sonido del Messenger la sorprendió de súbito, Daniel estaba conectado y quería verla por la webcam . Ella se levantó de la cama y tomó asiento en su silla del escritorio.
—¿Perdonas a este imbécil? —preguntó encogiéndose de hombros.
—Siempre…
—¿Aunque sea un verdadero zoquete, como dice mi padre adoptivo?
—Puede que seas un zoquete de manual, pero eres mi zoquete, y yo te quiero.
—Yo también a ti, princesa.
—Muy bien, sapito mío. ¡Ja, ja, ja!
—Tengamos la fiesta en paz, princesita, que a ver si por juntarte con un sapo, acabarás transformándote en rana.
La pareja, tras hablar un buen rato sin que la imagen y el sonido se entrecortaran, se despidió.
Con el ordenador apagado, Vero suspiró. Jamás pensó que el amor la alcanzaría de ese modo, mucho menos con quien menos esperaba, su antiguo matón.
Poco sabía ella que, en menos de un mes, la muerte los separaría.